Monday, July 27, 2026

Un barco a la deriva: Arévalo.

 Fernando Cajas.

Arévalo no perdió el rumbo: nunca lo tuvo.

Se dice que Bernardo Arévalo perdió el rumbo en sentido metafórico. Una de las metáforas más claras y utilizadas es “tener el norte claro” o “tener la brújula bien orientada”. Esta figura retórica significa que la persona no ha perdido su dirección, mantiene la claridad sobre sus metas y sabe exactamente cuáles son los pasos necesarios para llegar a su destino. La metáfora funciona porque el Norte, históricamente, dirigió a navegantes y exploradores con la estrella polar o la brújula para no perderse en la oscuridad o en el mar abierto. Recuerde, fueron los chinos quienes inventaron la brújula, pero a la fecha pocos saben distinguir el norte geográfico del norte magnético, Arévalo menos.

La brújula interna representa los valores, la determinación y el enfoque mental que actúan como herramienta de navegación personal. Aunque el entorno sea caótico, confuso o lleno de distracciones, el barco no avanza a la deriva porque su rumbo ya está definido de antemano. 

Aplicada a la presidencia de Bernardo Arévalo, la metáfora se desmorona. No es que el presidente haya perdido el norte. Es que nunca lo tuvo. El Plan de Gobierno que presentó en campaña era un documento elegante, lleno de buenas intenciones y promesas de transformación. Pero un plan no es un rumbo. Un rumbo exige decisión, capacidad de sostener el timón cuando sopla la tormenta y disposición a enfrentar a quienes quieren desviar el barco. Arévalo no tiene nada de eso: Ni capacidad, ni rumo, ni liderazgo, ni nada, es un monigote cobarde. 

Arévalo llegó al poder con el apoyo de una ciudadanía que se movilizó para defender su triunfo cuando el Ministerio Público intentó impedirlo. Fue la gente de colonias, pueblos y barrios la que sostuvo la institucionalidad, todos, no digamos los hermanos olvidados por Arévalo de los 48 Cantones.  Él, Arévalo, en cambio, se comportó como un cero a la izquierda: observó, dialogó, esperó y finalmente no hizo nada, nada de nada igual que su mediocre e inútil vicepresidente. 

Arévalo NO defendió a su partido frente a la embestida que terminó por desarticularlo. NO defendió con la misma energía a quienes fueron criminalizados por respaldarlo, a su palomo lo envió al Vaticano sin credenciales para cuidarlo, a los de los 48 Cantones, Chaclan y Pacheco, los dejó abandonados a su suerte. NO enfrentó de frente a la fiscal general que impuso su agenda con comodidad mientras el Ejecutivo miraba. En la Universidad de San Carlos el contraste es elocuente. En campaña, Arévalo denunció con fuerza la cooptación. Una vez en el poder, el silencio se volvió sepulcral ante la continuidad de un rector cuestionado y ante las denuncias de cancelación de matrículas y obstáculos a estudiantes opositores. Es un sepulcro y cuando menciona el problema, tartamudea para no decir nada, igual su vice, un cero a la izquierda. 

El deterioro de la única universidad pública del país es un problema de Estado. El presidente optó por la indiferencia. No se trata de intervención arbitraria; se trata de asumir que la autonomía universitaria no puede convertirse en botín mientras se predica el cambio. Pero, basta mirar para cualquier lado, son una máquina de inútiles el, su vice y sus ministros. 

La infraestructura sigue siendo el ejemplo más visible de la deriva. Las carreteras se deterioran, COVIAL ejecuta a un ritmo paupérrimo, los puertos mantienen retrasos estructurales. Se anuncian “Rutas del Desarrollo” y se inauguran tramos, pero la sensación dominante es de ausencia de una política seria y sostenida. 

En política exterior, su especialidad, se volvieron alfombra de Trump por lo que el país reacciona más de lo que actúa. Los programas sociales, aunque bien intencionados, resultan pequeños frente a la magnitud de la desnutrición crónica, la violencia y el abandono educativo. Se hace poco y lo poco no cambia lo estructural.  Su ministerio estrella, el de educación, apenas logra que el 15% de estudiantes pasen el examen de matemática cuando se gradúan y eso lo muestran cono logro mientras el 85% son analfabetos matemáticos, incluyendo los maestros. Peor aún, la educación técnica la tienen abandonada totalmente, sin talleres, sin formación docente, sin una política, sin nada y responden con la arrogancia que da el poder: «Lo hemos resuelto». De esto no se pueden sentir orgullosos, vergüenza les debería dar. 

Sus otros ministerios andan de mal en peor. En medio ambiente los basureros ilegales ahora abundan más que cuando tomaron posesión, no se hacen plantas de tratamiento de agua, así que nos ahogamos entre heces. No hacen público qué extraen las minas, qué metales preciosos, qué Tierras Raras, cuanto petróleo se produce, nada, sigue siendo un secreto. Y la ley de agua, ya ni sabemos qué paso con ella porque no hay una política de información pública sobre tan importante proceso. 

Esos son los ministerios «buenos», imagínese los otros, el MAGA, el de agricultura industrial, que ni fue capaz de guardar agua para cultivo para esta sequia no digamos guardar la riqueza genética del país- El de Finanzas que nos endeuda cada día más sin razón y sin sentido. Si no fuera por las remesas, este país estuviera como Haití o peor, tierra de presidentes ineptos o entreguistas, homosexuales, inútiles, mentirosos, incapaces y de ganancia bravos. Digo homosexuales no porque sea malo o bueno enamorarse de gente del mismo sexo (genero), como todos nuestros últimos presidentes, inclusive el actual, lo digo en el sentido de estar en el closet y no defender siquiera su verdadera identidad, de lo que Giammattei es un ejemplo, pero el de ahora no se queda atrás. 

