Tuesday, May 26, 2026

La (in)justicia constitucional en Guatemala y el sacrificio de la Usac.

 Fernando Cajas.


La Corte de Constitucionalidad (CC) de Guatemala nació con una promesa republicana: ser el último baluarte contra el abuso de poder. Hoy, esa promesa yace enterrada bajo los escombros de la captura institucional del Pacto de Corruptos. El 25 de mayo de 2026, la CC rechazó 16 amparos contra las graves irregularidades de la fraudulenta elección de rector de la Usac del 8 de abril en Antigua Guatemala. Una vez más, no defendió la Constitución: defendió al orden corrupto que la devora.

Ciertamente, los abogados dirán que eran amparos provisionales que “quedaron sin materia”. Pero si la Corte hubiese buscado justicia real, en el sentido profundo que C.L. Skach expone en Outlaw: Six Lessons for a Brave New World, habría actuado diferente. Skach, después de años escribiendo constituciones en zonas de guerra, llegó a una conclusión dolorosa: la ley formal y las instituciones impuestas desde arriba no bastan para crear una sociedad justa.

En Guatemala, la CC se ha convertido precisamente en ese outlaw, fuera de la verdadera ley constitucional porque no provee justicia. 

No se trata de una resolución técnica. Es un episodio más en la destrucción sistemática de la universidad pública y de la democracia misma. En columnas anteriores he denunciado cómo Walter Mazariegos, el rectorcito destazador, no es un accidente, sino la expresión de una estructura que usa a la Usac como botín político: exclusiones masivas, opacidad, ausencia de requisitos y complicidad de poderes fácticos.

En su obra sobre las autocracias modernas, Anne Applebaum explica que el mayor peligro para la democracia ya no es el golpe de Estado clásico, sino la erosión interna: mantener las formas democráticas mientras se vacía su contenido. Las élites crean redes (lo que ella llama Autocracy, Inc.) que operan con y por la corrupción, control de instituciones y propaganda, mientras atacan el lenguaje mismo de la democracia. Eso es exactamente lo que vivimos en Guatemala: una autocracia híbrida donde el Pacto de Corruptos y su hija putativa, la Alianza Criminal, controlan la CC a través de magistrados como Roberto Molina Barreto —defensor de Ríos Montt, aliado de Zury Ríos— para legitimar fraudes y perpetuar privilegios.

La cooptación de la CC no fue casual. Vino de diputados mafiosos, de un Ejecutivo inepto y cobarde, y de la solapada influencia de grupos económicos tradicionales hechos de cemento. Bernardo Arévalo y su equipo decidieron, al parecer, sacrificar la Usac en el altar de la “gobernabilidad”. Bola de inútiles, les he llamado. Cada día parece que son algo peor.

Debe quedar claro que Guatemala no sufre ausencia de leyes. Guatemala sufre una terrible e intensa captura constitucional. Las instituciones conservan la forma, pero sirven a redes de poder, tal como advierte Pablo Pérez Tremps. Cuando los tribunales constitucionales dejan de fortalecer la democracia material y se convierten en extensiones de intereses políticos, pierden toda legitimidad.

En esta triste historia, la Usac ha sido la gran sacrificada. Esa universidad que debió ser faro de pensamiento crítico, investigación y movilidad social, hoy es administrada como finca y destazada en el rastro del operador político del Pacto de Corruptos Walter Mazariegos. Ya Boaventura de Sousa Santos lo advirtió: muchas universidades latinoamericanas han pasado de producir ciudadanía a fabricar obediencia. Con Mazariegos al frente, esa transformación se acelera mientras los docentes bajan la cabeza y se aferran a sus aburridas clases magistrales en un mundo que ya cambió.

Frente a esto, las preguntas son: ¿Vale la pena mantener una universidad pública que traiciona su misión histórica? ¿Tiene sentido conservar una Corte de Constitucionalidad que protege la corrupción en lugar de la Constitución?

La lucha por recuperar la Usac no es solo universitaria. Es una batalla por recuperar la democracia real frente a la autocracia de traje y toga. Seguiré profundizando estos temas en las columnas de esta semana.


Saturday, May 23, 2026

Qué es un nacimiento de agua.

Fernando Cajas.


