Fernando Cajas.
En el Día Internacional del Agua: 22 de marzo de 2026.
“El Día Mundial del Agua se celebra anualmente el 22 de marzo para concienciar sobre la importancia del agua dulce y promover su gestión sostenible…”, señala la página oficial de la UNESCO.
Sobre el agua empezamos a aprender desde que flotamos en el líquido amniótico dentro del vientre de nuestra madre. Los infantes comprenden pronto que el agua es versátil: fluye, se congela formando hielo, aunque no entienden por qué. La evaporación les resulta más compleja y muchos pequeños no creen que las nubes estén hechas de agua.
Al entrar a la escuela, el Currículo Nacional Base (CNB) de Guatemala trata el ciclo del agua principalmente en el área de Ciencias Naturales y Tecnología. Los indicadores de logro piden “describir las etapas principales del ciclo del agua” y “relacionar sus alteraciones con fenómenos hidrológicos”, pero se limitan a las propiedades físicas. Por su estructura y ausencia de investigación sobre cómo aprenden los niños, se exige memorizar sin antes desarrollar principios como la conservación de la masa y de la energía. Peor aún, reproduce un ciclo descontextualizado: diagramas de ríos inexistentes y paisajes idílicos sin seres humanos que participen, transformen el flujo y alteren la calidad del agua. No se estudia la naturaleza social del ciclo del agua.
A los estudiantes de primaria, secundaria y universidad se les entrega información que nunca se vuelve vivencial. No exploran los ríos de su comunidad, no caminan sus cuencas, no conocen sus acuíferos, no van a recorrer las zonas de recarga hídrica. Memorizan esquemas idealizados que no les explican de dónde llega el agua a su casa, cómo se contamina, a dónde va ni cómo se limpia (si acaso se limpia). Tampoco se abordan las grandes inequidades: zonas de recarga como San Juan Oscuncalco, las montañas del Quiché o las Verapaces “producen” agua que viaja a centros urbanos, dejando sin acceso a las comunidades rurales. Se sabe que muchas mujeres en zonas rurales invierten horas cargando agua, para llevar a sus casas, mientras las ciudades contaminan ríos, lagos y acuíferos. En la ciudad el agua simplemente «sale» del chorro o de la pluma como dicen en Panamá o de la llave para ser, usualmente, desperdiciada.
En las ciudades no tenemos conciencia de la importancia del agua hasta que nos falta. Mientras tanto se desperdicia, se sobreusa para lavar carros. Empresas, como la cervecería (y muchas más) en Quetzaltenango y en Ciudad de Guatemala (y muchos lugares más), explotan y explotan las aguas subterráneas, sin participar en la recarga hídrica, la limpieza del agua que ensucian o en pago de servicios ambientales. Lo mismo en la Costa Sur, donde los monocultivos de caña y palma africana, ahora ya en el norte, también sobre usan agua, vacían acuíferos, desvían ríos y tratan el agua a su sabor y antojo. Estos problemas sociales deben tratarse adecuadamente en las escuelas, pero no aparecen en el Currículo Nacional Base, CNB.
El CNB tampoco incorpora la investigación científica sobre las dificultades de los alumnos para entender las partes invisibles del ciclo. Los estudiantes y docentes imaginan acuíferos como compartimentos desconectados de las rocas o como la “etapa final” del ciclo, sin escala ni conexión con la superficie de la cuenca.
Hay mucho trabajo por hacer. Precisamente para responder a esta necesidad escribí y publiqué mi libro La naturaleza social del ciclo del agua (Editorial Piedrasanta, 2026). En él integro ciencias naturales, sociales y jurídicas, presento casos concretos de Guatemala y demuestro que el agua no es solo un compuesto químico: es un conector social, un bien público que todos debemos entender y respetar.
El libro ofrece un marco para entender la naturaleza social del agua e introducirla al CNB. Propone transformar la enseñanza hacia una perspectiva vivencial y social. Este libro y otros libros sobre el agua, pero principalmente aquellos que integran investigación científica sobre el aprendizaje pueden ayudar a reconceptualizar el estudio del agua en la escuela, con las siguientes sugerencias generales:
- Explorar las hidrocuencas donde viven los estudiantes (salidas de campo a ríos locales, mapeo participativo de zonas de recarga y contaminación).
- Usar el principio de conservación de la masa y energía para explicar transformaciones reales, no solo memorizar fases.
- Analizar las inequidades urbano-rurales, el rol de las mujeres y el impacto de la urbanización y la agricultura industrial en la calidad del agua.
- Formar docentes con las investigaciones disponibles sobre concepciones alternativas de los niños (evaporación, nubes, acuíferos invisibles).
Es urgente que el Ministerio de Educación incorpore la naturaleza social del ciclo del agua en la formación docente inicial y continua y en los planes de estudio. Que cada escuela organice al menos una salida anual a su cuenca social. Que los estudiantes dejen de dibujar ríos de fantasía y empiecen a cartografiar los suyos, midiendo, preguntando y proponiendo soluciones reales.
El agua no es solamente un tema de Ciencias Naturales: es un tema de vida, de justicia y de futuro. Aprender su ciclo social desde la escuela es la forma más poderosa de respetarla.
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