Quienes votamos por SEMILLA y sus ineptos diputados —yo lo hice— creímos que su llegada representaba una posibilidad real de empezar a desmontar, aunque fuera parcialmente, el entramado de incapacidad y corrupción que ha capturado al Estado. No, solo vinieron a adaptarse al sistema y a empeorarlo. Ah no, dicen que no los han dejado hacer y el bla, bla, bla. 

No era ingenuidad total: sabíamos de las dificultades del Congreso y del sistema judicial. Pero la esperanza no se destruye únicamente con malas intenciones. También se destruye —y quizá con mayor eficacia— con la incapacidad y la cobardía disfrazada de pragmatismo o la cadena de estupideces que se hacen desde la presidencia y la vicepresidencia ayudados por una primera dama que solo sale cuando hay que gastarse el dinero público en fiestas caras familiares, de ella mejor ni hablar. 

El gobierno de Arévalo ha tenido por enemigo mayor a este mismo gobierno de Arévalo: la falta de decisión, el miedo, la cobardía, la tendencia a ceder espacios y la preferencia por el diálogo eterno sobre la confrontación necesaria cuando el poder capturado no cede. 

Aquí en La Hora Emilio Matta lo ha dicho una y otra vez, pero la lectura no es la fortaleza de este gobierno. Mejor lo resumo por si algún día leen. Este es el argumento de Emilio Matta: han desperdiciado su oportunidad, repito: HAN DESPERDICIADO SU OPORTUNIDAD. Este es el último año efectivo de gobierno; el próximo será electoral. El barco sigue a la deriva no porque la brújula se haya estropeado en medio de la tormenta, sino porque nunca se orientó con firmeza hacia un norte real, realmente Arévalo, su niña exploradora, la Vice, y sus ministros improvisados no tenían plan y desconocían del manejo de la cosa pública. 

Ya sé, el grupito de defensores de Arévalo de oficio, cada vez menor, van a saltar y decirme si leí el plan de gobierno. Si, sí lo leí y lo comenté en este mismo espacio, pero tener un plan escrito no equivale a tener rumbo. Tener discursos de transformación no equivale a ser el capitán que sostiene el timón cuando los vientos soplan en contra. La historia no suele ser benévola con quienes tuvieron la oportunidad de cambiar el rumbo y eligieron no hacerlo: Arévalo y Herrera. ¡Qué pareja de inútiles! 

Guatemala sigue necesitando no solo un presidente que hable de diálogo, sino uno que defina con claridad hacia dónde se dirige el país y esté dispuesto a sostener ese rumbo. Arévalo no perdió el norte. Nunca lo tuvo y previo a su elección nunca supimos que era un timorato, cobarde, entreguista, especialista en escoger a los peores para dirigir los ministerios.  Esa ausencia es, hoy, el dato más claro de su mandato: Incapacidad.


Friday, July 24, 2026

Es Hora de Liberarnos.

 Fernando Cajas.

Es hora de detener a este destazador no solamente de universidades, sino destazador de nuestros sueños, destazador de las ilusiones de los y las alumnas a las que les borró sus expedientes académicos con cinismo, descaro y maldad. 

Lo que del Cid ha llamado con precisión “Terrorismo en la academia” en su columna de esta semana aquí en La Hora no es una metáfora. Es la descripción exacta de una estrategia deliberada. La desaparición de expedientes de al menos cuarenta estudiantes y profesores de las facultades de Ciencias Jurídicas y Sociales, Ciencias de la Comunicación e Historia; las amenazas denunciadas por USAC-DIRE ante el Ministerio Público; la prohibición de ingreso al campus y el hostigamiento sistemático contra quienes se opusieron al fraude electoral constituyen, en conjunto, un aparato de intimidación diseñado para producir miedo, parálisis y silencio. No se trata de errores administrativos.

Se trata de la aplicación consciente del terror como instrumento de gobierno universitario. Este método no es nuevo. Es la versión burocrática y contemporánea de las prácticas que, en los años setenta y ochenta, precedían a las desapariciones forzadas. Hoy no se necesita el escuadrón de la muerte a plena luz del día. Basta con borrar el registro académico, negar el acceso al campus y convertir la crítica en causal de “muerte académica”. 

El resultado es el mismo: el sujeto que se atreve a pensar diferente queda expulsado del futuro institucional.

Para comprender la naturaleza de quién dirige esta operación, resulta útil recurrir a los trabajos de Iñaki Piñuel, especialmente a su libro Mi jefe es un psicópata. Piñuel demuestra que el poder no siempre corrompe a personas sanas: con frecuencia revela y potencia a individuos que ya poseían una estructura psicopática latente. 

El psicópata organizacional se caracteriza por la ausencia de empatía afectiva, la capacidad de manipulación cognitiva, la instrumentalización del miedo y la falta absoluta de remordimiento. Utiliza el acoso psicológico, no como desborde emocional, sino como herramienta de control: aísla a las víctimas, destruye su reputación, genera incertidumbre permanente y convierte el entorno académico en un espacio de amenaza constante. 

Walter Mazariegos exhibe con claridad estos rasgos. No actúa solo. Se rodea de una camada de secuaces que ejecutan las órdenes y de un Consejo Superior Universitario que ha preferido la lealtad servil a la defensa de la autonomía. El terrorismo académico no es un exceso personal; es la expresión de una psicopatía organizacional que ha capturado la rectoría.

