Thursday, June 25, 2026

Un maestro para humanizar: Ser maestro en este siglo.

 Fernando Cajas.


Cada 25 de junio, Guatemala celebra el Día del Maestro en homenaje a María Chinchilla y a miles de educadores que, con vocación y sacrificio, entregan su vida a la más noble de las tareas humanas: La docencia. En 2026, esta fecha nos obliga a una reflexión profunda y honesta: ¿qué significa ser un buen maestro en medio de la crisis educativa estructural, la captura institucional y los desafíos del siglo XXI?

Para mí, un buen maestro o maestra es, ante todo, un guía y humanizador. Es el ser humano que nos acompaña temporalmente para ayudarnos a descubrir quiénes somos, quiénes fuimos y quiénes podemos llegar a ser. No impone sus experiencias ni miedos; nos permite construir nuestro propio camino. Es un artesano de identidades, de las emociones, de las relaciones humanas y del conocimiento entendido como construcción social como pensaba y actuaba mi maestro de matemática Hugo Pineda y mi maestro de sociología Erminio García en el Centro Universitario de Occidente, CUNOC, en 1978. 

Ser maestro es una vocación, un llamado y una formación rigurosa. No se puede improvisar la sagrada tarea de la enseñanza, porque de ella depende el futuro de la humanidad. Esta responsabilidad exige un alto rigor ético: no se puede tomar a la ligera ni puede ser reducida a la buena voluntad. Cualquiera no puede pararse frente a un aula e improvisar. Los bajos resultados educativos en Guatemala —donde apenas uno de cada diez estudiantes domina operaciones básicas de matemáticas— son la factura de una formación docente improvisada, cooptada y desvinculada de la investigación seria.

Ser maestro no es una actividad individual, como nos han querido vender las visiones idealistas. Fundamentalmente, es una actividad social que se realiza a través de prácticas sostenidas en el tiempo, contingentes según lo que se enseña. Lo que más condiciona la práctica educativa son las concepciones de aprendizaje que predominan en la comunidad donde el maestro o la maestra trabaja. Históricamente, hemos transitado por diferentes modelos que moldean cómo entendemos el aprendizaje y, por tanto, cómo enseñamos:

El modelo conductista ve el aprendizaje como un reflejo mecánico: enseñar es hablar y aprender es repetir. Su metáfora es el espejo. De allí provienen los dictados interminables, la memorización de tablas de multiplicar sin comprensión y el énfasis excesivo en algoritmos vacíos. Aunque algunos aprendizajes requieren memorización (como un número de teléfono), reducir la educación a esto es limitante y deshumanizador.

El modelo cognitivo representa un avance importante. Su metáfora es el computador: el aprendizaje como conexiones internas. Destacan aquí los mapas conceptuales de Joseph Novak y el Modelo de Cambio Conceptual desarrollado por investigadores como Edward Smith y Charles Anderson (a quienes tuve el honor de tener como profesores en Michigan). Este enfoque estructura el conocimiento escolar, incorpora los errores conceptuales de los estudiantes (misconceptions) —como confundir fuerza con una propiedad intrínseca de los objetos o velocidad con aceleración— y propone secuencias didácticas que generan contradicciones cognitivas para promover una comprensión más profunda.

En esa área el trabajo de Ricardo Cantoral en el CINVESTAV del Instituto Politécnico Nacional, IPN, y de sus colegas en América Latina a través del Comité Latinoamericano de Matemática Educativa, CLAME, es esencial. Al mismo tiempo, el trabajo de Deborah Ball de la Universidad de Michigan resulta iluminador. Ball desarrolla el concepto de Mathematical Knowledge for Teaching (MKT), un conocimiento matemático especializado para la enseñanza que va más allá del dominio común de los contenidos. Permite al docente desempaquetar conceptos, anticipar errores frecuentes, elegir representaciones potentes adaptadas a la edad y capacidad de los alumnos, y responder en tiempo real a sus ideas y confusiones. No se trata de asignar listas interminables de ejercicios mecánicos, sino de construir comprensión real.

Sin embargo, tanto el modelo conductista como el cognitivo tienen límites profundos. El cognitivo, aunque más sofisticado, mantiene una posición idealista que separa el mundo de las ideas del mundo real y social. Por eso, en columnas anteriores como “El aprendizaje es social”, he propuesto y desarrollado el modelo social. En este enfoque, el aprendizaje no es solo un reflejo ni una conexión interna individual, sino una propiedad social: una construcción colectiva mediada por el lenguaje, la cultura, las interacciones y las prácticas comunitarias. 

El conocimiento se co-construye en el tejido de las relaciones humanas, en el diálogo y en la praxis compartida. El maestro deja de ser solo transmisor o facilitador cognitivo para convertirse en un actor social que humaniza, acompaña y ayuda a construir identidades en comunidad.

Esta reflexión cobra urgencia dramática en Guatemala. La actual captura de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) por el Pacto de Corruptos es una afrenta directa a los maestros y profesores universitarios, y a todos los maestros de primaria y secundaria que se forman en sus aulas. En condiciones precarias, sin investigación científica seria sobre cómo aprenden realmente las personas —que integre y supere los modelos conductistas, cognitivo y especialmente el social—, se reproduce la improvisación y se condena a generaciones enteras a una educación deshumanizadora.

La Usac, que debería ser el motor de la investigación didáctica, del Pedagogical Content Knowledge (PCK) y de la formación de formadores basada en evidencia, está siendo destazada. Esto afecta toda la cadena educativa del país.