Un nacimiento de agua es el lugar preciso donde el agua subterránea brota de forma natural hacia la superficie terrestre. Usamos el verbo brotar pocas veces en el habla cotidiana; casi siempre lo hacemos en el lenguaje poético: cuando “brotan” las ideas, cuando “de tus ojos brotan versos tristes”. Lo empleamos para dar vida a sentimientos, recuerdos o pensamientos, otorgándoles la capacidad de emerger. Por eso, decir que un nacimiento es el lugar donde brota el agua subterránea es, en sí mismo, un poema.

Los hidrogeólogos y muchos ingenieros hidráulicos prefieren ser más precisos: el agua no “nace” en ese punto. Tiene razón la ciencia. Sin embargo, la palabra nacimiento captura con belleza poética el milagro de ver surgir agua limpia de la Tierra.

Un nacimiento (o manantial) es la descarga natural de un acuífero. El agua proviene de las lluvias que se infiltran en el suelo en las zonas de recarga, viajan lentamente a través de poros, fracturas y grietas en las rocas, y emergen donde el nivel freático —la superficie superior de la zona saturada— intercepta el terreno.

Por debajo del nivel freático se encuentra la zona saturada, donde todos los espacios entre sedimentos y rocas están completamente llenos de agua. Por encima está la zona no saturada, donde coexisten agua y aire. El agua subterránea fluye siguiendo variaciones de presión y gravedad, y sale a la superficie en forma de manantial, alimentando luego ríos, arroyos o lagos como caudal base.

En mi infancia, en Quetzaltenango, la Ciénaga, actual zona 2 de la ciudad, era un lugar mágico lleno de nacimientos de agua. Durante las vacaciones escolares caminábamos hasta allí y encontrábamos pozas de agua tibia rodeadas de un verde intenso. El agua parecía brotar, nacer del suelo mismo como en el Recreo, un tanque de natación similar al Chirríez, otro tanque de natación que fue testigo de nuestra infancia acuática, que dejó marcada no solo nuestra piel, sino nuestra conciencia con agua subterránea. Alrededor de esas pozas todo era verde, verde. Había helechos, musgo y había gente bañándose en las madrugadas frías de Quetzaltenango.

Con los años aprendí la explicación científica: no era un nacimiento en sentido literal. Se trataba de la descarga de un acuífero libre, una especie de palangana geológica que almacena y libera agua. Según estudios hidrogeológicos en la ciudad de Quetzaltenango, esta zona se encuentra sobre un acuífero volcánico libre, cuya parte más baja está en la zona 2 de la ciudad.

La antigua Quetzaltenango fue habitada por los pueblos mames, quienes la llamaban Culajú, Kulajá o Tqul Já, que significa “Garganta de Agua”. Un nombre preciso: un lugar receptor de agua superficial y subterránea, de escorrentía y de ríos ocultos bajo la tierra.

Hoy, Quetzaltenango depende en gran medida del agua subterránea. Se estima que alrededor del 70% de su abastecimiento proviene de pozos que penetran los acuíferos locales. El otro porcentaje importante viene de “nacimientos” que se encuentran en aldeas cercanas de San Juan Ostuncalco, particularmente de Varsovia y Monrovia. Los ríos superficiales se aprovechan poco por su alto grado de contaminación.

Esta historia se repite en casi todas las ciudades guatemaltecas: zonas rurales de recarga —bosques y montañas— alimentan con sus acuíferos a centros urbanos que, cubiertos de cemento impermeable, ya no permiten que el agua se infiltre, bloqueando el ciclo del agua para mal. Es una inequidad profunda. Las comunidades rurales producen el agua, pero muchas veces carecen de ella para su propio consumo, mientras las ciudades la consumen sin cuidar las zonas de origen.

El agua subterránea es vital para la vida de plantas, animales y humanos. Pero hay que conocerla. No se puede cuidar lo que no se conoce. Esa es la clave. Urge que universidades, centros de investigación y autoridades inviertan en estudios hidrogeológicos detallados: mapas de acuíferos, mediciones de niveles freáticos, análisis de calidad y modelos de flujo, como actualmente lo hace el programa de ingeniería de la Universidad de San Carlos de Guatemala en Quetzaltenango, CUNOC, con sus equipos de investigación en agua y sus programas de posgrado en ciencia y tecnología del agua e ingeniería sanitaria ambiental, pero se requiere mucho, mucho más trabajo de investigación. Solo con conocimiento científico, tecnológico y humanístico sólido podremos tomar decisiones informadas.

