Monday, October 5, 2026

Venezuela, ¿hacia la VI República?

   Carlos Figueroa Ibarra.

El discurso de la presidenta encargada de Venezuela Delcy Rodríguez ante la 81ª. Asamblea de la ONU pronunciado el miércoles 23 de septiembre de 2026, ha sido interpretado por analistas como Juan Carlos Monedero o Inna Afinogenova entre otros, como la declaración informal del nacimiento de la VI República en dicho país. La afirmación de ser cierta equivaldría a cerrar la pagina abierta por el presidente Hugo Chávez cuando en 1999 asumió la presidencia de ese país. La V República fue la inauguración de un periodo en el cual Venezuela asumió como proyecto nacional la reivindicación de la soberanía política y la independencia económica frente al imperialismo estadounidense y el poner como horizonte la construcción del socialismo del siglo XXI.
Parte fundamental de este proyecto fue la recuperación del petróleo y otros recursos naturales para la nación venezolana, el fortalecimiento de un área estatal de la economía, el reparto agrario y la construcción de un poder popular que nació primero con la promulgación de los Consejos Comunales en 2006 y en 2010 con la aprobación de la Ley Orgánica de las Comunas. La meta nunca alcanzada de este proyecto era el Estado Comunal, expresión política de un socialismo que aspiraba a hacer una creación propia y no copia de algún modelo externo. Fueron las transformaciones económicas y políticas que se construyeron a lo largo de una década, comenzando con la constitución de 1999, lo que le dio sustento el llamar a ese proceso “Revolución Bolivariana”.
El discurso de Delcy Rodríguez como autocrítica.
El discurso de Delcy Rodríguez ante la ONU está planteando un nuevo momento para Venezuela. La lectura de su alocución como el anuncio del fin de la República actual y el advenimiento de una nueva, fue expresado por ella de manera clara: “Quiero que de los escombros de la división levantemos los cimientos de una República nueva, plural, profundamente espiritual y en paz consigo misma”. De los planteamientos hechos por Delcy Rodríguez puede deducirse una suerte de autocrítica en la que expresa que Venezuela ha iniciado un proceso de transformación democrática hacia una “democracia plena” lo cual sugiere que en el periodo anterior esta última no existía. También que se buscará una reforma jurídica que le de seguridad a los inversionistas y hará que los ciudadanos no se sientan atropellados por un “poder arbitrario” lo que también sugiere que era esto lo que existía antes del 3 de enero. Además, se buscará “una apertura política plena” que garantizará una democracia con una calidad alta de competencia electoral, la cual, puede inferirse, no estaba presente.
La autocrítica de la presidenta Rodríguez involucra un reconocimiento de un período de gran polarización: “fuimos un país dividido entre trincheras” articuladas por el color de “las banderas partidistas” en vez de reconocer “el apellido común que todos compartimos: venezolanos”. Venezuela debe abandonar el “camino que permitió que el extremismo y la intolerancia se impusieran sobre la convivencia democrática y pacífica”. “Ni un partido, ni una facción: todos juntos arrimemos nuestro esfuerzo para el renacimiento de la Patria próspera que merecen nuestras hijas y nuestros hijos”. Frases todas ellas que dejan el sabor de “la teoría de los dos demonios”: ambas partes serían igualmente culpables de la polarización. Si se observa lo acontecido en el primer cuarto del siglo XXI, hubo polarización en todos los países en los que se observaron gobiernos del progresismo posneoliberal. Era inevitable por la reacción derechista ante las transformaciones perseguidas por dichos gobiernos.
Los dolorosos costos de la estrategia de resistencia.
La estrategia imperialista de no arrasar con la dirigencia chavista sino hacer que el chavismo desmontara al chavismo, fue aprovechada para ganar tiempo para la resistencia. La vía escogida por la dirigencia chavista después de la agresión militar y secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, está implicando costos dolorosos. Estos costos no son solamente medidas como la nueva ley de hidrocarburos o el acuerdo petrolero en el contexto de que la renta petrolera está controlada por los Departamentos del Tesoro y de Estado del gobierno estadounidense.
Implica también humillaciones como la de escuchar el violento discurso de Trump en la 81ª. Asamblea en el que se jactó de la invasión militar, la captura “del presidente forajido” y la declaración de que “el vencedor se lleva el botín”. Y después de escuchar las agraviantes palabras, tener que emitir una alocución en la que se agradece al presidente Trump y a su gobierno “por su disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación con Venezuela”. Tener que hablar del bombardeo y el secuestro del presidente Maduro y Cilia Flores de manera eufemística: “la confrontación agudizada con los Estados Unidos de América”. Silenciar el nombre de Hugo Chávez. No mencionar al presidente secuestrado ni reivindicar su libertad. Mucho menos ir a visitarlo cuando se encuentra a 15 kilómetros de la sede de la ONU. Finalmente entrevistarse con el invasor y aparecer sonriente en las fotografías.