Necesitamos recuperar la autonomía universitaria, reconstruir las Escuelas Normales con rigor, invertir en investigación didáctica de calidad (especialmente en el modelo social) y proteger la formación docente de la politización y el clientelismo. Exijamos mejores maestros y mejores dirigentes educativos y no la escoria de Jovial Acevedo o Walter Mazariegos, símbolos de lo que no debe ser un maestro.

En este Día del Maestro 2026, rendimos homenaje sincero a quienes, pese a las dificultades, humanizan, acompañan y construyen futuro. Pero también hacemos un llamado claro: como sociedad debemos valorar a los docentes, formarlos con seriedad ética y científica, y defender las instituciones públicas que los preparan.

El futuro de Guatemala se forja en las aulas, con maestros reflexivos, éticos y profundamente sociales. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.

Tuesday, June 23, 2026

La Usac, la Corte y el silencio que traiciona: Reflexiones repetitivas sobre su captura.

 Fernando Cajas.

«Guatemala cansa. Guatemala lastima. Guatemala hiere». FC

Guatemala cansa. Guatemala lastima. Guatemala hiere. En el centro de este dolor que se arraiga en lo más profundo del ser colectivo que se encuentra hacia cualquier lugar donde miramos. El país es maravilloso, un paisaje que nos encanta, pero es un encanto que lastima. Mire la crisis de desnutrición que fue construida por gobiernos no solo ineptos sino ladrones, que más parecen que construyeron subdesarrollo que desarrollo. Que, acaso no nos da vergüenza de que el 50% de los niños menores de 5 años a nivel nacional tienen desnutrición crónica, la que está concentrada en áreas rurales y comunidades indígenas con 70% de desnutrición. Eso duele. 

También duele la captura institucional de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) porque no se trata de un mero conflicto académico, sino de una herida abierta en el cuerpo de la república: la transformación de una institución nacida para emancipar el pensamiento en un botín del Pacto de Corruptos y de quienes han convertido este país en su finca privada. 

La historia de Guatemala revela una metamorfosis trágica del poder. Lo que antaño se imponía con violencia directa, hoy se ejecuta mediante una sofisticada arquitectura de formas legales vaciadas de sustancia, como lo ha descrito el jurista Gustavo Galindo. La Usac, heredera de la Revolución de 1944, símbolo de autonomía, crítica y servicio al pueblo, ha sido cooptada con precisión quirúrgica. Su caída no es accidente de la historia, sino expresión de un proyecto deliberado: neutralizar cualquier semillero de pensamiento emancipador que amenace el orden establecido.

El operador y la mecánica de la usurpación En el corazón de esta maniobra se encuentra Walter Mazariegos, figura fiel al Pacto, cuya imposición en la rectoría el 8 de abril de 2026 estuvo marcada por irregularidades graves: exclusiones arbitrarias, opacidad deliberada y violaciones que socavan los principios más elementales de justicia procesal. Ante esto, la Corte de Constitucionalidad —llamada a ser guardiana última de la Constitución— ha optado por blindar lo irregular, convirtiéndose en escudo protector de la injusticia bajo el manto de la formalidad.

Mazariegos no actúa en soledad. Su red se extiende desde la Usac hacia universidades de papel y comisiones de postulación, tejiendo un entramado que asegura impunidad y control. Este modelo revela una lógica profunda: debilitar la universidad pública para extinguir su potencial transformador, mientras se mercantiliza la educación y se perpetúa la exclusión social, el autoritarismo y las divisiones históricas que han marcado nuestra nación.

La crisis constitucional y el silencio presidencial como bien ha escrito Jorge Mario Rodríguez, quien dice que vivimos una crisis del constitucionalismo mismo: la tensión entre el “poder contramayoritario” de tribunales no electos y la aspiración democrática. En Guatemala, esta tensión se vuelve lacerante. La CC, lejos de encarnar el ideal republicano, se degrada en instrumento de privilegios, negando la posibilidad de una sociedad reflexiva y justa.

Pero lo que agrava esta herida hasta convertirla en indignación moral es el silencio del Presidente Bernardo Arévalo. Aquel que llegó al poder bajo la promesa de una “Nueva Primavera”, invocando ideales de justicia, transparencia y ruptura con el pasado corrupto, ha guardado un mutismo calculado ante la captura de la universidad pública. 

Este silencio no es mera omisión; es una traición ontológica a la esperanza que despertó en millones de guatemaltecos. Nos obliga a interrogarnos con crudeza filosófica: ¿fuimos engañados por un discurso que ocultaba una negociación pragmática con los mismos poderes que ahora protegen a Mazariegos? ¿O asistimos a un pacto tácito con el Pacto de Corruptos, donde la “gobernabilidad” se compra al precio de sacrificar la autonomía universitaria?

Este silencio presidencial revela una profunda contradicción ética: quien prometió defender la democracia opta por la comodidad de la inacción mientras se desmantela uno de sus pilares. En términos filosóficos, evoca la traición platónica del filósofo-rey que, ante la cueva, prefiere no liberar a los prisioneros sino acomodarse entre las sombras. Arévalo y su gobierno no solo fallan en actuar; nos confrontan con la posibilidad de que su proyecto fuera, desde el inicio, compatible con las estructuras de poder que dicen combatir.

Los intelectuales y académicos no estamos exentos de culpa. Muchos optamos por el silencio cómplice, ignorando el llamado de Otto René Castillo: un día el hombre sencillo del pueblo preguntará qué hicimos mientras la patria se apagaba.