La economía depende de ella para la agricultura, la industria y el consumo doméstico. Sin embargo, la tendencia actual es el sobreuso, el desperdicio y la contaminación por aguas negras, agroquímicos, industrias y minería. Hay que hacer un replanteamiento profundo sobre nuestra relación cultural con el agua, a la cual hemos maltratado, mal usado y sobre usado sin conocer siquiera su ciclo social.

Para empezar nuestra nueva relación con el agua, especialmente el agua subterránea, sus manantiales y sus “nacimientos”, debemos, en principio:

• Controlar la extracción: extraer solo el volumen que el acuífero puede recargar naturalmente. Para eso hay que monitorear cada nacimiento, cada pozo, cada fuente, lo que es viable con las nuevas tecnologías y sus sensores digitales.

• Proteger nuestras zonas de recarga: conservar bosques, declarar zonas de veda y evitar el asfaltado y construcciones masivas en áreas de infiltración, y no permitir el ecocidio que se da en el Palajunoj, en el Siete Orejas, donde mineras de materiales de construcción decapitan la zona más importante de recarga hídrica del valle de Quetzaltenango.

• Hacer plantas de tratamiento para sanear las aguas usadas. Mantener letrinas, fosas sépticas y plantas de tratamiento para evitar filtraciones contaminantes.

• Manejar responsablemente nuestros residuos: no arrojar basura, aceites, medicamentos ni químicos al suelo o desagües y no usar a los ríos como depósitos, como drenajes de nuestras heces. Este es el problema más delicado y más triste de nuestra relación con el agua. En el Valle de Quetzaltenango nuestros ríos, Xequijel y Samalá, los hemos convertido en drenajes. Eso debe cambiar inmediatamente.

• Usar eficientemente el agua: reparar fugas, recolectar agua de lluvia y fomentar el ahorro cotidiano.

El agua que brota en un nacimiento no es solo un recurso técnico, ni solo un recurso hidráulico, ni solamente un recurso económico. Es memoria, poesía, vida, cultura local y justicia social, como lo hemos adelantado con nuestro grupo APA: Acción por el Agua y su intensa participación en la discusión de la nueva ley de aguas del Ministerio de Ambiente, con sus luces y sombras. Cuidarla significa entender su ciclo completo —el hidrológico y el social— y actuar con responsabilidad hacia las generaciones futuras. Ese es el único camino para que la vida en este planeta pueda ser posible. Ha sido medio siglo de un mal uso del agua, como se documenta en mi nuevo libro: *La Naturaleza Social del Ciclo del Agua*, Editorial Piedrasanta, 2026.

Debemos replantear nuestra relación con el agua y cuidarla, entender su ciclo social e iniciar el camino de su recuperación, de nuestra recuperación. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.

Nota: Este lunes 25 de mayo a las 7 a. m. estaremos hablando sobre el cuidado de los nacimientos de agua en Estéreo Cien Radio, en el programa *Redes Ciudadanas* con Maynor Hernández.


Wednesday, May 20, 2026

Libro al Viento en Retalhuleu: leer

 Fernando Cajas.


Leer no es natural. Es un acto artificial, arduamente aprendido, que exige instrucción, disciplina y una buena dosis de valentía. Leer es verbo; lectura, el sustantivo que nombra esa práctica social compleja, orientada a fines, que nos permite apropiarnos del conocimiento y reproducirlo en el tiempo.

Desde la invención de la escritura hace unos diez mil años, los seres humanos construimos una nueva forma de relacionarnos con el mundo y entre nosotros. La imprenta del siglo XV democratizó esa relación: hizo posible el libro como artefacto versátil, barato y dinámico que transporta verdades, amores, desencuentros y memorias. Pero el libro solo cobra vida cuando existe una comunidad de lectores que domina sus normas. El texto es, en esencia, un diálogo pospuesto: el escritor habla y espera que un lector, en otro tiempo y lugar, construya sus propios mundos posibles a partir de esas palabras.

En mi reciente libro La Naturaleza Social del Ciclo del Agua, Editorial Piedrasanta, 2026, en el capítulo titulado El lago de Atitlán, constructor de identidades, en la página 114 escribo: «Es tan profunda la capacidad del lago, del agua y sus pueblos, que su cultura, su identidad, va más lejos que la vida y que la muerte». 

