Fernando Cajas.
Cada 25 de junio, Guatemala celebra el Día del Maestro en homenaje a María Chinchilla y a miles de educadores que, con vocación y sacrificio, entregan su vida a la más noble de las tareas humanas: La docencia. En 2026, esta fecha nos obliga a una reflexión profunda y honesta: ¿qué significa ser un buen maestro en medio de la crisis educativa estructural, la captura institucional y los desafíos del siglo XXI?
Para mí, un buen maestro o maestra es, ante todo, un guía y humanizador. Es el ser humano que nos acompaña temporalmente para ayudarnos a descubrir quiénes somos, quiénes fuimos y quiénes podemos llegar a ser. No impone sus experiencias ni miedos; nos permite construir nuestro propio camino. Es un artesano de identidades, de las emociones, de las relaciones humanas y del conocimiento entendido como construcción social como pensaba y actuaba mi maestro de matemática Hugo Pineda y mi maestro de sociología Erminio García en el Centro Universitario de Occidente, CUNOC, en 1978.
Ser maestro es una vocación, un llamado y una formación rigurosa. No se puede improvisar la sagrada tarea de la enseñanza, porque de ella depende el futuro de la humanidad. Esta responsabilidad exige un alto rigor ético: no se puede tomar a la ligera ni puede ser reducida a la buena voluntad. Cualquiera no puede pararse frente a un aula e improvisar. Los bajos resultados educativos en Guatemala —donde apenas uno de cada diez estudiantes domina operaciones básicas de matemáticas— son la factura de una formación docente improvisada, cooptada y desvinculada de la investigación seria.
Ser maestro no es una actividad individual, como nos han querido vender las visiones idealistas. Fundamentalmente, es una actividad social que se realiza a través de prácticas sostenidas en el tiempo, contingentes según lo que se enseña. Lo que más condiciona la práctica educativa son las concepciones de aprendizaje que predominan en la comunidad donde el maestro o la maestra trabaja. Históricamente, hemos transitado por diferentes modelos que moldean cómo entendemos el aprendizaje y, por tanto, cómo enseñamos:
El modelo conductista ve el aprendizaje como un reflejo mecánico: enseñar es hablar y aprender es repetir. Su metáfora es el espejo. De allí provienen los dictados interminables, la memorización de tablas de multiplicar sin comprensión y el énfasis excesivo en algoritmos vacíos. Aunque algunos aprendizajes requieren memorización (como un número de teléfono), reducir la educación a esto es limitante y deshumanizador.
El modelo cognitivo representa un avance importante. Su metáfora es el computador: el aprendizaje como conexiones internas. Destacan aquí los mapas conceptuales de Joseph Novak y el Modelo de Cambio Conceptual desarrollado por investigadores como Edward Smith y Charles Anderson (a quienes tuve el honor de tener como profesores en Michigan). Este enfoque estructura el conocimiento escolar, incorpora los errores conceptuales de los estudiantes (misconceptions) —como confundir fuerza con una propiedad intrínseca de los objetos o velocidad con aceleración— y propone secuencias didácticas que generan contradicciones cognitivas para promover una comprensión más profunda.
En esa área el trabajo de Ricardo Cantoral en el CINVESTAV del Instituto Politécnico Nacional, IPN, y de sus colegas en América Latina a través del Comité Latinoamericano de Matemática Educativa, CLAME, es esencial. Al mismo tiempo, el trabajo de Deborah Ball de la Universidad de Michigan resulta iluminador. Ball desarrolla el concepto de Mathematical Knowledge for Teaching (MKT), un conocimiento matemático especializado para la enseñanza que va más allá del dominio común de los contenidos. Permite al docente desempaquetar conceptos, anticipar errores frecuentes, elegir representaciones potentes adaptadas a la edad y capacidad de los alumnos, y responder en tiempo real a sus ideas y confusiones. No se trata de asignar listas interminables de ejercicios mecánicos, sino de construir comprensión real.
Sin embargo, tanto el modelo conductista como el cognitivo tienen límites profundos. El cognitivo, aunque más sofisticado, mantiene una posición idealista que separa el mundo de las ideas del mundo real y social. Por eso, en columnas anteriores como “El aprendizaje es social”, he propuesto y desarrollado el modelo social. En este enfoque, el aprendizaje no es solo un reflejo ni una conexión interna individual, sino una propiedad social: una construcción colectiva mediada por el lenguaje, la cultura, las interacciones y las prácticas comunitarias.
El conocimiento se co-construye en el tejido de las relaciones humanas, en el diálogo y en la praxis compartida. El maestro deja de ser solo transmisor o facilitador cognitivo para convertirse en un actor social que humaniza, acompaña y ayuda a construir identidades en comunidad.
Esta reflexión cobra urgencia dramática en Guatemala. La actual captura de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) por el Pacto de Corruptos es una afrenta directa a los maestros y profesores universitarios, y a todos los maestros de primaria y secundaria que se forman en sus aulas. En condiciones precarias, sin investigación científica seria sobre cómo aprenden realmente las personas —que integre y supere los modelos conductistas, cognitivo y especialmente el social—, se reproduce la improvisación y se condena a generaciones enteras a una educación deshumanizadora.
La Usac, que debería ser el motor de la investigación didáctica, del Pedagogical Content Knowledge (PCK) y de la formación de formadores basada en evidencia, está siendo destazada. Esto afecta toda la cadena educativa del país.
Necesitamos recuperar la autonomía universitaria, reconstruir las Escuelas Normales con rigor, invertir en investigación didáctica de calidad (especialmente en el modelo social) y proteger la formación docente de la politización y el clientelismo. Exijamos mejores maestros y mejores dirigentes educativos y no la escoria de Jovial Acevedo o Walter Mazariegos, símbolos de lo que no debe ser un maestro.
En este Día del Maestro 2026, rendimos homenaje sincero a quienes, pese a las dificultades, humanizan, acompañan y construyen futuro. Pero también hacemos un llamado claro: como sociedad debemos valorar a los docentes, formarlos con seriedad ética y científica, y defender las instituciones públicas que los preparan.
El futuro de Guatemala se forja en las aulas, con maestros reflexivos, éticos y profundamente sociales. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.