La Usac, la Corte y el silencio que traiciona: Reflexiones repetitivas sobre su captura  Recuperar el poder ciudadano frente a estas instituciones degradadas es el camino hacia una democracia constitucional auténtica: una que preserve principios fundamentales sin convertirse en instrumento de minorías privilegiadas.

Es hora de actuar con claridad moral y estratégica. Exigimos que el Ministerio Público investigue con rigor las denuncias de fraude y malversación. Demandamos que la Corte cumpla su rol republicano. Convocamos a docentes, estudiantes y ciudadanos a romper el silencio y movilizarse como se hizo valientemente este pasado domingo 21 de junio del 2026. A mediano plazo, urge replantear la autonomía universitaria bajo estricta rendición de cuentas, revisar las comisiones de postulación y desmantelar el entramado de instituciones ficticias al servicio del poder de los corruptos.

La Usac no pertenece a operadores ni a pactos oscuros: es patrimonio del pueblo guatemalteco, herramienta de liberación y faro de pensamiento crítico. Rescatarla significa rescatar la posibilidad misma de una república digna.

Guatemaltecos, enfrentemos esta indignidad no solo con rabia, sino con reflexión profunda y acción sostenida. El silencio presidencial nos ha desengañado; que ese desengaño se transforme en la fuerza ética necesaria para reconstruir lo que ha sido capturado. Porque si no actuamos ahora, la herida se volverá irreversible y la promesa republicana se extinguirá en la oscuridad de una finca mal administrada. Recuperemos a la Usac ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

Thursday, June 18, 2026

Guatemala sigue a oscuras en ciencia y tecnología: Parte 2.

 Fernando Cajas.


La producción científica guatemalteca ha crecido lentamente desde inicios de los 2000, pero desde niveles tan bajos que seguimos ocupando posiciones marginales a nivel mundial y regional (alrededor del puesto 123 en la región latinoamericana). La mayoría de esa producción sale de la Usac y unas pocas instituciones. Sin embargo, en lugar de consolidarse como motor nacional de investigación, la universidad pública ha entrado en un proceso de decadencia preocupante.

En América Latina los mayores índices de innovación los tiene Chile, Brasil y México, países que invierten en ciencia, tecnología e innovación. Guatemala aparece en la parte baja con el número 123. En este rubro Suiza invierte 100 veces lo que Guatemala invierte y así los países en desarrollo invierten muchísimo más.

La Universidad de San Carlos poco a poco viene produciendo menos y menos ciencia y tecnología. De hecho, las crisis institucionales recurrentes –incluyendo cuestionamientos a procesos electorales, inestabilidad en la rectoría, tomas de instalaciones y priorización de luchas políticas internas sobre la agenda académica– han erosionado la capacidad de investigación. La falta crónica de inversión presupuestaria, el deterioro de infraestructura, el abuso de la modalidad virtual sin calidad y la debilidad en la formación de nuevos investigadores han convertido lo que debería ser un centro de excelencia en un reflejo más de los problemas nacionales.

Recientemente el embajador de Alemania en Guatemala, Hardy Boeckle, calificó la elección y reelección de Walter Mazariegos como rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) como “un problema real” y una “elección fraudulenta”, señalando que esta situación ha afectado directamente la cooperación académica entre ambos países. Como medida concreta a la usurpación de Mazariegos, Alemania relocalizó la oficina del DAAD de la Usac a una universidad privada. Boeckle lamentó el impacto negativo en los estudiantes de la Usac –quienes pierden oportunidades de becas e intercambios–, pero enfatizó que resulta “muy difícil” trabajar con la actual administración.

A pesar de que la Usac tiene investigadores que han producido investigación científica de alta calidad, las condiciones actuales afectan negativamente la producción científica. En mi propia experiencia en el Centro Universitario de Occidente (Cunoc), hemos generado conocimiento relevante, por ejemplo: modelos hidrogeológicos tras la tormenta Stan, diagnósticos de gobernabilidad del agua en la cuenca del Samalá y propuestas multidisciplinarias para problemas reales de las comunidades y de la sociedad quetzalteca, así como programas de posgrados de investigación científica. Pero estos proyectos de a poco irán sufriendo las consecuencias de una universidad cooptada por la corrupción.

Sí los investigadores siguen el ejemplo del silencio de los profesores, el camino es la aniquilación de la poca investigación científica y tecnológica existente y futura. El problema es que, así como la docencia y su aprendizaje, la investigación requiere largos periodos de formación. Formar al equipo de investigación en agua actual de ingeniería Cunoc-Usac requirió casi 20 años, desde su graduación a licenciatura, cursos de formación de investigadores, estancia en alguna de las universidades con las que hemos tenido proyectos, realización de maestrías, doctorado y post doctorados. En la medida en que la Usac siga cooptada, sus relaciones internacionales decaerán y finalmente sus investigadores emigrarán en el mejor de los casos. El otro escenario es que sus investigadores simplemente parasitarán haciéndole compañía al destazador de universidades Walter Mazariegos o al corrupto que lo sustituya. Ese es el precio del silencio cómplice y del miedo a liberar la Usac. 

Como argumenté en trabajos anteriores, el aprendizaje de la ciencia y la tecnología requiere tanta atención como su realización. Hoy, en 2026, seguimos sin una agenda nacional clara de investigación, sin incentivos fiscales reales para que el sector privado invierta en I+D y sin una universidad pública que lidere con autoridad moral e intelectual. El PLANDECYT 2026-2032 que se discute con apoyo de CEPAL es una oportunidad, pero sin un compromiso presupuestario real (al menos acercarnos al 0.5% del PIB) y sin reformas profundas en gobernanza universitaria, corre el riesgo de convertirse en otro documento bienintencionado, pero inútil como nuestros gobernantes del Ejecutivo.