Un lector puede interpretar la frase como una referencia al vínculo profundo entre identidad y territorio emocional. El lago funciona como un “objeto psíquico colectivo”, un espacio que habita dentro de las personas incluso cuando ellas ya no están físicamente en él. Otro lector podría interpretar que la muerte biológica no destruye completamente al individuo porque la cultura y la memoria colectiva sobreviven en los paisajes, en las costumbres, en las narraciones y en las prácticas comunitarias ligadas al agua. Habrá tantas interpretaciones como lectores críticos lean esta frase o este libro. 

Leer no emerge biológicamente como el habla. Requiere maestros, currículo y esfuerzo sostenido. Por eso, leer es un acto de valentía: quien no lee libros no entiende del todo; quien no escribe, corre el riesgo de mentir con interpretaciones superficiales. Sin lectura profunda y sin escritura rigurosa no existirían la ciencia, la tecnología ni la educación moderna tal como las conocemos.

Es precisamente por esta razón que la Feria del Libro al Viento Suroccidente 2026 adquiere una importancia fundamental. Del 27 al 30 de mayo, en Casa Fátima de Retalhuleu, se materializa una estrategia real de descentralización cultural. Lejos de la concentración capitalina, o la misma concentración de las urbes cercanas como de la ciudad de Quetzaltenango, esta iniciativa de la Asociación Gremial de Editores de Guatemala (AGEG) junto al Ministerio de Cultura y Deportes lleva libros, autores y mediadores a territorios con menor acceso editorial.

Esta cuarta edición, dedicada a la maestra y escritora Leonor Alicia Friely Taracena —referente educativa y cultural del suroccidente—, no es solo una feria más. Es un espacio de encuentro entre comunidades de lectores y escritores, editoriales y libreros, con más de 50 actividades gratuitas: presentaciones, conversatorios, talleres y cuentacuentos especialmente diseñados para niñez y juventud. Horario: de 9:00 a 19:00 horas. La entrada y la salida es libre.

La literatura aquí cumple un doble rol poderoso: actúa como espejo que valida nuestra identidad local, nuestras geografías y realidades (luchando contra estereotipos), y como ventana al mundo que amplía horizontes sin necesidad de viajar, aunque siempre hay que viajar. En un país donde los índices de comprensión lectora siguen siendo alarmantemente bajos, estas ferias itinerantes se convierten en laboratorios vivos de esa práctica social que tanto necesitamos.

Guatemala necesita miles de estas comunidades de lectores. Cada libro leído es un paso hacia una ciudadanía más empática, crítica y capaz de construir un mejor país. Por eso invito a familias, maestros, estudiantes y a todos los que estén de paso por Retalhuleu: asistan a Libro al Viento Suroccidente. Lleven a sus hijos, nietos, sobrinos, amigos, amigas, novio o novia, discutan lo leído, anótenlo, conversen. Nos vemos en Retalhuleu, capital del mundo. 

Sunday, May 17, 2026

El destazador de la Usac: de rastro pobre a usurpador de la rectoría.

 Fernando Cajas.

Se sabe que Walter Mazariegos fue, y sigue siendo, destazador de rastro pobre. Ese trabajo puede ser digno, como todo trabajo honrado, pero de ahí a esperar que un hombre sin formación académica sólida, que “estudió” humanidades en una farsa universitaria promovida por el exdecano Calderón, haya aprendido algo de ciencia, de rigor humanístico o de ética institucional, hay un abismo.

Mazariegos se infiltró en la Facultad de Humanidades no para elevarla, sino para destazarla. Fortaleció las “extensiones universitarias”, esa maquinaria de títulos baratos, de baja calidad académica y muchas veces ilegales, cuya verdadera función no es formar profesionales, sino capturar votos y lealtades políticas. Porque para él y sus 40 ladrones del Consejo Superior, la Universidad de San Carlos no es una casa de estudios superior: es un botín, un mercado politiquero desde donde se venden puestos en las Altas Cortes y la Fiscalía General a cambio de impunidad.

Bajo su gestión, la Usac ha caído estrepitosamente en los rankings internacionales: de alrededor del puesto 150 en 2010 a cerca del 200 o fuera de los principales listados en 2025. Es como pasar de un 50 sobre 100 a un 37 reprobado. Véase el reportaje de Heidi Loarca del 12 de octubre de 2025 aquí en La Hora sobre el QS World University Rankings 2025. Junto a eso, todo es opaco en la Usac. Desde su primera elección fraudulenta, defendida a capa y espada por Alejandro Giammattei a cambio de tener control sobre las cortes, hasta esta segunda farsa del 8 de abril de 2026 en Antigua Guatemala.

