Carlos Figueroa Ibarra.
Monday, October 5, 2026
Venezuela, ¿hacia la VI República?
Donde no hay ciclo social del agua.
Fernando Cajas.
Hay lugares donde el agua cumple su ciclo y ningún ser humano lo interrumpe, lo ensucia ni lo cuida. No están en esta Tierra. Son los exoplanetas: mundos que giran alrededor de otras estrellas.
Allá no hay ciclo social del agua. No hay comités, ni municipalidades, ni una ciudad que devuelva al río lo que usó en la mañana. Solo hay ciclo natural. Precisamente porque nadie la administra, esos mundos nos están enseñando algo que el dibujo de la escuela no alcanza a decir.
Hace unos quince años, un grupo de astrónomos dirigido por Giovanna Tinetti confirmó lo que se sospechaba: hay vapor de agua en planetas lejanos, enormes y muy calientes. La molécula de agua estaba. Lo que no se podía decir era cuánta agua había. Ver una señal de agua no es lo mismo que medir el tanque.
La estrella de esos mundos, su sol, puede evaporar el agua si el planeta gira cerca. El calor y la radiación ultravioleta la pasan a vapor y, en los más próximos, empujan parte de ese vapor al espacio. El planeta la pierde. Aquí el Sol también evapora, pero la lluvia devuelve al suelo lo que subió. Allá, en un mundo pegado a su estrella, una buena parte no regresa. Por eso tantos planetas cercanos parecen desiertos por fuera, aunque hayan nacido con agua.
Estudios más recientes, divulgados por la NASA, dan una imagen más real y, por eso, más compleja. Muchos de esos mundos siguen tan calientes que su roca está derretida, como una sopa. El agua se disuelve en esa sopa, se pega a gotas de hierro y se hunde hacia el centro del planeta, lejos de la estrella que podría evaporarla. La mayor parte no se queda en la superficie, donde podríamos verla. Puede quedar escondida adentro. Un planeta que desde afuera parece seco puede estar, por dentro, empapado. Otro trabajo de laboratorio fue más lejos: en el contacto entre esa roca fundida y una atmósfera rica en hidrógeno, algunos mundos pueden fabricar su propia agua. No solo la heredan de la nube donde nacieron. La cocinan.
Nada de eso es un ciclo social. Nadie allá decide tratar el agua o desviarla. Pero cambia la cuenta que hacemos en casa.
Durante décadas imaginamos la Tierra como el dibujo escolar: un corazón de hierro, un manto de roca y los océanos encima. Ese dibujo no es falso.
Es incompleto. El agua de todos los mares es una sola unidad. En los minerales del manto, sobre todo entre 410 y 670 kilómetros de profundidad, cabe el equivalente a uno o unos pocos océanos, disuelto en la roca, no como un mar al que se llegue con un pozo. El salto está en el núcleo. Allí no hay agua líquida: hay hidrógeno atrapado en el hierro. Experimentos publicados en 2026 lo calculan entre 9 y 45 océanos, si a ese hidrógeno se le pudiera sumar oxígeno. Cifras anteriores daban menos, unos 5 a 7. El margen es ancho porque nadie ha traído una muestra del centro. Aun con la cifra baja, el interior guarda más agua equivalente que todos los mares juntos. No es un depósito del que podamos sacar con una cubeta. Es una reserva lentísima, de millones de años, que no entra en el ciclo de la llave.
La consecuencia no es que nos sobre agua. Es la contraria. El agua que vemos —la que cae sobre la Sierra Madre, se infiltra en un bosque, brota en un manantial y llega a una casa— es una capa delgada sobre una reserva mucho mayor que no podemos usar. El ciclo natural profundo opera en tiempos geológicos. El ciclo social opera en días. Confundirlos es la raíz de nuestra imprudencia.
En Guatemala esa capa delgada se administra mal. Más de treinta mil comités de agua, sobre todo en comunidades indígenas, captan, cuidan y reparten lo que el ciclo natural les presta, pero no le dan tratamiento a esa agua, no la reúsan. En el lago de Atitlán, ese espejo que construye identidades mayas y mestizas, vemos el ciclo social sin tratamiento: lo que sale de las casas vuelve al territorio. En el país se trata apenas alrededor del 5 por ciento de las aguas residuales. En los ríos Coyolate y Madre Vieja, el desvío para palma y caña seca manglares y deja comunidades sin el agua que el dibujo escolar prometía infinita.
El Usumacinta nace en nuestras tierras altas y entra a México sin que nadie cuide la cuenca entera. La propuesta de ley de aguas no dice nada de las cuencas binacionales, una urgencia nacional. La tarifa, en Xelajú o en la capital, sigue tratando como barato lo que es escaso en su forma usable.
Por eso importa lo que se ve allá afuera. Si la estrella puede evaporar el agua de la superficie y si la mayor parte puede quedar fuera de nuestro alcance, en el hierro del centro, el agua que sí tocamos no es un sobrante. Es la única que nos llega a escala humana. Cuidar el ciclo social no es un adorno. Es no desperdiciar la fracción que sí podemos tocar.
En mi nuevo libro, La naturaleza social del ciclo del agua (Editorial Piedra Santa, 2026, de venta en Librería Sophos), sostengo que el agua no es solo un compuesto ni solo un recurso. Es un bien público y un constructor de identidades. La escuela sigue pidiendo dibujar nubes, ríos y mar. Haría mejor en pedir que un niño camine hasta el manantial de su comunidad, mida el agua antes y después del pueblo, y visite una planta de tratamiento o constate que no existe. Los exoplanetas nos recuerdan el tamaño real del ciclo natural. Los comités, las cuencas y las municipalidades tienen que hacerse cargo del tramo que sí depende de nosotros.