Sunday, August 30, 2026

La vida y la muerte.

 Fernando Cajas.

«Dejad que los muertos entierren a sus muertos». Mateo 9:22

A la muerte de un ser querido nos resistimos a pensar que sea cierto. Al confirmar su muerte, siempre pensamos o al menos sentimos que tenía más que dar. A la muerte de mi papá, Horacio Cajas Cantoral, un pedazo mío murió. A la muerte de Ricardo Cantoral, mi primo hermano mexicano, otro pedazo mío se fue junto con la ilusión de conformar un verdadero movimiento de aprendizaje de la matemática en América Latina. A la muerte de mi sobrino Luis Alfredo Ramírez García ayer en Quetzaltenango, otro pedazo mío se fue en el alma de un joven que siempre pudo dar más con ese noble, pero débil, corazón. 

La vida desde que emerge en la primera célula tras la unión sistémica de aminoácidos, azúcares, bases nitrogenadas y ácidos grasos tras descargas eléctricas en una atmósfera reductora siempre ha sido un producto emergente inestable. Hoy los científicos añaden otras fuentes a esa vida: micro relámpagos en gotas de agua, química en respiraderos, radiación UV, y aporte de meteoritos y cometas. Sí, igual que el agua: Aporte de meteoritos y cometas. Como he descrito en otras entradas aquí en La Hora, la vida solamente fue posible por el agua, pero también por la luna, el gran mezclador de los océanos. 

Sin embargo, desde que la vida es vida emerge la muerte. Si la vida emerge como organización, cuando esa organización se pierde de forma irreversible viene la muerte. La vida es una cara de la misma moneda donde está la muerte. Pero hay muchos tipos de muerte como muchos tipos hay de monedas. 

La muerte biológica en sentido estricto (celular o molecular) se da, dicen los biólogos, cuando las células ya no metabolizan, no reparan membranas ni mantienen diferencias de concentración de iones. Dejamos de respirar. Pero la muerte humana es mucho más que la ausencia de signos vitales. Nadie con un sistema nervioso central, cerebro, ve la muerte en bruto, ni siquiera los elefantes que tienen rituales de entierros en cementerios. O la muerte de una persona llorada por su perro no digamos sus parientes y sus amigos. Para nosotros los humanos la muerte tiene un profundo significado.

A la muerte le tememos, a la muerte le huimos, pero también a la muerte la nombramos. En las sociedades humanas a la muerte se la ritualiza, se la esconde o se la expone. Lo que cuenta como muerte, el último aliento, el duelo cumplido, el nombre que deja de pronunciarse, es una reconstrucción colectiva. En esta línea, la muerte no es solo biología: es una práctica social. En comunidad nacer es parte de una práctica social como lo es morir. Los vivos producen el significado del muerto –memoria, olvido, culto, archivo y silencio como dice la entrada principal del cementerio de la ciudad de Quetzaltenango: La vida de los muertos está en la memoria de los vivos, también atribuida a Cicerón.  

Durkheim, el padre de la sociología lo dijo sin atajos. La sociedad no es la suma de individuos; es un orden de representaciones y de obligaciones que preexiste a cada uno y le sobrevive. Cuando muere un miembro, no se pierde solo una vida privada: se rasga el tejido de expectativas recíprocas. El duelo no brota como un dato natural del corazón. Es, en buena medida, una obligación social normada para una práctica social. Hay formas correctas e incorrectas de llorar, plazos, vestimentas, visitas, novenarios y silencios. Quien no cumple esa gramática no solo “no siente”: queda mal con el grupo. Por eso es que hasta nuestra propia muerte está condicionada socialmente. 

En el fondo la muerte no solamente rompe con la vida sino también pone en peligro la continuidad de lo cotidiano. Así, el cadáver se vuelve objeto separado, cargado de reglas, porque la muerte y su duelo están mediados por prácticas sociales locales como lo están el trabajo, la escuela y la conversación. Morir, para Durkheim, es un hecho social como lo es para mí. Pero, ¿Quién le explica eso a una madre que llora la repentina partida de su hijo?