La decadencia de la Usac no es solo un problema interno: es un lastre para el desarrollo del país entero. Una universidad pública debilitada significa profesionales menos preparados, menos innovación para resolver problemas como el acceso al agua potable, la seguridad alimentaria o la adaptación al cambio climático, y una élite técnica que emigra. Todo eso produce la usurpación a la rectoría del destazador de universidades Walter Mazariegos y sus 40 ladrones del pseudo Consejo Superior Universitario. 

Regresando al artículo de Alfonso Mata de La Hora de la semana pasada, hay que reconocer que él tiene razón: no invertir en investigación tiene un costo económico, social y humano brutal. Pero ese costo se multiplica cuando la principal casa de estudios superiores del Estado también decae y es capturada por ladrones, corruptos, usurpadores y destazadores de universidades que de ciencia no saben nada y de innovación tecnológica saben menos, de honradez no digamos. 

Es hora de que gobierno, universidad, sector privado y sociedad civil reconozcan que la ciencia y la tecnología no son un lujo, sino una necesidad urgente. Necesitamos:

  • Aumentar drásticamente la inversión en I+D.
  • Recuperar la gobernabilidad y el enfoque académico en la Usac.
  • Reconstruir al Consejo de Universidades Privadas, CEPS, para que no sea solamente un grupo de rectores corruptos que se reúnen para beneficio personal, sino un sistema de gobierno universitario para priorizar la investigación científica y tecnológica. 
  • Desarrollar programas intensivos de formación de investigadores científicos no esas maestrías y doctorados patito que de ciencia no tienen nada sino más bien son parte del problema de fingir que hacen investigación cuando sus resultados no se publican en ningún medio creíble de la comunidad científica internacional. Esa farsa debe terminar Hay que priorizar los pocos programas de maestría y doctorado reales que tiene el país. 
  • Crear incentivos reales para que los profesores de las universidades, especialmente San Carlos, hagan investigación científica guatemalteca, así como incentivos para que las empresas inviertan en investigación y contraten científicos.
  • Priorizar el aprendizaje situado de la ciencia en todos los niveles educativos.

De lo contrario, seguiremos condenados a ser consumidores eternos de conocimiento ajeno, pagando el alto costo de nuestra propia ceguera.

Guatemala merece algo mejor, no estos pseudo líderes del Ejecutivo, un presidente marioneta, temeroso y cobarde y una vicepresidenta que confunde sus funciones como líder nacional y que al final no desarrolla a la ciencia y tecnología y que terminan entregando a la Universidad de San Carlos en manos del corrupto usurpador a la rectoría. ¡Vaya destino el nuestro! Eso es, si no escogemos corruptos, escogemos incompetentes.  

A la fecha ni el presupuesto de inversión en Ciencia y Tecnología se ha logrado aumentar. Pero aún peor, si la principal fuente de investigación está cooptada y cerrada, si los investigadores ni siquiera pueden ingresar a sus laboratorios y si los alumnos son sometidos a clases virtuales de malísima calidad, lo que están haciendo es matar las pocas posibilidades de hacer investigación científica y tecnológica en Guatemala. Por eso hay que recuperar a la Usac.

La investigación no es un gasto: es la inversión más rentable en nuestro futuro. La captura de la Usac también es la captura y la destrucción de la poca investigación científica y tecnológica que se hace en Guatemala. Por eso y por mucho más, el silencio y el miedo no son opciones. Salvemos a la Usac.

Véase: Cajas, F. (2008). Los retos de las políticas de ciencia y tecnología. Revista Cubana de Educación Superior. Número 1, pp 145-156. 

Monday, June 15, 2026

Guatemala sigue a oscuras en ciencia y tecnología: Parte 1.

 Fernando Cajas.


La inoperancia de este gobierno no solamente se observa en las carreteras abandonadas, los puertos olvidados y la entrega de la Universidad de San Carlos a los corruptos, sino también en el subdesarrollo de la ciencia y la tecnología nacional. Al frente del gobierno hay un tipo cobarde, tibio y ahora mentiroso que quería aparentar ser demócrata y realmente mostró ser inútil. Lo mismo es válido para su vicepresidente, Karin Herrera, que se la pasa en silencio o hablando superficialidades o jugando a niña exploradora de clubes de ciencia, quitándole al Ministerio de Educación esa función.

Dentro de los no logros de este gobierno de ineptos está que los indicadores de producción científica y tecnológica están igual o peor que a su llegada. La inversión en ciencia y tecnología en el 2023 era 0.030% del PIB y en el 2026 es 0.029%, realmente la misma o un poco menor: La más baja de la región. 

En un país que enfrenta sequías e inundaciones recurrentes, donde no hay tratamiento de agua, donde no existe reúso del agua, un país caracterizado por desnutrición crónica infantil, altísima pobreza, vulnerabilidad climática y una economía que depende de remesas, commodities y mano de obra barata, la ciencia y la tecnología deberían ser herramientas de supervivencia y progreso. Sin embargo, como bien señala Alfonso Matta en su reciente artículo “Guatemala y su costo de no investigar” (La Hora, 8 de junio de 2026), seguimos pagando un precio altísimo por nuestra indiferencia colectiva hacia la investigación. Realmente es incapacidad gubernamental de darle prioridad a la investigación científica y tecnológica, así como indiferencia de la mayoría de las universidades, especialmente la San Carlos, de promover la investigación científica y tecnológica. 