He rechazado en artículos precedentes la acusación que con ligereza se ha hecho de que el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores fue producto de una traición fraguada días antes del 3 de enero por Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello. El secuestro fue imposible de evitar por la superioridad tecnológica del invasor y se escogió la no confrontación para evitar el aniquilamiento completo de la dirigencia bolivariana y una matanza de gran escala. El gobierno bolivariano no se desplomó porque se evitó la guerra asimétrica. También por la ausencia de un levantamiento popular acaso esperado por los invasores. Pero el gobierno quedó a merced de Washington y todo lo que ha sucedido desde entonces lo evidencia arrodillado y con una pistola en la cabeza. Los necios partidarios de la tesis de la traición presentan como pruebas de esta, las concesiones que ha tenido que hacer la dirigencia para preservar lo que queda de la revolución bolivariana.
Los objetivos de la estrategia de resistencia y sus costos.
Hay críticos del actual gobierno venezolano, como el periodista Marco Teruggi, que dicen que todas estas concesiones se hacen solamente para seguir conservando el poder por el poder mismo. Eso retrataría a los gobernantes venezolanos como personajes carentes de ética. Mi interpretación es que las concesiones se hacen no en función de un aferramiento sin sentido al poder, sino a una estrategia de resistencia. Esta estrategia tendría como objetivo principal derrotar a la derecha en general y en particular a la encabezada por la neofascista María Corina Machado. Lo han logrado hasta el momento, porque el imperialismo ha desestimado a esa derecha como interlocutora. Mientras Delcy Rodríguez se retrata con Trump, a María Corina Machado se le impide el regreso al país. Además del reconocimiento imperial, los gobernantes venezolanos buscan acabar con el estrangulamiento económico, lograr un crecimiento económico sostenido y con ello aliviar el castigo social que el bloqueo y la pandemia provocaron en el pueblo venezolano. Además de frenar a las derechas, la estrategia de la dirigencia bolivariana también busca mantener la base social chavista organizada en los consejos comunales y las comunas, esto es preservar el poder popular. Las manifestaciones masivas el día de la intervención de Delcy en la ONU, buscan mostrar que el chavismo sigue vivo.
Con ello, la dirigencia bolivariana buscaría derrotar a esa derecha en las elecciones anunciadas en el discurso en la ONU. Dicha dirigencia también ha logrado postergar dichas elecciones, lo que le es útil para ganar tiempo a efecto de reconquistar la hegemonía en un contexto en el que el bloqueo, la pandemia y los terremotos han disminuido la popularidad del chavismo. Más allá del núcleo duro chavista, organizado en consejos comunales, comunas y bases del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), una década de privaciones han debilitado al gobierno bolivariano. Es muy difícil medir en cifras esta situación como lo revela el promedio de los datos de encuestadoras no afectas al gobierno que llevan la aceptación de este en apenas 10%, mientras que encuestadoras cercanas al mismo como Hinterlaces y DataViva llevan su popularidad a un 80 y 90%.
Pero ha sido grande el costo de las concesiones que implica la estrategia de la dirigencia bolivariana. El chavismo se ha dividido con respecto a la nueva Ley de Hidrocarburos, el acuerdo petrolero (cuyo documento suscrito por ambos países no se conoce todavía), el restablecimiento de relaciones con el genocida Estado de Israel, el permiso para presencia de tropas estadounidenses, la deportación de Alex Saab (convertido por Maduro en víctima del imperialismo estadounidense), el desmantelamiento de El Helicoide (centro de inteligencia estatal), la ley de amnistía, el restablecimiento de relaciones con el BM, FMI y BID. Figuras icónicas del chavismo como Elías Jauad, Luis Brito, Iris Varela, Eva Golinger y los 29 firmantes de la Declaración de Maracay del 26 de julio de 2026 se han pronunciado contra estas concesiones.
Y cada vez es más evidente la distancia entre Cuba y Venezuela, como lo evidencia un mensaje de Joaquín Alonso ministro de Economía y Planificación de Cuba usando la palabra traición, una carta suscrita por el ex ministro de Cultura de Abel Prieto deplorando las fotografías de Delcy Rodríguez con Trump y las declaraciones del viceministro de Relaciones de Exteriores Carlos Fernández de Cossío: “Venezuela es un país amigo. No diría aliado... aliado es una palabra demasiado fuerte”. ¿Podría ser de otra manera cuando 32 cubanos murieron defendiendo a Nicolás Maduro el día de su secuestro?
La invasión militar estadounidense del 3 de enero y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores fue una derrota política y militar de gran envergadura para la Revolución Bolivariana. Puede entenderse que un hecho tan adverso obligaba a una estrategia de sobrevivencia en condiciones desesperadas. Por ello me parece aventurado interpretar la estrategia de la dirigencia chavista como la prueba de una intriga para entregar a Maduro. Pero hay que aceptar que las concesiones que se han estado haciendo para salvar el legado de Chávez pueden terminar siendo un abandono de dicho legado. ¿Sería esto la esencia de una eventual VI República?

