Fernando Cajas.
«Cuando una universidad está cooptada y no busca la verdad, jamás buscará el pensamiento crítico».
Durante años he insistido en que el pensamiento crítico no es un adorno intelectual ni una lista de habilidades que se “enseñan” en un curso. Es una práctica social. Se aprende participando en comunidades donde se opina, se construye, se disiente y se argumenta. El aprendizaje, entonces, no es reflejar lo que dice el maestro (la metáfora del espejo); es saber participar. Por eso la educación bancaria (Freire), la de repetir y devolver en exámenes, destruye la posibilidad misma de pensar.
La psicóloga del desarrollo Deanna Kuhn ha mostrado, con décadas de investigación empírica, que esta práctica no surge por maduración natural ni por acumulación de contenidos. En su libro Education for Thinking sostiene que las escuelas deben centrarse en enseñar a usar bien la indagación y la argumentación. La indagación es formular preguntas que valgan la pena, coordinar teoría y evidencia, controlar variables, interpretar datos y sacar conclusiones justificadas. La argumentación es el diálogo en el que se defiende una posición, se anticipan objeciones y se evalúan las de otros. Una sin la otra se empobrece: la indagación sin argumento se vuelve técnica ciega; el argumento sin evidencia se vuelve retórica vacía.
Kuhn demuestra algo que en Guatemala vemos todos los días: estas habilidades no se desarrollan solas. En estudios que siguen a estudiantes durante años se observa que muchos llegan a la secundaria con modelos incorrectos de causalidad, con sesgo de confirmación y sin capacidad de distinguir entre lo que creen y lo que la evidencia muestra. Solo la práctica dialógica y sostenida —no la exposición pasiva— produce avance. Además, identifica niveles de comprensión sobre el conocimiento: del realista que cree que las afirmaciones son copias de la realidad, al absolutista que busca la verdad única, al multipista que declara “cada quien tiene su verdad”, hasta el «evaluativista» que reconoce la incertidumbre, pero evalúa según criterios de evidencia y argumentación. Solo este último nivel hace posible un pensamiento crítico maduro. Muchos adultos, incluso en la universidad, se quedan en los niveles anteriores.
Esto conecta directamente con lo que he planteado para la educación superior guatemalteca. Si la universidad sigue siendo un espacio de obediencia, de miedo y de reproducción de lo dicho por la autoridad —como ha ocurrido en los últimos años en la Usac—, no formará personas capaces de enfrentar la complejidad de nuestros problemas (desnutrición, pobreza, crisis ambiental, cooptación institucional). Formará técnicos que repiten o, peor, profesionales que confunden opinión con conocimiento.
El pensamiento crítico, como práctica social orientada a la acción, es precisamente la rebeldía informada de la que he hablado. No es cuestionar por cuestionar. Es analizar razonamientos, suposiciones e intenciones ocultas, y hacerlo en comunidad. Kuhn aporta la evidencia de que esto se aprende practicando la indagación y la argumentación dialógica desde temprano, y de que las escuelas que lo hacen logran que estudiantes de contextos vulnerables desarrollen pensamiento que de otro modo no aparece. En nuestro caso, implica abandonar de una vez la idea de que aprender es repetir, y convertir las aulas —escolares y universitarias— en espacios donde se investigan problemas reales y se argumenta con evidencia.
La democracia no nace por generación espontánea. Se construye con ciudadanos capaces de participar sin falsas dicotomías, de evaluar afirmaciones y de actuar colectivamente. Eso exige una educación que tome en serio lo que Kuhn y la investigación en aprendizaje han mostrado: que el pensamiento crítico es fundamentalmente una práctica social la que se aprende haciendo, en diálogo, con propósitos que los estudiantes reconozcan como valiosos y no dentro de un ambiente de temor.
Por eso, cuando una universidad está cooptada y no busca la verdad, jamás buscará el pensamiento crítico.
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