Pero el miedo no se produce únicamente desde arriba. Requiere una disposición social que lo reciba y lo amplifique. Aquí entra la teoría de Karen Stenner en su libro: The Authoritarian Dynamic. Stenner sostiene que la predisposición autoritaria –la preferencia por la uniformidad, la obediencia y la supresión de la diferencia– no se manifiesta de manera constante. Se activa cuando las personas perciben una amenaza normativa: cuando creen que el orden, la cohesión o la “unidad” del grupo están en peligro. 

El usurpador y sus aliados han construido precisamente ese relato. Presentan a los estudiantes y profesores opositores como “activistas”, como elementos desestabilizadores, como amenazas a la “normalidad” institucional. Al hacerlo, activan en sectores de la comunidad universitaria –y también fuera de ella– la predisposición autoritaria: el deseo de que alguien “restablezca el orden”, aunque ese orden sea fraudulento y criminal.

La pregunta central, entonces, no es solo cómo denunciar al destazador. Es cómo liberarnos del temor que él y su aparato han instalado como mecanismo de dominio.

La primera condición es reconocer el mecanismo. El miedo deja de ser parálisis cuando se nombra y se analiza. Cuando la comunidad universitaria comprende que la “desaparición” de expedientes, las amenazas y el hostigamiento no son hechos aislados, sino una estrategia de activación autoritaria, el relato del miedo pierde parte de su poder. Stenner muestra que la predisposición autoritaria se atenúa cuando la amenaza normativa se desactiva, es decir, cuando la diferencia y el disenso dejan de presentarse como peligros existenciales y se reivindican como condiciones normales de una universidad viva.

La segunda condición es la acción colectiva. El psicópata organizacional y el autócrata burocrático prosperan en el aislamiento de las víctimas. Cada estudiante cuyo expediente “desaparece”, cada profesor amenazado, cada trabajador hostigado, se vuelve más vulnerable cuando enfrenta solo la maquinaria. La respuesta tiene que ser solidaria, pública y sostenida. Las denuncias ante el Ministerio Público, las acciones de amparo, la documentación sistemática de los abusos y la articulación entre facultades, escuelas y centros regionales no son gestos simbólicos: son la construcción de un contrapeso real al poder usurpado.

La tercera condición es recuperar la praxis universitaria como forma de resistencia. Una universidad no se defiende solo con comunicados. Se defiende ocupando los espacios de pensamiento crítico, manteniendo la libertad de cátedra, aunque se intente cercarla, formando a los estudiantes en el ejercicio de la duda y del desacuerdo, y negándose a aceptar que el silencio es la condición de la supervivencia académica. 

El miedo se enfrenta cuando la comunidad deja de vivir como si el terror fuera la normalidad y comienza a actuar como si la autonomía todavía fuera posible.

La San Carlos no pertenece a Mazariegos ni al Pacto de Corruptos ni a los jueces que miran hacia otro lado. Pertenece a quienes todavía se atreven a pensar, a denunciar y a imaginar un futuro distinto. El destazador de universidades y de sueños solo puede continuar mientras la comunidad acepte el miedo como horizonte. Cuando esa aceptación se rompe, la dictadura universitaria –por más togas y resoluciones amañadas que exhiba– empieza a desmoronarse.

Es hora de liberarnos. Rompamos el miedo, afrontemos a este usurpador. Hagámoslo, pero hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

Friday, July 17, 2026

Terremoto en Quetzaltenango: Una advertencia que no podemos ignorar.

 Fernando Cajas.


Esta mañana, mientras escribía sobre la Universidad de Occidente en el Parque Centroamérica de Quetzaltenango, con la mirada fija en la estatua de Justo Rufino Barrios y todo el daño que le hizo a Guatemala con su Revolución Liberal de 1871, la tierra se sacudió con fuerza. El movimiento me recordó, una vez más, que Quetzaltenango no solo vive de su historia y su cultura: también vive bajo el constante acecho de las fuerzas tectónicas que moldearon esta tierra.

En nuestra tradición, distinguíamos el “temblor” —ese que pasa y se olvida— del “terremoto”, esa palabra grave que anuncia destrucción y obliga a reflexionar. El sismo de este viernes 17 de julio de 2026 pertenece a la segunda categoría. Según datos tuvo una magnitud de 7.4. ¡Fue enorme! Su epicentro se ubicó en la zona de subducción frente a las costas de Guatemala y México, y fue sentido con intensidad en Quetzaltenango y gran parte del occidente del país.

Afortunadamente, los reportes iniciales de la CONRED y la Municipalidad indican daños materiales leves: desprendimientos en el histórico Pasaje Enríquez, fisuras en edificios antiguos, derrumbes menores en la ruta Cito Zarco y crisis nerviosas en algunos centros educativos. No hay víctimas fatales reportadas. Pero este “afortunadamente” no debe tranquilizarnos. Debe alertarnos.

Guatemala yace en una de las regiones más activas del «Cinturón de Fuego» del Pacífico, en la compleja confluencia de las placas de Cocos, Norteamericana y Caribe. Las fallas que nos atraviesan —Motagua, Jalpatagua y tantas otras— son el recordatorio permanente de que vivimos sobre una tierra inquieta. El devastador terremoto de 1976, con magnitud cercana a 7.5-7.6 y decenas de miles de fallecidos, debería haber sido la lección definitiva. Desde entonces avanzamos en ingeniería sismorresistente, normativas y formación técnica. Sin embargo, esos avances lucen frágiles e incompletos frente a la realidad que vemos hoy.

En Zunil, en otros pueblos del occidente y en la misma Quetzaltenango, siguen levantándose edificios de varios pisos sin el menor respeto a las normas antisísmicas (sismo resistentes). Lo mismo ocurre en sectores de la capital como la Zona 16 y la Colonia Santo Rosita, donde la codicia constructora parece más poderosa que la memoria de las víctimas pasadas. Construir ignorando las reglas básicas no es progreso: es una apuesta peligrosa contra la vida de miles de guatemaltecos.