Estos rectorcitos corruptos tienen intereses politiqueros, no académicos; así que tienen abandonada a la ciencia y a la tecnología nacional. 

Matta lo resume con crudeza y precisión: Guatemala invierte apenas alrededor del 0.03% del PIB en Investigación y Desarrollo (I+D), una de las cifras más bajas de América Latina —unas 25 veces por debajo del promedio regional—. Esta inversión mínima está sostenida casi exclusivamente por el sector público y las universidades, mientras el sector privado prácticamente brilla por su ausencia. Los dueños de la finca quieren una economía extractiva, repetitiva, por lo que no invierten en innovación en sus monopolios y empresas. 

Hay que aclarar que existen escasos ejemplos de investigación en Guatemala desde la iniciativa privada: CENCICAÑA, el centro de investigaciones tecnológicas para la mejora de la productividad de la caña en Guatemala es una de ellas. De hecho, la caña guatemalteca es un producto muy eficiente que ha introducido innovación tecnológica. Lástima que este centro de investigaciones no estudia los efectos negativos de los monocultivos porque con esa visión miope quiere llenar de caña a todo el territorio, destruyendo toda diversidad biológica y ecológica, no digamos el sobre y mal uso de agua que hacen. 

Otro buen ejemplo era el ICTA, Instituto de Ciencia y tecnología Agricola, era. Aunque ahora de nuevo está realizando investigación tecnológica, esperemos que avancen. Otro buen ejemplo era el INCAP, Instituto de Nutrición de Centro America y Panamá, era. Ojalá este importante instituto pueda volver a brillar, pero esto no parece ser prioridad de la secretaria de Ciencia y tecnología de Guatemala, SENACYT, la Doctora Karin Herrera, que hace poco y lo hace mal, no digamos la burocracia detrás del desfinanciado e impertinente Consejo de Ciencia y Tecnología, CONCYT, que tiene tan poco presupuesto que parece no existir. 

En resumen, en Guatemala no hay científicos en las empresas y casi no se generan patentes locales y seguimos comprando conocimiento extranjero, subsidiando el desarrollo de otros países.

Ciertamente hay muchas universidades que ofrecen programas de ingeniería, decenas de programas. En Guatemala existen más de 40 programas de ingeniería distribuidos entre las diferentes universidades del país, abarcando desde las ramas clásicas (Civil, Industrial) hasta especialidades tecnológicas y ambientales. Sin embargo, tanto los profesores de esos programas de ingeniería como los alumnos en general no crean, no desarrollan, no diseñan nuevos sistemas, nuevos artefactos, nuevas soluciones a los problemas económicos o sociales del país. No son realmente ingenieros, son técnicos, tecnócratas que se especializan en adaptar, reparar y utilizar innovación científica y tecnológica de otros países, esto es, de países que sí hacen ingeniería de verdad y sí desarrollan ciencia y tecnología.

El resultado de no invertir en ciencia, tecnología e innovación es baja competitividad, bajísima productividad, salarios bajos, fuga de cerebros y una desigualdad que se profundiza. Los efectos de esta actitud y cultura de ausencia de investigación científica y tecnológica los analizaré en la siguiente entrega. 

Thursday, June 11, 2026

La educación, su captura y su futuro: Parte 2, formación docente.

 Fernando Cajas.


«Ser maestro es una vocación, un llamado y una formación. No se puede improvisar la sagrada tarea de la enseñanza porque de ella depende el futuro de la humanidad».

En la Parte 1 de esta serie señalé cómo cualquiera cree que puede pararse frente a un aula e “improvisar” una clase. Los resultados están a la vista: en evaluaciones de matemática, apenas uno de cada diez estudiantes guatemaltecos aprueba operaciones básicas. Esa es la factura que pagamos por una formación docente cooptada, improvisada y desvinculada de la investigación seria sobre cómo aprenden realmente los niños y los jóvenes y sobre todo de la investigación empírica sobre formación docente, investigaciones que no parecen entrar al Ministerio de Educación. Ahora, en esta segunda entrega, analizo el reciente Decreto 4-2026, Ley de Escuelas e Institutos Normales con Especialidades, que busca restituir el magisterio en el nivel diversificado.

Hasta el 2012, las Escuelas Normales fueron el corazón de la preparación de maestros en Guatemala. Ofrecían una formación práctica, desde temprana edad, orientada directamente al aula.  Las normales enseñaban en el saber propio de las maestras y los maestros, ese saber que les permite orientar los procesos de formación de los y las estudiantes. Empezaron en la Revolución Liberal, el (INVO), Instituto Normal para Varones de Occidente, en 1871, en Quetzaltenango fue uno de los primeros. Tenía tan buena fama que venían estudiantes del sur de México y de todos los departamentos de Guatemala a formarse. Muchos jóvenes, especialmente del interior del país, se formaron allí y regresaron a sus comunidades a enseñar. Fernando Mollinedo lo ha recordado con claridad aquí en La Hora: aquellas instituciones no solo transmitían conocimientos, sino que forjaban una preparación integral en pedagogía, psicología infantil, didáctica, valores y organización escolar. Formaban maestros autónomos, con criterio propio y sentido de su misión.

