Fernando Cajas.
Yo viví en Panamá varios años, al inicio de los años noventa del siglo pasado, 1990-1994, y jamás sentí un solo temblor, menos un terremoto. Recerde el lector que en Guatemala distinguimos entre temblor para un movimiento sísmico leve y terremoto para algo fuerte, pero lo de Panamá fue palabra mayor, aun para los que estamos acostumbrados: 7.7.
Al enterarme del terremoto, por una llamada telefónica, la noticia me impactó. Acababa yo de dar una conferencia y de participar en un seminario sobre la ley de aguas en Guatemala, organizado por la División de Ciencia y Tecnología de la Universidad de San Carlos de Guatemala de Quetzaltenango, CUNOC, y la Mesa Occidental del Agua, e iba meditando sobre la complejidad de la ley y lo aprendido en el seminario. Caminaba lentamente del edificio de Derecho, donde fue la conferencia, hacia el edificio de Ingeniería, cuando recibí la llamada. Como siempre, ella, quien me daba la noticia, no me lo dijo de una sola vez, más bien me preguntó: “¿Cuál es el número de teléfono de Mayrita?”… y luego: “…mejor llámala porque hubo un terremoto en Panamá”.
Al oír la magnitud del sismo perdí un tanto mi ubicación, abrí mi oficina… llamé a Panamá y Mayrita me dijo: “Fue horrible, pero estamos bien, aunque está temblando de nuevo… el mayor daño está en Penonomé y Veraguas”. Luego llamé a Ramón, quien me decía: “Fue muy largo. Yo estaba en el piso 12 e intenté salir, pero todo se movía, se sentía eterno…”. Yo, por mi parte, ya más tranquilo de que no hubo daños personales en Ciudad de Panamá, solamente que ahora no encuentro mi mochila con mi computadora. Cuento corto: la encontré en el carro.
Mientras observo un mapa de las placas tectónicas de Panamá, veo que Panamá se encuentra en una zona de contacto entre la placa de Nazca y la microplaca de Panamá, pero además el istmo se encuentra en una zona de interacción compleja entre varias placas tectónicas: la del Caribe, la de Cocos, la de Nazca y la Sudamericana. Esta configuración convierte al país en una zona de transición entre Centroamérica y el norte de Sudamérica, donde se acumulan tensiones en los límites entre placas y a lo largo de fallas activas. Al ver el dibujo de las placas me parece increíble la relativa estabilidad sísmica de Panamá, porque realmente está encima de placas en movimiento relativo intenso en el Cinturón de Fuego, aunque la ciudad de Panamá está sobre roca, lo que hace que las construcciones sean estables.
Y, sin embargo, el viernes 9 de octubre de 2026, poco después del mediodía, esa relativa estabilidad se interrumpió. El sismo de magnitud 7.7 tuvo su epicentro cerca de Pitaloza Arriba, en la provincia de Herrera, en la península de Azuero, a una profundidad somera de apenas 12 kilómetros. Fue superficial, y eso importa: cuanto más cerca de la superficie, más intensa la sacudida en las zonas próximas.
La causa, en términos sencillos, fue la liberación súbita de energía acumulada durante años en el sistema de fallas activas Azuero-Soná. Según el mecanismo focal del USGS, Servicio Geológico de los Estados Unidos, se trató de un movimiento de deslizamiento lateral izquierdo: dos bloques de roca que se deslizaron horizontalmente uno respecto del otro. No fue un empuje directo de subducción clásica, sino el deslizamiento a lo largo de una falla transformante dentro de esa zona de convergencia oblicua entre la placa de Nazca y la microplaca de Panamá.
También envié un mensaje a Rosy, para saber cómo estaba y me dijo: «Se escuchó un ruido feo que venía del subsuelo». No es imaginación ni un fenómeno paranormal: es la firma acústica del terremoto: una ruptura sísmica superficial y energética producto de un deslizamiento horizontal. Un testigo en Santiago (a unos 60 km del epicentro) describió exactamente eso: primero oyó un ruido como de un camión o un tren de carga y luego empezó a temblar.
Esto se parece a lo que he escrito aquí en La Hora los últimos meses sobre los terremotos en América del Sur. En agosto, al hablar del terremoto del Chocó colombiano, recordé que no basta con saber que vivimos sobre placas en movimiento: hay que construir de manera sismorresistente, no “completamente antisísmica” (algo carísimo y casi imposible), sino estructuras que resistan liberando energía primero en elementos no estructurales y, si es necesario, en los estructurales, pero sin colapsar, para salvar vidas.
Los terremotos de Venezuela (junio), de Chiapas-Guatemala (julio), de Colombia (agosto) y ahora este de Panamá no se desencadenan entre sí. Obedecen a sistemas de placas distintos. Pero todos nos recuerdan lo mismo: el planeta se mueve y la preparación no tiene temporada. Como escribí entonces: los simulacros hay que tomarlos en serio. Invertir en prevención ahorra mucho más en rescate y reconstrucción. Conocer la zona, asegurar muebles, preparar la mochila de emergencia y practicar “agáchese, cúbrase y sujétese” son acciones concretas que reducen la vulnerabilidad.
La capacidad de resistencia observada en Panamá tras el sismo del 9 de octubre de 2026 de magnitud 7.7 es una lección para toda América Latina y se explica por la combinación de varios factores estructurales, geotécnicos y humanos. El país cuenta con normas de construcción sólidas, como el Reglamento Estructural de Panamá (REP), que incorpora criterios exigentes de diseño sismorresistente alineados con estándares internacionales. A ello se suma la existencia de arquitectos e ingenieros estructurales competentes, así como una tradición de trabajadores de la construcción familiarizados con prácticas de amarre y concreto de calidad. Además, gran parte de la ciudad de Panamá se asienta sobre roca, un material que presenta menor amplificación de las ondas sísmicas en comparación con suelos blandos o de relleno, todo esto explicado magistralmente por los arquitectos, esposos, Edwin y Lineth V. Brown, ambos docentes de la Universidad de Panamá hasta donde envío mi abrazo solidario.
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