No podemos cambiar nuestra posición geográfica. Lo que sí podemos —y debemos— cambiar es nuestra forma de habitar esta tierra. Exigir el cumplimiento riguroso de las normativas, fortalecer la fiscalización municipal y departamental, y fomentar una verdadera cultura de prevención que llegue a las comunidades más vulnerables ya no es una opción: es una urgencia moral.

En una próxima columna analizaré con mayor profundidad los riesgos concretos que representan construcciones irregulares en la Zona 16 y Santo Rosita. Porque el verdadero terremoto no siempre es el que sacude la tierra, sino el que estamos construyendo con nuestra propia negligencia.

En la próxima entrega analizaré el efecto de la construcción en zonas de riesgo utilizando los tristes ejemplos de la Zona 16 en Guatemala, de la Zona 2 en Quetzaltenango y de los edificios de hasta 8 pisos en los pueblos alrededor de la ciudad de Quetzaltenango. No puede ser que después del terremoto de 1976, después de escuchar las devastadoras consecuencias del reciente doble terremoto de la Guaira, en Caracas Venezuela, sigamos construyendo donde no se debe. Eso lo debemos detener ahora porque si no es ahora, no será nunca y simplemente moriremos soterrados.


Wednesday, July 15, 2026

El aprendizaje de las matemáticas: Parte 4, el drama vivo del aprendizaje.

 Fernando Cajas.

En la Parte 1 de esta serie compartí una visión de los grandes problemas globales con el aprendizaje de la matemática y una posible salida, en la Parte 2 exploré las sólidas visiones del NCTM y del Proyecto 2061 de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), en la Parte 3 abordé lo emocional y afectivo del aprendizaje de las matemáticas. En esta parte exploro mis propias experiencias con el aprendizaje de la matemática y resumo lo que dice la investigación científica sobre su mejora. 

Mi propia experiencia con la matemática nace con el uso natural que mi papá hacía de ellas y modelaba en la vida cotidiana. Mientras con mis bellos hermanos lo acompañábamos temporalmente en su trabajo, debíamos aprender el nombre de herramientas de mecánica para poderlas alcanzar cuando él las pedía. Era algo esporádico, pero todos en la familia recibíamos una especie de alfabetización en mecánica automotriz. 

También aprendíamos de mediciones cotidianas para él, tubo de 3/8 de pulgada, por ejemplo, debía medirse el diámetro con un Vernier. También, de pequeños, en edad de primaria, debíamos con él sumar fracciones, medir, restar, dividir, multiplicar, todo esto en condiciones reales, esto es, por necesidades reales. Papá no podía creer que la gente no pudiera utilizar la cinta métrica para medir y aproximar medidas. No podía creer que sus trabajadores nuevos no podían manejar fracciones, ni sumar, ni restar, menos multiplicar ni dividir. Los primeros días de los nuevos trabajadores y taller de papá eran una escuelita rural. Él le llamaba «párvulos». 

En la escuela de párvulos Cantoral se aprendía a medir, leer, sumar, restar, multiplicar, dividir y explicar. Durante mi infancia y adolescencia fue una época en la que papá tenía varias empresas, en las cuales trabajábamos temporalmente y donde obligatoriamente había que hacer cuentas, realizar inventarios, medir, medir, medir era la práctica cotidiana en los negocios de papá. Tenía una forma peculiar de organizar el inventario de partes de vehículos a través de tres medidas, largo, ancho y altura medida en pulgadas a lo que llamaba el código HC (Horacio Cantoral). Esos datos eran suficientes para ubicar las partes la gran mayoría de veces. 

Esto contrastaba fuertemente con una escuela primaria autoritaria y memorística, especialmente en segundo grado cuando perdí el año por no saber sumar, menos restar. Afortunadamente, mi madre, maestra, me hizo razonar matemáticamente desde pequeño, así como leer y escribir críticamente. La secundaria trajo experiencias mixtas. Me emocionó conocer la Geometría Euclidiana con el profesor Rafael García Salas en tercero básico en el INVO de Quetzaltenango, el más antiguo de los institutos normales del país y la llegada del álgebra no pudo ser mejor que con el profesor Rolando Alecio. Luego, en la universidad, la de San Carlos, Hugo Pineda, en ingeniería del Cunoc en Quetzaltenango, nos hacía razonar y nos mostró una matemática más general. Era el álgebra de los espacios n-dimensionales, los Grupos Booleanos y otras estructuras algebraicas generales que me sacaron del mundo particular de la aritmética. 

La Universidad de San Carlos fue mi despertar matemático realmente y mi despertar social. Andábamos con nuestros libros de matemática, gruesos libros, y nuestros libros de sociología y economía como el de Materialismo Dialéctico de Konstantinov. 

A mi llegada a la Universidad de Panamá, donde estudié Matemática Educativa, con una beca del gobierno alemán manejada por el Consejo Superior Universitario Centroamericano de Universidades Centroamericanas, CSUCA, el primer semestre era de cursos de matemática pura, casi todos. Exceptuando el bello curso de Introducción a la Investigación a la Matemática Educativa con Analida Ardila, excelente docente panameña que venía egresada del Instituto Politécnico Nacional, IPN, también del CINVESTAV. Junto a ella el profesor Omar Oliveros era el genio y la paciencia de la docencia en geometrías euclidianas y no euclidianas. Fue mi despertar en geometría porque de compañero teníamos a German Beitía, un geómetra que nos enseñó a amar la geometría y la amistad, luego vicerrector de la Universidad de Panamá. 