Las universidades privadas no se quedaron atrás en esta misa negra. La Universidad de Occidente dio el voto clave para mantener a Consuelo Porras como fiscal general. Muchas facultades de Derecho de cartón, sin estudiantes reales, fueron creadas solo para fabricar electores en las Comisiones de Postulación. Y Porras, a su vez, protegió a Mazariegos y a su círculo. El Pacto de Corruptos encontró en la Usac su filial perfecta.

Pero mayo de 2026 ya huele a cambio. Este pseudo-rectorcito ya repartió las coimas y los puestos que podía. Ahora lo atacan hasta instituciones que antes callaban: la Contraloría General de Cuentas le exige finiquito que no tiene y que difícilmente obtendrá por las denuncias pendientes. Varios juzgados honestos han admitido amparos y suspendido provisionalmente la elección fraudulenta, donde se borraron arbitrariamente decenas de electores universitarios, se anularon votos de oposición y se impidió participar a colegios profesionales y docentes enteros. En Ingeniería, por ejemplo, el decano marioneta Francisco Gómez simplemente se negó a abrir las urnas cuando vio que perdía su jefecito destazador.

Mientras tanto, valientes reportajes de La Hora y otros medios documentan los desfalcos, los lujos, los puyazos, lomitos y ceviches pagados con millonarios recursos públicos. Y el campus central de la zona 12 sigue cerrado bajo la excusa de un viaducto sin permisos claros, obligando a más de 100 mil estudiantes a una “educación virtual” paupérrima, con profesores poniendo sus propias computadoras y alumnos sin equipo ni internet decente. Todo para que no protesten.

Ya se oye en el ambiente: Mazariegos va a caer. Las gotas de abril se están convirtiendo en lluvia de mayo. Pero no basta con sacarlo a él. El problema es estructural. Necesitamos replantear de raíz el sistema de educación pública superior en Guatemala.

Urge que los docentes tomemos conciencia de nuestro rol como formadores de participación cívica, no de clientelismo. Necesitamos nuevas opciones: carreras técnicas y tecnológicas universitarias pertinentes, que formen de verdad y no solo repartan títulos. Programas de investigación científica, tecnológica y humanística reales y también pertinentes. Estudiantes participativos y con voz. Urge una universidad que incluya, que rompa el clasismo, el machismo y el racismo de la tradición oligárquica, y se convierta en una verdadera Universidad del Pueblo.

La Usac debe recuperar su autonomía, su excelencia y su pertinencia: No para excluir, sino para incluir, para educar, para formar, para investigar. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

Monday, May 11, 2026

¿ Qué es envejecer ?

 Fernando Cajas.


«¿Cómo describiría su historia de vida en un minuto? ¿Cómo dibujaría usted su pasado, su presente y su futuro?» Thomas J. Cottle.

Envejecer es el verbo al que más le huía mi mamá y es el adjetivo, viejo, al que más le temo yo. Mamá no dejó que la vejez le alcanzara. Yo en cambio, ya fui alcanzado por la vejez años hace. Recuerdo la primera vez que alguien me dijo «don» o «señor» en el sentido de que se refería a un anciano. Yo casi en mis cincuenta y la joven mujer, un tanto enojada porque iba en contra de la vía conduciendo su carrito nuevo a lo que yo le dije, «no hay vía». Solo recuerdo algo así: «a usted que le importa viejo metiche» me dijo. Yo sé que me dolió más lo de viejo que lo de metiche. Se me quedó grabado. 

Vino entonces la crisis de los cincuenta. Todo empezó con un tumor cerebral en las cercanías del cerebelo que me mareaba sin haber tomado un sorbo de Quezalteca, el licor más conocido de mi ciudad natal y ni siquiera una Cabro, la cerveza lager de Quetzaltenango, donde vivo. Un especialista cuello-cabeza y un neurocirujano dijeron que era urgente operar. Bueno, lo haré en el Seguro Social. Ay no, casi que me dan cita años después. La operación marcó un antes/después, no tanto como joven/viejo, pero probaba yo algo de los sabores que traería la vejez. 

Fueron años complejos mis 50. No tanto por la vejez per se. Uno no es viejo a los cincuenta en esta época, pero parece ser, por la poca investigación sociológica sobre la vejez, que el hombre, más que la mujer, hace un balance de lo logrado y no logrado a los 50 años, como si fuese una línea de corte. Pero es un corte injusto porque uno no vive 100 años para hacer un corte a la mitad de la vida. La esperanza de vida masculina se reporta en Guatemala de 70 años, muy por debajo de su promedio regional. En ese sentido, la evaluación de la vida debería hacerse a los 35 años y no a los 50. 