Donde no hay ciclo social del agua.

 Fernando Cajas.

Hay lugares donde el agua cumple su ciclo y ningún ser humano lo interrumpe, lo ensucia ni lo cuida. No están en esta Tierra. Son los exoplanetas: mundos que giran alrededor de otras estrellas.

Allá no hay ciclo social del agua. No hay comités, ni municipalidades, ni una ciudad que devuelva al río lo que usó en la mañana. Solo hay ciclo natural. Precisamente porque nadie la administra, esos mundos nos están enseñando algo que el dibujo de la escuela no alcanza a decir.

Hace unos quince años, un grupo de astrónomos dirigido por Giovanna Tinetti confirmó lo que se sospechaba: hay vapor de agua en planetas lejanos, enormes y muy calientes. La molécula de agua estaba. Lo que no se podía decir era cuánta agua había. Ver una señal de agua no es lo mismo que medir el tanque.

La estrella de esos mundos, su sol, puede evaporar el agua si el planeta gira cerca. El calor y la radiación ultravioleta la pasan a vapor y, en los más próximos, empujan parte de ese vapor al espacio. El planeta la pierde. Aquí el Sol también evapora, pero la lluvia devuelve al suelo lo que subió. Allá, en un mundo pegado a su estrella, una buena parte no regresa. Por eso tantos planetas cercanos parecen desiertos por fuera, aunque hayan nacido con agua.