En los estudios de cálculo diferencial e integral, esto es, derivadas e integrales con funciones continuas, algo que había estudiado ampliamente en ingeniería, me admiré que los matemáticos no conciben igual al cálculo, sino que lo hacen desde el análisis. El cálculo de los ingenieros no es el cálculo (análisis) de los matemáticos y eso me lo mostró y demostró por un año Jorge Hernández, entonces recién graduado de Doctor en USA en análisis, fue quien nos introdujo al álgebra de grupos y al cálculo, pero no como el cálculo de ingeniería, sino como análisis a través del libro de Rudin. 

Todos ellos eran matemáticos “puros”, pero primeramente profesores humanistas, ante todo. Estas experiencias personales me han hecho ver con claridad que las matemáticas, cuando se viven con emoción y acompañamiento humano, marcan para siempre.

Las matemáticas no solo se piensan: se sienten. Realmente son prácticas sociales. Generan frustración profunda, ansiedad paralizante y vergüenza cuando no se entienden, pero también alegría intensa, asombro y orgullo cuando se logra comprender. Ignorar esta dimensión emocional condena a muchos estudiantes a odiar la materia o a internalizar la idea de que “no son buenos para las matemáticas”, una herida que marca identidades y trayectorias de vida.

En el aula, el afecto no está encerrado dentro de la cabeza del estudiante: se manifiesta públicamente y circula entre los participantes, transformando las relaciones y el propio aprendizaje. Una alumna que dice “no entiendo” con voz quejumbrosa y golpea el pupitre no solo comunica una dificultad cognitiva: está expresando desesperación que sus compañeros y el docente perciben. Su compañera puede responder con compasión y ayuda. Este drama afectivo es el verdadero motor –o el principal freno– del aprendizaje.

En el Comité Latinoamericano de Matemática Educativa (CLAME) se ha desarrollado una mirada integral sobre el aprendizaje de la matemática durante décadas. A través de la Reunión Latinoamericana de Matemática Educativa (RELME) y la Revista Latinoamericana de Investigación en Matemática Educativa (RELIME), se comparten experiencias donde el aspecto emocional es central: las emociones de un docente al ver que sus estudiantes por fin “sienten” las matemáticas, o la emoción colectiva cuando un problema contextual se resuelve.

En resumen, la investigación en aprendizaje de la matemática ha insistido consistentemente en que las matemáticas se aprenden mejor cuando:

  • Se abordan mediante la resolución de problemas significativos y contextualizados que tocan las fibras emocionales de los estudiantes.
  • Se trabaja en comunidades de aulas seguras, donde el error no genere vergüenza, sino que sea ocasión de apoyo y crecimiento emocional.
  • Los docentes actúan como facilitadores reflexivos, formados no solo en contenidos, sino en el manejo sensible de las emociones que despierta la matemática.
  • No se utiliza como herramienta de represión ni de violencia simbólica.

Para avanzar en Guatemala y América Latina, proponemos reformar la formación docente incorporando la psicología holística de Roth y Walshaw junto con los principios de CLAME, NCTM y AAAS. Esto significa actualizar los currículos para que las matemáticas se integren con contextos locales y problemas reales, cultivando al mismo tiempo alegría, curiosidad y sentido de pertenencia.

Nada de esto podrá hacerse sin fortalecer la investigación y el intercambio regional a través de RELME y RELIME, ni sin universidades autónomas y comprometidas. Hay que implementar programas de desarrollo profesional continuo para maestros en servicio, con acompañamiento en aula que atienda también las emociones de los docentes: su frustración, su cansancio, pero también su pasión renovada cuando ven brillar los ojos de sus estudiantes. Quienes no se emocionan con los aprendizajes de sus estudiantes no son maestros, son otra cosa, pero no maestros. 


Friday, July 10, 2026

Arévalo: el “psicótico inverso”, la inacción y el desencanto democrático.


Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática en la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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La actitud del presidente Bernardo Arévalo ante la captura de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) revela un patrón psicológico y político de gran preocupación. Los trabajos del psiquiatra y psicólogo español Iñaki Piñuel, especialmente en Mi jefe es un psicópata y Amor Zero, ofrecen un marco revelador. Piñuel describe al psicópata organizacional de “guante blanco” como un depredador sutil que conquista el poder mediante manipulación, simulación de empatía y destrucción sistemática de la institución, transformándola en un feudo personal donde la lealtad ciega reemplaza la excelencia.

Walter Mazariegos encarna con claridad este perfil. En contraste, Bernardo Arévalo representa la figura complementaria que Piñuel denomina “psicótico inverso” o facilitador pasivo: un líder cuya evitación patológica del conflicto, miedo a la confrontación y posible narcisismo vulnerable terminan legitimando y consolidando al psicópata activo. Lejos de confrontarlo, el “psicótico inverso” habilita la captura mediante inacción, silencio cómplice y, en ocasiones, uso selectivo de la fuerza pública contra quienes sí resisten.

Esta dinámica dual –psicópata activo y psicótico inverso– no es solo un diagnóstico individual. Diversos autores en psicología organizacional y psicopatología del poder (como los estudios de Robert Hare sobre psicopatía y trabajos sobre liderazgo tóxico de autores como Manfred Kets de Vries) coinciden en que esta pareja destructiva genera climas de miedo, división y ausencia de pensamiento crítico, destruyendo desde dentro las organizaciones y, por extensión, las instituciones democráticas. Ojalá los colegas de la lastimada y usurpada Escuela de Ciencias Psicológicas de nuestra universidad, la Usac, pudieran confirmar o refutar esta hipótesis. 

La naturaleza del psicótico inverso en Arévalo se refleja en una administración presidencial ineficiente, incapaz en todo. Incapaz en: ejecutar obras, en medio ambiente, en educación, en relaciones internacionales, en salud no digamos en infraestructura. Es un gobierno de incapaces en todo. Son autodenominados honestos, pero incompetentes, lo que casi da lo mismo que los anteriores corruptos.  Para muestra un botón. 