La crisis de los 50 años es una transición social y cognitivamente compleja, sociocognitiva. Es una crisis vital por el malestar psicológico donde la persona evalúa sus logros y mortalidad, provocando cambios de identidad y autoestima ante la vejez inminente. Socialmente implica ajustes como la soledad o la misma jubilación, mientras que cognitivamente uno toma conciencia del declive físico y nuevas prioridades emocionales. Quizás aquí el concepto de ser viejo se asocia con marcadores sociales arbitrarios que empiezan a ver al hombre de cincuenta y tantos como viejo. 

Lo cierto es que a los cincuenta años los guatemaltecos hemos vivido ya más del 70% de nuestra vida, entonces ciertamente para la gente a los cincuenta somos viejos, aunque no nos sintamos viejos. 

Envejecer, entonces, no es solo el momento en que una joven conductora te llama “viejo metiche”, ni el tumor que a los cincuenta te recordó la fragilidad del cuerpo, ni siquiera la estadística guatemalteca que nos dice que a esa edad ya hemos vivido más del 70% de nuestra existencia probable. Envejecer es, sobre todo, un verbo que se conjuga en presente continuo, con sus dolores, sus ironías y sus victorias.

Elisa Dulcey-Ruiz y Cecilia Uribe Valdivieso, en su artículo Psicología del ciclo vital: hacia una visión comprehensiva de la vida humana, nos ofrecen una visión más generosa y menos dramática para mirar este proceso. Para ellas, la psicología del ciclo vital es más amplia que la tradicional psicología del desarrollo (Piaget). No se trata solo de etapas que se superan, sino de una visión integral donde la edad pierde rigidez: hay cambios permanentes, multidimensionalidad, plasticidad y, sobre todo, la profunda influencia del contexto histórico, social y cultural.

Según estas autoras, no hay “estaciones” fijas en la vida humana (como cantaba Atahualpa Yupanqui). Hay vida vivible en cualquier edad.  Hay alegría y tristeza a cualquier edad. Hay amor y desamor a cualquier edad. El envejecimiento se inscribe en el marco más amplio del ciclo vital, que incluye la adultez, la vejez y hasta la muerte, pero siempre con énfasis en las posibilidades: el envejecimiento exitoso, el bienestar subjetivo y la sabiduría. 

Vuelvo y repito, dicen en Panamá, el envejecimiento no es más que el producto final de otra práctica social llamada aprender. Por eso envejecer, o sea aprender, se da a lo largo de toda la vida. No se trata de resistir la vejez, negándola hasta el final, sino de habitarla con conciencia, adaptabilidad y sentido, con amor, con profundo amor y agradecimiento de haber vivido y de seguir viviendo. 

Hoy, 11 de mayo, cumplo 66 años. Gracias mamá, gracias papá. Ya no huyo del adjetivo “viejo” como lo temía de niño. Lo habito. He sido alcanzado por la vejez, sí, pero también por la gratitud de haber vivido y seguir viviendo, viviendo y no solo sobreviviendo. Viviendo con la ilusión de ver a mis dos hijas crecidas y amadas, viviendo, de sentir el amor que nos construye sabiendo que en la esquina podemos rápidamente encontrarnos el relámpago que destruye. 

Ya no hago balances dramáticos de logros y fracasos. Hago, más bien, inventarios de lo que todavía puedo dar: una columna más, una conversación honesta, un libro avanzado a la mitad, un consejo pedido o no pedido, una risa ante el espejo cuando veo las arrugas. Envejecer también es la ilusión de preparar el seminario internacional esta semana para saludar de cerca a mi colega mexicano Alberto Camacho que nos trae la primicia de su nuevo libro Mesoamérica: Obsesión con los grandes números o a Luis Fernando Plaza del Valle del Cauca colombiano, quien trae más que su último libro: Pensamiento Crítico. Eso es vivir, trabajar para amar y amar para trabajar en esta hermosa tierra que me vio nacer: La Ciudad de la Estrella, Quetzaltenango, Xelajú eterna. 

Wednesday, May 6, 2026

El nuevo fiscal general: No basta con cambiar una cara, hay que cambiar el diseño.

 Fernando Cajas.


