Jorge Mario Rodríguez
Se constata, una vez más, que esta época se caracteriza por el retorno del descaro político. Y es que, aun con la conciencia de los severos retrocesos que pueden marcar la historia, resulta muy difícil aceptar el descaro y la arrogancia de los poderes fácticos del presente. La pregunta se impone por sí misma: ¿Por qué vivimos una época de retorno de las aberraciones políticas?
Existe una pluralidad de factores explicativos que, desde luego, se alejan de las soluciones simplistas tan del gusto de los movimientos ultraderechistas del presente. Con todo, no es difícil distinguir las influencias subterráneas de la ideología neoliberal que se gestó en una globalización en la que los poderes económicos ya no podían ser controlados por un Estado sometido a un desmantelamiento atroz. Desde luego, sigue presente la tarea de desorientación política propia de esta corriente, que aún tiene —especialmente en nuestro país— seguidores nostálgicos que renunciaron a pensar hace mucho tiempo.
Desde mi punto de vista, el carácter obsceno de la deriva ultraderechista actual se vincula con la pérdida de la capacidad de pensar que afecta a las sociedades contemporáneas. Esta estupidización de nuestras colectividades ha sido aprovechada por los intereses tecnológicos que quieren seguir en su paraíso desregulado. Las personas que antes hubiesen protestado por las circunstancias insoportables del presente se encuentran embobadas ante “contenidos” irrelevantes que solo contribuyen a extinguir la capacidad de pensar. Este tipo de dominio roba la fuerza interna—por ejemplo, la capacidad de prestar atención crítica a lo que acontece a nuestro alrededor— que hace posible indignarse ante lo que pasa en el mundo y, especialmente, ante lo que pasa con nosotros mismos. Autores como Byung-Chul Han han manifestado este tipo de alienación tecnológica, que extrae la sustancia de la vida y nos hace vivir en jaulas, en las que experimentamos una libertad ilusoria.
En este contexto, ocurre un fenómeno que ya no puede ser ignorado. Nuestra vida común se encarrila dentro de las plataformas que, al final, sirven a los dictados de una élite tecnológica cuyo desdén por la democracia no se ha mantenido en secreto. Desde hace tiempo, se ha hecho patente que la derecha extrema internacional se vale de un pensamiento libertario extremo, alérgico a cualquier regulación democrática, que dirige las acciones políticas de Silicon Valley.
Los depositarios de este poder son poco menos que alucinantes. El mundo tuvo la oportunidad de contemplar cómo Elon Musk hizo un saludo nazi en la inauguración del segundo período presidencial de Donald Trump. Este personaje se ha tornado en un enemigo de lo que él denomina el virus woke, que, para él, significa toda propuesta que tenga un atisbo de justicia social. Por su parte, Peter Thiel, creador de PayPal, ha seguido corrientes doctrinales tan oscuras, en las que se promueve el regreso al oscurantismo —alguien ya lo ha bautizado como “el caballero de la ilustración oscura”, debido a su afición por las ideas del indescriptible extremista Mencius Moldbug. Alexander Karp, mediocre filósofo que quiso estudiar filosofía con Jürgen Habermas, se ha involucrado en un proyecto de control de la ciudadanía bajo la bandera de la empresa Palantir, esfuerzo en el que aparece el ya mencionado Thiel. Esta empresa desarrolla un sistema inmenso de gestión de datos vinculado a la vigilancia de la ciudadanía, como lo evidencia su asociación con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE).
Una conclusión es poco menos que obvia: las fuerzas políticas progresistas deben abordar con seriedad la tarea de escapar del control que la ultraderecha tecnológica ejerce sobre las sociedades actuales. Y es que la emancipación de los poderes fácticos que han llevado a una situación tan crítica como la actual no puede realizarse en un espacio controlado por sus representantes, especialmente cuando estos desprecian la democracia y los derechos humanos.
Es necesario que los sectores que buscan la democratización logren educar para desestructurar la alienación tecnológica. Las sociedades actuales y los gobiernos democráticos que aún bregan en estos tiempos deben luchar por escapar de la opresión tecnológica. En este sentido, ya es hora de escapar de esa adoración acrítica a la innovación que predomina en el sentir popular sobre la tecnología e influye incluso en muchos gobiernos. Es hora de recuperar, mediante la concientización sobre los cambios experimentados en las últimas décadas, el control de los espacios en los que construimos el mundo.
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