Al cierre del primer semestre de 2026, el Ministerio de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda (CIV) reportó una ejecución presupuestaria de apenas el 23% de su presupuesto. Las carreteras principales del país están en mal estado y las rutas clave abandonadas y un rezago en infraestructura que obliga al sector privado a suplir las funciones del Estado. Los puertos son un hazme reír del mundo. Las colas de los barcos no son desarrollo (Raúl Barrera), son como repetidamente lo ha denunciado Emilio Matta aquí en La Hora, por ejemplo, el 29 de abril de 2026: «No dan con la tecla del Puerto Quetzal», son incapacidad. Bueno, creo que no leen nuestras columnas y ni las de nadie. La lectura no parece ser una capacidad del Ejecutivo de Arévalo ni de su niña exploradora que se especializa en lo superficial, no digamos la esposa, la primera dama que solamente aparece cuando mal usa el presupuesto estatal en alguna que otra fiestecita de lujo.  

Esto ilustra la parálisis y la incapacidad más ampliamente. Pero es en la Usac donde el daño resulta más profundo y simbólico. El daño que ha cometido el usurpador y de quienes miran a otro lado, se hacen los ciegos, los mudos y los sordos, hablo particularmente de Bernardo Arévalo y Karin Herrera. 

Bernardo Arévalo no ha defendido con determinación la autonomía universitaria –pilar histórico de la resistencia democrática guatemalteca–. Mientras defensores del cambio enfrentan judicialización, exilio o prisión, su distancia ha facilitado la consolidación de Mazariegos. Este último, además, tuvo el atrevimiento de fundar una universidad privada con el nombre del padre de Arévalo, Juan José Arévalo. El diputado José Chic ha denunciado en diferentes medios de comunicación que dicha universidad utiliza fondos estatales para su funcionamiento. Esto, de ser verdad, sería el colmo de la corrupción y del silencio de Bernardo Arévalo que ni la memoria de su señor padre ha podido defender. 

Este fenómeno guarda paralelismos inquietantes con el análisis de Anne Applebaum en su importante libro: El ocaso de la democracia (Twilight of Democracy). Applebaum explica cómo intelectuales, élites y líderes democráticos terminan traicionando los principios que alguna vez defendieron, ya sea por oportunismo, resentimiento, seducción del autoritarismo o, simplemente, por debilidad ante el conflicto. 

En el caso guatemalteco, la combinación del psicópata organizacional (Mazariegos) y el psicótico inverso (Arévalo) acelera el ocaso democrático: se captura una universidad pública emblemática, se erosiona la autonomía, se sustituye la meritocracia por la lealtad personal y se debilita uno de los últimos contrapesos institucionales frente al “Pacto de Corruptos”. En ese sentido, la traición de Arévalo y Herrera no es solo política; es moral e intelectual. Resulta especialmente dolorosa viniendo del hijo de un intelectual que simbolizó esperanza democrática. La Usac, nuestra Universidad, que resistió dictaduras y represiones, hoy es debilitada desde dentro por esta dupla destructiva.

En varias columnas anteriores advertí, mediante recursos narrativos, sobre esta deriva. La realidad ha superado la ficción. El desencanto de los guatemaltecos es profundo en un país que anhelaba un verdadero cambio tras décadas de corrupción y autoritarismo.

¿Qué diría hoy Juan José Arévalo? 

Hipotéticamente, el padre del presidente, Juan José Arévalo Bermejo, observaría con profundo dolor los errores, miedos e incapacidades de su hijo. Él, que escribió La Fábula del Tiburón y las Sardinas para denunciar cómo las grandes potencias devoran a las naciones pequeñas, vería ahora con tristeza cómo su propio hijo, en lugar de defender a las “sardinas” (el pueblo, la universidad pública y las instituciones democráticas), ha optado por la inacción y el temor al tiburón. En esta versión trágica de su propia fábula, el tiburón no solo es externo: ha encontrado aliados internos. 

El legado de dignidad, soberanía y defensa de los débiles que Juan José Arévalo encarnó se ve comprometido por la parálisis y el silencio de quien debería haberlo continuado con valentía.

Guatemala merece mucho más. Nosotros merecemos mucho más. La defensa de la democracia exige confrontar con claridad estos mecanismos psicológicos e institucionales de captura, esto es mecanismos psicosociales. Ojalá que los sociólogos, economistas, auditores, historiadores, psicólogos y psiquiatras de nuestra Usac analicen este fenómeno. Lo cierto es que para mejorar a Guatemala no basta con cambiar personas; es necesario transformar estructuras y recuperar la praxis –esa unidad de reflexión y acción– capaz de modificar tanto la realidad objetiva como la conciencia colectiva, según Althusser. 

El ocaso no es inevitable. Reaccionar ahora, con unidad, evidencia y propuestas concretas, sigue siendo posible y urgente. El momento es hoy. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

Wednesday, July 8, 2026

La emergencia de Quetzaltenango: de Tecún Umán a Huitzitzil Tzunún.

 Fernando Cajas.


Escribo desde Zunil, uno de los bastiones del pueblo (quiché) k’iche’. Cada vez que regreso a estas montañas escucho nuevamente la voz de papá, quien cada mañana iniciaba el día con un grito que todavía resuena en mi memoria: «¡Arriba Tecún valiente, no temáis al enemigo, recordad que estoy contigo, que soy Huitzitzil Tzunún!».