«El sistema de justicia guatemalteco nace, crece y se desarrolla en y desde el Conflicto Armado Interno. Entre 1960 y 1985, más de doscientos mil guatemaltecos perdieron la vida. Uno quisiera creer que tanta muerte y sufrimiento hubieran servido de algo. Pero no. Las redes criminales que entonces lideraban militares gobiernan todavía, solo que ahora con traje y corbata, con expedientes y con sentencias».

Esto lo escribí aquí mismo, en La Hora, el 12 de marzo de 2025, en mi columna “Injusticia”.  Ayer 5 de mayo de 2026, el presidente Bernardo Arévalo ha nombrado a Gabriel García Luna como nuevo fiscal general. García Luna empieza su mandato como una golondrina, sí. Pero en Guatemala una golondrina no hace verano. Hace, a lo sumo, una breve ilusión de cambio en un pantano de corrupción que sigue tragándose todo.

La historia contemporánea de Guatemala no es la de una democratización fallida. Es la de una metamorfosis exitosa del autoritarismo. Lo que antes se resolvía a balazos, hoy se ejecuta con un sofisticado andamiaje legal. Las estructuras de exclusión no fueron desmanteladas en 1996 con los Acuerdo de Paz, fueron modernizadas. La “paz institucional” no trajo justicia; trajo una arquitectura perfecta para la captura. La CICIG lo llamó, con precisión quirúrgica, Élite Depredadora. Esa élite —el brazo más rancio del empresariado guatemalteco— sigue al mando. El país está diseñado como botín perpetuo como escribe Gustavo Galindo. Los intentos de sacudirnos a estos corruptos —1944, 1996, 2015, 2023— han sido sistemáticamente neutralizados.

En este lodazal aparece ahora un nuevo fiscal electo “de entre los menos malos”. El sistema de Comisiones de Postulación, con la participación estelar de las universidades, garantiza que nunca llegue lo mejor. Las universidades privadas, muchas de ellas simples empresas con fines de lucro, negocios de mala muerte, por ley forman parte de las Comisiones de Postulación. O sea, lo peor del país, escoge a las Altas Cortes. ¿Cómo no vamos a tener un sistema de justicia ineficiente, incapaz y capturado por los corruptos y el empresariado de la derecha rancia guatemalteca?

La propia Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) hoy cooptada hasta la médula, se ha convertido en pieza clave de la maquinaria de captura. Sus rectores corruptos politiqueros, entre los que destacan: Estuardo Gálvez y Walter Mazariegos no solamente han sido cuestionados, son elementos clave del Pacto de Corruptos no digamos sus decanos de «Derecho» dispuestos a todo por poder y prebendas, venden su alma al diablo y la de sus instituciones sin que se les mueva un músculo de la cara. El caso más asqueroso es el de Henry Arreaga, actual decano de la clica de Derecho de la USAC. 

En este panorama la corrupción no es un accidente, es una autocracia diseñada como claramente los ha reportado Anne Applebaum en diferentes países del mundo. Este fue el método de gobierno en la era Giammattei: hospitales modulares fantasma, Centro de Gobierno sin base legal, contratos inflados en el INDE y el CIV, nepotismo descarado y un robo multimillonarios en vacunas rusas para COVID que ni siquiera vinieron. Pero todo eso realizado de tal forma que desde el Ministerio Público se planificaba la impunidad para que el Pacto de Corruptos y su hija putativa la Alianza Criminal, le dejara el camino libre a la Élite Depredadora. 

El Ministerio Público de Jimmy Morales y de Alejandro Giammattei defendía a los poderosos y perseguía selectivamente a los incómodos. Ese es el lodazal que hereda Gabriel García Luna dentro de un sistema de justicia totalmente dañado, con fiscales que no son fiscales, sino que han sido agentes de oficio en la defensa de corruptos. Ese es el reto del nuevo fiscal general. Por eso: No basta con cambiar una cara. Hay que cambiar el diseño.

Propongo, una vez más, el primer paso indispensable para recuperar al sistema de justicia guatemalteco: excluir a todas las universidades de las Comisiones de Postulación. No se trata de desconocer su rol histórico, sino de reconocer que hoy están capturadas y expuestas a presiones que las alejan de su esencia. En su lugar, fortalezcamos mecanismos de verdadera participación ciudadana: paneles independientes de sociedad civil, con auditoría internacional o, incluso, explorando formas de elección directa como se ha discutido en otros países de la región.