La reforma de 2012, impulsada bajo una visión de “profesionalización” universitaria, reemplazó ese modelo por un Bachillerato en Ciencias y Letras con Orientación en Educación, seguido de tres años más en la universidad. El resultado fue previsible y lamentable: disminución drástica del interés juvenil por la docencia, deserción de aspirantes y una percepción de que la formación se había desconectado de las necesidades reales del aula.

Virgilio Álvarez Aragón, en su análisis “La ilegal reforma normalista” publicado en Plaza Pública, advirtió con lucidez y profundidad sobre los riesgos de decisiones tomadas sin diálogo, sin planificación seria y sin medir consecuencias. Denunció cómo el traslado apresurado a las universidades generó caos administrativo, legal y pedagógico, sabatizó la formación docente y no mejoró perceptiblemente la calidad del sistema. Sus reflexiones fueron proféticas: sin bases sólidas, el cambio estructural terminó afectando a los aspirantes a docentes y, sobre todo, a los niños del sistema educativo. Hoy, frente al Decreto 4-2026, sus advertencias cobran nueva vigencia: restaurar las Normales exige mucho más que un cambio normativo; requiere evitar que la politización y el clientelismo vuelvan a capturar el proceso.

Esta nueva ley devuelve al Ministerio de Educación (Mineduc) la rectoría principal de la formación inicial docente. Crea Escuelas e Institutos Normales con Especialidades (públicas, privadas y cooperativas) para preparar maestros en educación inicial, preprimaria, primaria y otras áreas. Sus rasgos principales son:

  • Cuatro años de duración en el nivel diversificado: dos de formación común y dos de especialización.
  • 210 días efectivos de clase al año (30 más que el calendario habitual), lo que fortalece la inmersión práctica.
  • Requisito de ingreso: haber completado la educación básica con al menos 75 puntos; quienes no alcancen podrán hacer un curso propedéutico.
  • Titulación: el Mineduc otorga el título de Maestro de Educación Primaria con la especialidad cursada.

Es un retorno al modelo que Mollinedo celebra como “bienvenido nuevamente”, porque recupera la formación temprana y práctica que tantas generaciones valoraron.

Esta reforma tiene fortalezas evidentes: restituye el magisterio como profesión digna desde el nivel medio, enfatiza la especialización y aumenta el tiempo de formación. Responde, en parte, a la crítica que he venido haciendo en mis artículos previos en La Hora sobre la necesidad de formar docentes que realmente entiendan cómo aprenden los estudiantes, especialmente en áreas críticas como la matemática y las ciencias.

Sin embargo, como advierte la trayectoria de análisis de Virgilio Álvarez Aragón, no basta con cambiar la estructura. Devolver la formación a las Normales no será sencillo: se requiere infraestructura adecuada, formación de los propios formadores, articulación real con universidades (no confrontación) y, sobre todo, un compromiso serio contra la politización y la captura que ha caracterizado al sistema educativo guatemalteco.

Aquí la investigación internacional resulta iluminadora. Deborah Loewenberg Ball, de la Universidad de Michigan, ha dedicado décadas a estudiar qué conocimiento específico necesitan los profesores para enseñar matemáticas con efectividad. En su influyente trabajo junto a Heather Hill y Hyman Bass, Ball define el Mathematical Knowledge for Teaching (MKT) –Conocimiento Matemático para la Enseñanza– como un conocimiento especializado que va más allá del dominio común de los contenidos.

En el artículo “Knowing Mathematics for Teaching: Who Knows Mathematics Well Enough to Teach Third Grade, and How Can We Decide?” (2005), Ball y sus colegas argumentan que los docentes deben poseer un conocimiento que les permita no solo resolver problemas, sino desempaquetar conceptos matemáticos para los estudiantes: comprender por qué funcionan los procedimientos, anticipar errores conceptuales frecuentes, elegir representaciones potentes y responder en tiempo real a las ideas y confusiones infantiles. No se trata de dejar de «tarea» una retahíla de problemas insolubles sin sentido que ni siquiera han sido adaptados a la edad psicológica de los estudiantes. 

Posteriormente, en “Content Knowledge for Teaching: What Makes It Special?” (2008), Ball, Thames y Phelps profundizan en esta distinción: el MKT incluye Conocimiento Especializado del Contenido (Specialized Content Knowledge) y Conocimiento del Contenido y los Estudiantes (Knowledge of Content and Students), elementos que no se adquieren fácilmente en cursos universitarios tradicionales de matemáticas puras. Este conocimiento surge del análisis de la práctica docente real y es clave para mejorar la calidad de la instrucción.

Sin incorporar esta perspectiva basada en evidencia, incluso con cuatro años en las Normales y más días de clase, corremos el riesgo de reproducir las mismas debilidades que explican los bajos resultados actuales en matemáticas.

En mis escritos anteriores sobre educación técnica y formación docente he insistido: sin investigación en didáctica de las disciplinas, sin modelos basados en evidencia y sin evaluación honesta de fortalezas y debilidades del pasado, repetiremos errores. La “captura” de la educación —por intereses políticos, clientelismo o improvisación— sigue siendo el mayor obstáculo. No podemos permitir que esta reforma sea solo un cambio de nombre o un nuevo reparto de plazas.

En el siguiente número sobre este tema analizaré el futuro que merecen los estudiantes de las escuelas guatemaltecas. 

Monday, June 8, 2026

La educación, su captura y su futuro: Parte 1, formación docente.

 Fernando Cajas.