Durante muchos años pensé que aquel grito pertenecía únicamente a la tradición familiar. Hoy comprendo que era parte de una memoria colectiva mucho más profunda, una memoria que sobrevivió cinco siglos y que quedó plasmada en uno de los documentos indígenas más importantes para comprender la historia del occidente de Guatemala: el Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún, transcrito y estudiado por Francis Gall a partir del manuscrito conservado en la Biblioteca Newberry de Chicago.

La historia no se construye con una sola voz. Se construye dialogando entre memorias, documentos y evidencias. Por eso el Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún posee un valor extraordinario. No porque constituya una verdad absoluta, sino porque nos permite escuchar la versión de los propios principales k’iche’ apenas cuarenta y tres años después de la llegada de los españoles. Es una memoria política, histórica y territorial escrita desde quienes vivieron las consecuencias de la conquista.

Francis Gall abordó este documento con el rigor que exige toda investigación histórica. Reconoció su enorme valor, pero también advirtió que la tradición oral había fusionado acontecimientos ocurridos en distintos momentos, particularmente las campañas militares de 1524 con la rendición definitiva del altiplano occidental en 1529. Esa observación no disminuye la importancia del manuscrito; por el contrario, nos enseña cómo funciona la memoria de los pueblos. La memoria no es una cronología perfecta. Conserva aquello que una comunidad considera esencial para explicar su origen, su identidad y su continuidad histórica.

En ese diálogo entre memoria e historia emerge con claridad la figura de Huitzitzil Tzunún. Mientras la tradición nacional convirtió a Tecún Umán en el gran símbolo de la resistencia indígena, el Título rescata a Huitzitzil Tzunún como uno de sus principales capitanes y cabeza de uno de los calpules de Quetzaltenango. Los calpules eran comunidades autónomas que funcionaban como barrios, cantones o parcialidades dentro de los grandes señoríos. Según este documento, acompañó a Tecún Umán durante la campaña contra las tropas de Pedro de Alvarado y, tras la muerte del capitán k’iche’, desempeñó un papel decisivo en la reorganización y protección de su pueblo bajo las nuevas condiciones impuestas por la conquista.

Esta es la versión que conserva el Título. Las cartas de Pedro de Alvarado no mencionan a Huitzitzil Tzunún. Tampoco aparece en la crónica de Bernal Díaz del Castillo. Sin embargo, esas fuentes españolas coinciden con el documento indígena en aspectos fundamentales del recorrido militar hacia Quetzaltenango, el paso por la región de Palajunoj y la importancia estratégica de Olintepeque durante los años posteriores. Precisamente es en el diálogo entre fuentes, y no en la aceptación acrítica de una sola de ellas, donde se fortalece el conocimiento histórico.

El Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún fue elaborado, además, para legitimar los derechos políticos y territoriales de don Martín Velásquez, descendiente del linaje de Huitzitzil Tzunún y Ajpop de su calpul, entendiéndose Ajpop como el título de gobernante. Es, al mismo tiempo, memoria histórica y documento jurídico. Defiende tierras, linajes y autoridad política. Esa doble naturaleza explica que exalte las virtudes de sus protagonistas y presente a Huitzitzil como un líder valiente, prudente y capaz de garantizar la continuidad de su comunidad después de la guerra.

Algo semejante ocurre con la figura de Tecún Umán. El Título conserva episodios cargados de simbolismo: el guerrero que vuela como quetzal, las tres coronas, el caballo decapitado y la muerte en los Llanos del Pinal. Discutir si esos acontecimientos ocurrieron exactamente como fueron narrados puede resultar menos importante que comprender su significado cultural: La Conquista. Los pueblos construyen sus héroes mediante símbolos. Así lo hicieron los griegos con Aquiles y los guatemaltecos con Tecún Umán. El símbolo no reemplaza a la historia; expresa los valores que una sociedad considera dignos de ser transmitidos de generación en generación.

Sin embargo, quizá la enseñanza más profunda del Título aparece después de la batalla. La resistencia no terminó con la muerte de Tecún Umán. Continuó mediante la preservación de los calpules, la reorganización de las comunidades, la defensa del territorio, la transmisión de la memoria y la capacidad de reconstruir la vida colectiva. Huitzitzil Tzunún simboliza precisamente esa otra forma de valentía: la de quienes, después de la derrota militar, hicieron posible la supervivencia de su pueblo.

Aquí es importante aclarar que, hace años ya, a mi primera lectura del Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún percibí una traición de parte de quien en mi infancia había sido el amigo cercano, el compañero de batalla de Tecún Umán: Huitizil Tzunúm. Con el tiempo empecé a entender que la transición de Hutizil Tzunúm a Martín Velásquez, era parte del proceso de mestizaje que ha construido a la nueva Guatemala que en el Siglo XVI aún no existía como tal. 

Esta lectura también dialoga con uno de los aportes intelectuales más sugerentes de Mario Roberto Morales. En La articulación de las diferencias nos recuerda que Guatemala nunca ha sido una sociedad homogénea. Su riqueza histórica proviene precisamente del encuentro, muchas veces conflictivo, entre pueblos, culturas, lenguas e identidades diversas. Comprender esa complejidad exige abandonar las explicaciones simples y reconocer que nuestra historia siempre ha sido el resultado de múltiples voces que se confrontan, dialogan y terminan construyendo nuevas formas de convivencia.

Desde esa perspectiva adquiere especial sentido su reflexión sobre el llamado «síndrome de Maximón»: la permanente tentación de buscar un héroe absoluto o un caudillo providencial que resuelva por sí solo las profundas contradicciones del país. Esa búsqueda termina empobreciendo la historia porque invisibiliza a las comunidades, las instituciones y los procesos colectivos que hacen posible la continuidad de una nación. El propio Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún propone una enseñanza diferente. Junto al heroísmo de Tecún Umán aparece la prudencia política de Huitzitzil Tzunún; junto al liderazgo individual emergen los calpules, los linajes y la organización comunitaria. No existe un único protagonista. Existe un pueblo entero que encuentra distintas formas de resistir, adaptarse y reconstruirse.