Las universidades deben volver a ser lo que nunca debieron dejar de ser: centros de pensamiento crítico, innovación, de producción de ciencia y tecnología. Imaginen una USAC libre, investigando energías renovables para el INDE, políticas públicas honestas para el Ministerio de Comunicaciones, investigando y apoyando la solución de la desnutrición infantil, mejorando los sistemas de agua potable desde la innovación tecnológica y no metida en este lodazal politiquero de las comisiones de postulación. 

El tiempo apremia. Exijamos al presidente Bernardo Arévalo, a la vicepresidenta Karin Herrera y a la ministra de Educación Anabella Giracca y a diputados como José Chic que impulsen, ya, una reforma constitucional profunda de la educación pública superior guatemalteca. Este es un problema educativo esencial para Guatemala que debe afrontarse. No nos queda mucho tiempo para recuperar a nuestras instituciones. Hagámoslo ahora porque si no es ahora, no será nunca.

Sunday, May 3, 2026

La capacidad de amar y trabajar.

 Fernando Cajas.

1o. de Mayo.


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Alguna vez le preguntaron a Sigmund Freud qué significaba ser feliz. La respuesta —real o atribuida— ha sobrevivido por su contundencia: la felicidad es la capacidad de amar y trabajar. No es una definición sentimental, sino profundamente exigente. No habla de placer ni de éxito, sino de dos capacidades que deben construirse.

Conviene decirlo desde el inicio: no se trata de dos dimensiones separadas. Amar y trabajar no son caminos paralelos; son la misma experiencia humana vista desde ángulos distintos. Si se separan, ambos se vacían.

Freud lo planteó como una condición del individuo. Pero lo que en él aparece como intuición clínica, en Marx y Engels adquiere profundidad histórica: el trabajo no es solo una actividad económica, es el proceso mediante el cual el ser humano se hace a sí mismo. No solo transforma la naturaleza; se transforma en ella. El trabajo pleno nos transforma y nos dignifica. 

El trabajo —entendido en sentido amplio— es la actividad mediante la cual damos forma al mundo y, al hacerlo, nos damos forma a nosotros mismos. No es únicamente empleo, salario o productividad. Es también cuidado, creación, enseñanza, vínculo. Es toda acción sostenida que implica intención, esfuerzo y transformación.

Por eso, amar no puede reducirse a emoción espontánea. Amar es una práctica. Exige disciplina, constancia, responsabilidad. No ocurre: se construye. Y en ese sentido, amar es una forma de trabajo y es una práctica social. 

Nuestra cultura, sin embargo, ha hecho lo contrario. Ha convertido el amor en espectáculo y el trabajo en castigo. El amor se consume en imágenes rápidas, promesas instantáneas y vínculos desechables. El trabajo, por su parte, se percibe como obligación externa, muchas veces alienada, desconectada de sentido. El resultado es predecible: ni se ama bien ni se trabaja con significado.

Aquí es donde la reflexión de Louis Althusser, el filósofo francés, aporta un matiz necesario. El trabajo no solo es una actividad individual, es una práctica social estructurada. Ocurre dentro de sistemas que moldean lo que pensamos, sentimos y valoramos. No basta con querer amar mejor o trabajar mejor; las condiciones sociales pueden facilitar o bloquear ambas capacidades.

Sin embargo, incluso dentro de esas estructuras, hay un margen decisivo: la forma en que asumimos nuestra propia actividad.

Un maestro que prepara su clase, que se forma para dar su clase, que piensa en sus alumnos no solo transmite conocimientos; se transforma en el proceso y construye vínculos reales con sus estudiantes. Un padre que cuida a su hijo en la enfermedad no está “dejando de trabajar”: está realizando una de las formas más profundas del trabajo humano. En ambos casos, amar y trabajar son inseparables.

El amor responsable requiere esfuerzo sostenido, y el trabajo significativo solo adquiere profundidad cuando incorpora una dimensión de cuidado, de vínculo, de reconocimiento del otro. Sin ese cruce, el amor se vuelve superficial y el trabajo, vacío. Por eso, más que afirmar que “sin trabajo no somos nada”, habría que decirlo con mayor precisión: sin actividad transformadora —sin ese esfuerzo por construir, sostener y cuidar— la vida humana pierde sentido. Y sin este sentido, el amor se vuelve frágil, incapaz de sostenerse en el tiempo.

Feliz día del trabajo.