Cualquiera cree que puede ser maestro, que puede ser profesor. La educación es una práctica cotidiana y a cualquiera se le ocurre que se puede parar frente a un grupo de niños, de jóvenes y hasta de adultos a decir lo que en ese momento improvisa. A eso le llama «dar» una clase. Así que hemos llenado las escuelas, los institutos y las universidades con personas que creen que pueden enseñar, que pueden dar clases y que no problematizan su función docente porque nunca se formaron como docentes.

A juzgar por los resultados de las evaluaciones de matemática los que dan clases están mal y los que las reciben están peor. En Guatemala solamente uno de cada diez alumnos aprueba exámenes elementales de matemática, operaciones aritméticas. Realmente, la gran mayoría de los estudiantes guatemaltecos no aprenden matemática en la escuela, pública o privada. Quienes toman este examen son los graduandos, los que han pasado más de diez años tomando cursos de matemática y no aprendieron lo más importante: Sumar, restar, multiplicar y dividir con números naturales y números racionales (fracciones). Seguro que los maestros de estos jóvenes dieron las «clases» pero no fueron capaces de preparar a sus alumnos. Ese es el precio que como sociedad tenemos que pagar por un sistema de educación cooptado, en principio por un rector usurpador cuya universidad se encarga de formar profesores, léase el usurpador a la rectoría de mi Alma Mater: Universidad de San Carlos. 

La falsa creencia de que cualquiera puede ser maestro hay que atacarla. Si alguien sabe sumar, restar o multiplicar no es que sepa enseñar a niños cómo hacerlo. Saber matemática no significa saber enseñar matemática. Y esto es a todo nivel: desde la preprimaria hasta la universidad. Lo peor, es que muchos maestros y profesores ni matemática saben. 

Suponga que usted desea enseñar a un niño de primaria a sumar, multiplicar o dividir fracciones. El contenido matemático escolar hay que adaptarlo psicológica y filosóficamente al nivel del niño (epistemológicamente dicen los investigadores). No solamente es cuestión de ir a «expulsar» en su «clase» un algoritmo que deben memorizar sin entender el significado de las operaciones con las fracciones. No. 

La investigación en aprendizaje de la matemática, matemática educativa, demuestra que los niños aprenden a hacer operaciones con fracciones de manera más efectiva cuando construyen modelos visuales antes de memorizar reglas. Aprender el algoritmo sin comprender el concepto crea conocimientos frágiles, ya que las operaciones con fracciones tienen aspectos contraintuitivos. 

En multiplicación de fracciones, por ejemplo, el producto suele ser menor que los factores, lo que rompe con la intuición de la multiplicación con números naturales. El «maestro» que se para sin preparación alguna frente a un grupo de inocentes niños de diez años y les describe un algoritmo y que no sabe nada sobre investigación en aprendizaje de la matemática y que jamás se formó como docente solo les hará daño, quizá un daño irreversible. De hecho, la gran mayoría le tiene temor a la matemática. Eso se lo debemos a profesores que han sembrado miedo e incapacidad. 

Para que los niños aprendan, ya sea matemática o ciencias, o historia, o aprendan a leer y entender, entonces requieren profesores que se formen bien. La formación docente fue muchos años en las normales del país donde se graduaban todos los profesores de primaria y luego de secundaria. Pero a partir de hace unas tres décadas en el mundo la formación docente se trasladó a nivel universitario, en parte, por las más altas demandas de contenidos cada vez más profundos. También emerge la investigación científica sobre el aprendizaje de las ciencias, la matemática, la historia y la forma en que los niños deben aprender a leer para que comprendan los textos. 

Estas transformaciones de a poco han llegado a Guatemala, pero no entran al Ministerio de Educación donde la formación docente se ha mantenido en la prehistoria, en la «época de piedra» metafóricamente hablando. Se cerraron arbitrariamente las normales sin hacer un estudio profundo sobre sus fortalezas y sus debilidades. Se inventaron que las universidades debían hacer la formación docente y vino la Torre de Babel en la preparación de maestros. Ahora vino este gobierno y de un plumazo, como los otros, les quita a las universidades la formación docente, sin presentar una evaluación de lo hecho. A la fecha no se sabe qué irá a pasar con la formación de los maestros. 

Los maestros, a todo nivel, son esenciales en nuestra formación. Por eso hay que invertir en formarlos y formarlos bien, con modelos de formación comprobados, con investigación científica en aprendizaje y principalmente con programas de formación docente basados en teoría y evidencia. Esto de la primaria hasta la universidad. Todo quien dé clases debe previamente estar capacitado. 

En el próximo número analizaré el estatus de la formación docente en Guatemala, desde la preprimaria hasta la universidad. 

Thursday, June 4, 2026

Nuestra falsa creencia en un sistema de justicia cooptado.

 Fernando Cajas.


Voy de regreso a Quetzaltenango. Parece que he escogido la peor hora del peor día. Son casi las cuatro de la tarde de un fin de mes. Vengo pensando en las partes sustantivas de la reunión y la forma en que vamos a escribir una de las propuestas de investigación más grandes y complejas que hemos escrito en el instituto de investigaciones. Esta será una intervención compleja en el occidente de Guatemala, donde hemos escogido, estadísticamente, más de 40 municipios para mejorar: su gestión de agua, producción de alimentos, mejora de su educación técnica y sus capacidades de venta de productos dentro y fuera de Guatemala. Su presupuesto será mayor que el presupuesto anual de mi universidad cuando de repente siento que un motorista golpea el retrovisor derecho, doblándolo.