Porque entre estas montañas comprendí que la historia no pertenece únicamente a los archivos. Vive en las palabras de nuestros padres, en las tradiciones de nuestras comunidades, en los documentos que sobrevivieron al tiempo y en la investigación crítica que permite distinguir, sin enfrentarlas, la memoria, el símbolo y la historia.

Quetzaltenango no es únicamente el territorio donde cayó Tecún Umán. Es también el pueblo que decidió vivir y no solo sobrevivir. Quizá esa sea la lección más profunda que nos lega el Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún: las naciones no se sostienen únicamente sobre las hazañas de sus grandes héroes, sino sobre la capacidad de sus pueblos para preservar la dignidad, articular sus diferencias, convertir la memoria en conocimiento y hacer de su diversidad la fuerza con la que construyen el futuro.

Friday, July 3, 2026

El recurso del miedo: El lastre de la inacción.

 Fernando Cajas.


La consolidación del segundo período rectoral de Walter Mazariegos en la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac), mediante procesos electorales fraudulentos y en medio de recursos judiciales que la Corte de Constitucionalidad (CC) anula sistemáticamente para proteger al destazador de universidades, ha evidenciado una marcada inacción del profesorado sancarlista. Esta parálisis, caracterizada por el temor y la ausencia de pronunciamientos públicos colectivos, menos individuales, no representa un fenómeno coyuntural, sino que se enraíza en una crisis estructural de larga data de la institución.

Hoy he revisado varios artículos míos y de colegas sobre el porqué los docentes –y ni qué decir de los pocos investigadores– no dicen ni pío ante la captura de la Universidad Pública. En mi serie La perpetua crisis de la Usac (2026), publicada en La Hora, he descrito esta crisis como una expresión concentrada de la crisis del Estado guatemalteco, marcada por patrones de captura institucional, normalización de la corrupción y uso patrimonial del poder.

Esta cooptación no es accidental, sino el resultado de un diseño institucional obsoleto que convirtió a la universidad –con su rol en la integración de órganos de justicia– en un botín político apetecible.

En mi columna Crisis universitaria (2025), documento episodios concretos de control autoritario, como la visita del usurpador del cargo de rector a campus regionales, acompañado de guardaespaldas armados, desalojos de estudiantes y restricciones a la prensa, violando principios básicos de autonomía y libertad de expresión. Estos eventos ilustran cómo la institución ha sido permeada por lógicas de poder que priorizan el control sobre la misión académica. Ni que decir sobre el ataque a los estudiantes y profesores en resistencia que se opusieron al primer fraude de 2022. 

En columnas anteriores sobre la primera pseudoelección del pseudorrector, he señalado cómo la captura de la Usac forma parte de un patrón más amplio de erosión institucional, en el que la universidad pública ha perdido progresivamente su capacidad de innovación, investigación y crítica social. La “eterna crisis” no es solo interna, sino reflejo de desigualdades estructurales y legados históricos de exclusión que facilitan la cooptación.

Para profundizar en las raíces de la inacción de los docentes sancarlistas, es importante revisar el marco de análisis de Carlos Figueroa Ibarra en su libro El recurso del miedo: Estado y terror en Guatemala. Figueroa Ibarra argumenta que, tras el golpe de 1954, el terror estatal se constituyó como un mecanismo estructural de gobernabilidad, generando un consenso pasivo y desarticulando resistencias a través del miedo internalizado.

En el caso universitario, este legado se manifiesta en formas contemporáneas: temor a represalias, aislamiento profesional y una cultura de silencio que inhibe la agencia colectiva. La parálisis del profesorado es, en este sentido, un síntoma de la persistencia de ese “recurso del miedo” en la vida institucional.

Esto ha producido, por diseño, la ausencia de pensamiento crítico en la Usac, lo que le impide cumplir sus funciones constitucionales (formación, investigación, difusión cultural y solución de los problemas nacionales). Una universidad que “deja de pensar” reproduce estructuras de exclusión y forma profesionales acríticos, perpetuando el ciclo de captura. En este punto, los argumentos de Mariano González en su columna “El fracaso de Walter Mazariegos” (Plaza Pública, 30 de junio), resultan fundamentales.

Sin embargo, este diagnóstico histórico y estructural no implica fatalismo. Debemos impulsar una reforma profunda de la gobernanza universitaria: superar el monopolio institucional, introducir mecanismos de rendición de cuentas, evaluar la eficiencia terminal y la calidad, y priorizar la autonomía académica sobre el control político. Cada uno de estos elementos debe desarrollarse en grupos de trabajo que replanteen un nuevo sistema de educación superior para Guatemala, despolitizado y resistente a futuras capturas por parte de mafias.

El cambio no vendrá exclusivamente desde adentro –donde predominan el silencio y la manipulación–, sino que requiere un impulso decidido desde la sociedad civil, las autoridades y una redefinición del rol de la educación superior. Tenemos una responsabilidad ética y epistémica: transitar del temor heredado a la reconstrucción de espacios de debate plural, al apoyo de las resistencias estudiantiles y a la defensa de la universidad como bien público.

La coyuntura actual en la Usac constituye un momento crítico para la educación superior guatemalteca. Debemos superar esta parálisis no solo con diagnósticos rigurosos, sino con acción colectiva informada que restaure la vocación crítica y transformadora de la universidad pública. Hagámoslo guatemaltecos. Salvemos a nuestra Universidad Pública. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.