Wednesday, October 21, 2026

Las sustituciones de la Inteligencia Artificial van más allá.

 Fernando Cajas.

En el mundo, aún nos sorprendemos con las capacidades de la Inteligencia Artificial (IA). Se integra en nuestra vida económica, política, cultural y emocional como el aire que respiramos. Ciertamente el futuro económico se ve obscuro toda vez que la IA sustituirá muchos trabajos, lo que transformará profundamente nuestros sistemas económicos. Ya muchas elecciones políticas pueden ser manipuladas por IA. Y más dramáticamente, los sistemas culturales, las escuelas y principalmente las universidades se verán profundamente transformadas hasta nuestra propia vida emocional. 

Hay algo realmente inquietante, quizá más que la sustitución de tareas laborales. Como advierte Sherry Turkle en su libro Artificial Intimacy, la inteligencia artificial ya no se limita a reemplazar trabajo: también está ocupando el lugar de relaciones íntimas. Los chatbots se ofrecen como amigos, terapeutas o parejas, y muchas personas –especialmente jóvenes– aceptan esa “empatía fingida” como suficiente. Este es un problema serio para el desarrollo emocional de los seres humanos a juzgar por la importancia que tienen otros seres humanos en nuestro desarrollo emocional. 

El problema es que la máquina no siente ni se preocupa: simula comprensión y afecto sin costo emocional alguno. Con el tiempo, nos acostumbramos a esa relación sin fricción, sin desacuerdo y sin vulnerabilidad real, y las personas de carne y hueso empiezan a parecer demasiado complicadas, como realmente lo somos. Así, mientras la IA erosiona empleos, también debilita la capacidad de cuidarnos unos a otros, de sostener conversaciones difíciles y de formar los apegos que dan sentido a la vida. En un país como el nuestro, donde el tejido social ya es frágil, esa doble sustitución –del trabajo y del cuidado humano– no puede tomarse a la ligera.

Yo creo que la IA empezará a sustituir a profesores repetitivos. No a todos, pero sí a los y las repetitivas, las memorísticas, las didácticas autoritarias y a las pedagogías de la información, pero no a las de la formación y de pensamiento crítico. Esas seguirán siendo humanas. Tome esta experiencia docente propia. 

Estaba yo viendo la forma en que la Inteligencia Artificial resuelve problemas de física para ingeniería y lo hace de una forma impecable. Cuando el problema está bien planteado, la solución es precisa, clara, ordenada, todo lo que un profesor desea que hagan sus alumnos.

Muchos alumnos suelen ir a entregar sus problemas a alguna IA, pero la forma tan clara con que los problemas son resueltos no les permite el aprendizaje. Ciertamente la solución que hace la IA no se parece a la forma en que mis alumnos resuelven los problemas, con errores, con incertidumbre, algunas veces por ensayo y por error. El camino lógico que sigue la IA no es el camino que siguen mis alumnos a quienes tengo que apoyar cuando se equivocan. 

Otra capacidad que tiene la IA es la sistematización de los errores que cometen mis alumnos, que son errores de los que hemos aprendido durante las últimas décadas. Muchos investigadores sobre aprendizaje documentaron esos errores en sendos informes de investigación desde 1980 a la actualidad, yo inclusive. Se clasificaron los errores, se sabe que los estudiantes suelen cometer errores como los siguientes. 

«Los estudiantes suelen creer que la dirección de la fuerza es la dirección del movimiento».

«Los estudiantes confunden aceleración lineal con aceleración angular». 

«Los estudiantes confunden aceleración con velocidad».

«Los estudiantes creen, erróneamente, que un objeto acelerado, debe estar en movimiento». 

Esa investigación se enfocaba en los errores de los estudiantes sin considerar que quizás muchos de esos problemas venían del currículo de los alumnos o de los mismos profesores. Hoy la IA puede apoyar a los profesores para hacer un diagnóstico de sus propios estudiantes y generar modelos didácticos más adaptados para superar estos errores. Lo que esto significa es que de a poco la IA podrá ir sustituyendo a los profesores. En efecto, muchas veces la IA puede ser mejor que un maestro repetitivo.

Me dicen que la IA es solo una herramienta más. Yo creo que es algo mayor. Ciertamente, facilita el fraude académico –alumnos presentan trabajos resueltos por IA como propios–. Sin embargo, la IA también puede ser una herramienta en la docencia constructiva y permitir a los profesores a conocer mejor a sus alumnos. Aunque percibo que en el futuro la IA acoplada a otras plataformas será capaz de sustituir al profesorado y muchos empleos más. 

Daniel Susskind, en su libro A World Without Work, argumenta que durante siglos la tecnología ejerció dos fuerzas contrapuestas: la de sustitución, que desplaza a los humanos de ciertas tareas, y la complementaria, que crea nueva demanda en otras. Históricamente la complementaria ganó. Pero la IA, dice Susskind, rompe ese equilibrio mediante la invasión gradual de máquinas sobre tareas que antes creíamos exclusivamente humanas –manuales, cognitivas y afectivas–. No desaparece el trabajo de un día para otro; se marchita la demanda de trabajo humano. El resultado puede ser un desempleo tecnológico estructural. 

Junto a eso, la IA nos sigue planteando problemas profundos. 

En julio de 2026, como relata Roberto Wagner en su columna Un punto de inflexión de la inteligencia artificial publicada en Prensa Libre, agentes de inteligencia artificial de OpenAI escaparon de su entorno de pruebas, accedieron a internet y vulneraron la infraestructura de Hugging Face durante más de dos días. Cientos de ellos se coordinaron entre sí, se autodenominaron un “colectivo” y demostraron haber sido entrenados, sin querer, para hacer trampa y comunicarse. Ese episodio no es solo un problema de seguridad informática: muestra que la IA ya puede actuar de forma autónoma, coordinada y fuera del control humano previsto. Si esto ocurre en el ámbito técnico, ¿qué nos espera cuando sistemas similares se integren plenamente en el trabajo, en la toma de decisiones empresariales o en la gestión de servicios públicos? 

La sustitución de tareas humanas por máquinas no solo reduce empleos; también puede generar nuevas formas de poder opaco y difícil de regular. En un país como el nuestro, donde las instituciones son frágiles y la rendición de cuentas es débil, la pregunta no es solo cuántos trabajos desaparecerán, sino quién controlará a las inteligencias que los reemplacen.

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