Las motos me rebasan por la izquierda, por la derecha, se cruzan en el frente con movimientos aleatorios brownianos que parecen moscas. Casi que me llevo a una moto que se cruza perpendicularmente a mi trayectoria. Mi acompañante exclama: “parecen locos estos suicidas”. Continúa: “El problema es que no hay una ley que les obligue a usar un solo carril”. Eso refleja algo profundo de la sociedad guatemalteca: la creencia de que las leyes son capaces de resolver nuestros problemas sociales.

Esa creencia no solamente es sobre los motoristas y sus locas motos. Creemos que cualquier problema social se resolverá con una ley. En muchas colonias de la ciudad de Guatemala no llega agua sino un par de veces por semana. La solución: “Hay que hacer una ley”. El ministerio de medio ambiente se ha metido en un largo proceso de crear la ley de agua, o de aguas —aún no aclaran si será en singular o en plural—. La creencia es que la ley proveerá agua donde no hay, que a los grandes terratenientes de los monocultivos se les moverá el corazón y con la ley ya ahorrarán agua, pagarán por el agua, ya no desviarán ríos, participarán en la mejora del ciclo social del agua. Es la ley la que nos resolverá el problema.

Hay, entonces, una creencia generalizada de que las leyes resolverán nuestros problemas. Eso es increíble en una sociedad que se especializa en no cumplir las leyes de la cabeza a los pies. Somos esclavos de una falsa creencia en las leyes, en los sistemas legales, en creer que la justicia la dan los jueces, cuando sabemos que no. Muchas de las decisiones legales del sistema de justicia de Guatemala no son justas porque no proveen justicia. Esto no solo es en Guatemala.

El viernes recién pasado, un juez abrió la puerta para que por fin se hiciera justicia ante el más descarado fraude cometido en la Universidad de San Carlos de Guatemala por su propio rector, el destazador de universidades, Walter Mazariegos. Ni siquiera los dictadores militares durante el conflicto armado y antes: ni Jorge Ubico, ni Manuel Estrada Cabrera, ni el propio Justo Rufino Barrios —todos corruptos— fueron tan cínicos como este campeón de la corrupción del Siglo XXI. La alegría de la decisión del juez que le dio un amparo definitivo al grupo de defensa universitaria Dignidad y Rescate Universitario (DIRE) duró un fin de semana porque el lunes la más alta Corte de Guatemala, de forma cínica y arrogante, fue capaz de defender al mismísimo usurpador de la rectoría.

La ley no importa en un país donde el poder económico y político dispone qué es lo bueno y qué es lo malo, qué es lo justo y qué es lo injusto. Los treinta años de guerra civil, donde murieron más de doscientos mil guatemaltecos, no parecen un pago suficiente para tener una sociedad justa. Nos siguen gobernando los corruptos que se apoderaron del sistema de justicia y ahora no se les mueve un músculo de la cara para dictar sus estúpidas órdenes legales, pero injustas.

Como bien lo ha expresado el jurista Gustavo Galindo: La historia de Guatemala no es la de una democratización fallida, sino la de una metamorfosis exitosa del autoritarismo. La transición del Conflicto Armado Interno a la era de la “paz institucional” no desmanteló las estructuras de exclusión; por el contrario, las dotó de una sofisticada arquitectura legal de cooptación. Lo que en el pasado se lograba mediante la eliminación física del opositor, hoy se ejecuta a través de un marco normativo que ha canibalizado el interés público en favor de agendas corporativas y criminales.

Frente a esta realidad de impunidad y cooptación, hay que dejar de lado la estúpida fe ciega en las leyes que denuncia C. L. Skach en su libro: Cómo ser un ciudadano: Seis lecciones para un mundo nuevo de paz. Skach, una de las mayores expertas en derecho constitucional, quien recorrió lugares fracturados por la guerra como Bagdad, llegó a una conclusión dolorosa pero liberadora: «una buena sociedad no se impone desde arriba por más constituciones y leyes que se escriban». Se construye desde abajo, confiando más en las personas que en las normas formales.

Skach desafía nuestra esclavitud mental a la ley y nos propone seis lecciones poderosas para construir “pequeñas sociedades” de dignidad: no seguir ciegamente a los líderes, ejercer nuestros derechos con responsabilidad, frecuentar las plazas y espacios públicos para reconstruir el tejido social, asumir responsabilidad individual ante la injusticia (y no ser meros espectadores), practicar la ayuda mutua cotidiana y rechazar la obediencia ciega cuando la “legalidad” se convierte en herramienta de opresión.

En Guatemala, y especialmente en la tragedia de la Universidad de San Carlos —que he denunciado una y otra vez en estas páginas de La Hora—, vemos la prueba viviente de que las leyes cooptadas no salvan. La Usac es el espejo más cruel del Estado capturado: un fraude electoral descarado, un rector impuesto, una Corte que lo protege. Pero Skach nos enseña que la respuesta no es pedir más leyes ni más amparos que luego son revocados por los mismos corruptos.

La respuesta es dejar de ser espectadores obedientes. Vuelvo y repito: La respuesta es dejar de ser espectadores. Construir, desde los municipios, las comunidades, las aulas y las calles, esas pequeñas sociedades donde la dignidad no se mendiga ante un juez comprado, sino que se ejerce cada día: compartiendo conocimiento, defendiendo la universidad pública, organizándonos sin pedir permiso, ejerciendo responsabilidad ante la injusticia, aunque la “ley” diga lo contrario. Ese es el camino, hagámoslo ahora porque si no es ahora, no será nunca.