Estudios más recientes, divulgados por la NASA, dan una imagen más real y, por eso, más compleja. Muchos de esos mundos siguen tan calientes que su roca está derretida, como una sopa. El agua se disuelve en esa sopa, se pega a gotas de hierro y se hunde hacia el centro del planeta, lejos de la estrella que podría evaporarla. La mayor parte no se queda en la superficie, donde podríamos verla. Puede quedar escondida adentro. Un planeta que desde afuera parece seco puede estar, por dentro, empapado. Otro trabajo de laboratorio fue más lejos: en el contacto entre esa roca fundida y una atmósfera rica en hidrógeno, algunos mundos pueden fabricar su propia agua. No solo la heredan de la nube donde nacieron. La cocinan.

Nada de eso es un ciclo social. Nadie allá decide tratar el agua o desviarla. Pero cambia la cuenta que hacemos en casa.

Durante décadas imaginamos la Tierra como el dibujo escolar: un corazón de hierro, un manto de roca y los océanos encima. Ese dibujo no es falso. 

Es incompleto. El agua de todos los mares es una sola unidad. En los minerales del manto, sobre todo entre 410 y 670 kilómetros de profundidad, cabe el equivalente a uno o unos pocos océanos, disuelto en la roca, no como un mar al que se llegue con un pozo. El salto está en el núcleo. Allí no hay agua líquida: hay hidrógeno atrapado en el hierro. Experimentos publicados en 2026 lo calculan entre 9 y 45 océanos, si a ese hidrógeno se le pudiera sumar oxígeno. Cifras anteriores daban menos, unos 5 a 7. El margen es ancho porque nadie ha traído una muestra del centro. Aun con la cifra baja, el interior guarda más agua equivalente que todos los mares juntos. No es un depósito del que podamos sacar con una cubeta. Es una reserva lentísima, de millones de años, que no entra en el ciclo de la llave. 

La consecuencia no es que nos sobre agua. Es la contraria. El agua que vemos —la que cae sobre la Sierra Madre, se infiltra en un bosque, brota en un manantial y llega a una casa— es una capa delgada sobre una reserva mucho mayor que no podemos usar. El ciclo natural profundo opera en tiempos geológicos. El ciclo social opera en días. Confundirlos es la raíz de nuestra imprudencia.

En Guatemala esa capa delgada se administra mal. Más de treinta mil comités de agua, sobre todo en comunidades indígenas, captan, cuidan y reparten lo que el ciclo natural les presta, pero no le dan tratamiento a esa agua, no la reúsan. En el lago de Atitlán, ese espejo que construye identidades mayas y mestizas, vemos el ciclo social sin tratamiento: lo que sale de las casas vuelve al territorio. En el país se trata apenas alrededor del 5 por ciento de las aguas residuales. En los ríos Coyolate y Madre Vieja, el desvío para palma y caña seca manglares y deja comunidades sin el agua que el dibujo escolar prometía infinita. 

El Usumacinta nace en nuestras tierras altas y entra a México sin que nadie cuide la cuenca entera. La propuesta de ley de aguas no dice nada de las cuencas binacionales, una urgencia nacional. La tarifa, en Xelajú o en la capital, sigue tratando como barato lo que es escaso en su forma usable.

Por eso importa lo que se ve allá afuera. Si la estrella puede evaporar el agua de la superficie y si la mayor parte puede quedar fuera de nuestro alcance, en el hierro del centro, el agua que sí tocamos no es un sobrante. Es la única que nos llega a escala humana. Cuidar el ciclo social no es un adorno. Es no desperdiciar la fracción que sí podemos tocar.

En mi nuevo libro, La naturaleza social del ciclo del agua (Editorial Piedra Santa, 2026, de venta en Librería Sophos), sostengo que el agua no es solo un compuesto ni solo un recurso. Es un bien público y un constructor de identidades. La escuela sigue pidiendo dibujar nubes, ríos y mar. Haría mejor en pedir que un niño camine hasta el manantial de su comunidad, mida el agua antes y después del pueblo, y visite una planta de tratamiento o constate que no existe. Los exoplanetas nos recuerdan el tamaño real del ciclo natural. Los comités, las cuencas y las municipalidades tienen que hacerse cargo del tramo que sí depende de nosotros.