Anthony Giddens lleva el mismo problema al mundo que habitamos. En la modernidad tardía la muerte no desaparece: se secuestra. Sale de la casa y entra al hospital, a la funeraria, al experto y a la unidad de cuidados intensivos. El moribundo deja de estar entre los suyos y pasa a ser caso de un sistema abstracto: protocolos, máquinas, certificación de muerte encefálica y formularios. Ese secuestro protege lo que Giddens llama seguridad ontológica. En la modernidad tratamos de tener confianza en el mundo de mañana y por eso en muchas culturas la escondemos. Recuerdo cuando Ricardo, Ricardo Cantoral mi primo, trajo las cenizas de mi tío Ramiro Humberto a Guatemala, pues residía en México y fuimos a dejar sus cenizas al río Xequijel y yo intenté hacer pública su muerte más allá de la familia y me dijo: «No mijo, ese dolor es nuestro, de familia».

En el siguiente número analizaré el significado de la seguridad ontológica que la muerte pone en peligro con los sentimientos asociados vistos como elementos de prácticas sociales locales, contextuales y siempre contingentes. 

Friday, August 28, 2026

Mazariegos no es rector, es un usurpador.

 Fernando Cajas.

La corrupción no es solo el robo de un funcionario, es mucho más. Se reproduce porque el interés particular se impone sobre el interés colectivo y, con el tiempo, la sociedad se acostumbra porque deja de indignarse y pierde el alma. Eso es lo que está ocurriendo en la Universidad de San Carlos de Guatemala.

José Luis Hernández Mota, en su análisis sobre normalización, incentivos y reciprocidad, explica con claridad el mecanismo: cuando la impunidad se vuelve habitual, las prácticas irregulares dejan de parecer excepcionales y se convierten en “lo que se hace”. El poder busca, además, adormecer la preocupación ciudadana. Los corruptos minimizan, niegan o maquillan lo que es visible. El resultado es una cultura de la corrupción que se sostiene no solo por el cálculo del beneficio, sino también por redes de reciprocidad: lealtades, favores, gratitud y compromiso entre quienes participan.

Eso es exactamente lo que vemos en la Universidad de San Carlos, otrora autónoma, otrora libre. Aunque el usurpador quiera fingir que todo está bien y compre acreditadoras de mala muerte que no documentan la mala calidad de la vida académica de la San Carlos, aunque haga actos de toma de posesión, aunque dé órdenes para no pagar el bono 14 a profesores que levantan su voz, aunque borre ilegalmente el registro académico de estudiantes honestos, Mazariegos no es rector. 

Walter Mazariegos no es rector de la Universidad de San Carlos de Guatemala, es un usurpador. Aunque Mazariegos se vista de seda, mono se queda. Aunque ponga a sus esclavos a escribir artículos académicos con su nombre, Mazariegos no es científico, es simplemente un usurpador. Como dice el dicho: Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Digan lo que digan sus súbditos, digan lo que digan los anuncios pagados, sus intentos estúpidos de normalizar su segundo fraude electoral: Mazariegos no es rector y punto. 

Esa verdad simple se intenta borrar todos los días. Se busca que la sociedad se acostumbre, que deje de indignarse y que acepte como “normal” lo que nació de un fraude. Eso es exactamente lo que describe José Luis Hernández Mota cuando habla de la normalización de la corrupción en América Latina: un dilema social en el que el interés particular se impone sobre el colectivo, la impunidad se vuelve costumbre y las redes de lealtad, favores y gratitud sostienen lo ilegítimo hasta que deja de parecer escandaloso.

Walter del Cid lo ha documentado con claridad en estas mismas páginas a la usurpación y al usurpador. En su columna del 11 de agosto mostró cómo se pretende “normalizar” las irregularidades: el video, la justificación jurídica falsa, la inauguración de una sede de Humanidades en Escuintla con el nombre del usurpador y el sello francés de mala calidad institucional, acreditadora que no es capaz de decir el hecho más elemental de un campus cerrado a los estudiantes para sostener un fraude. 

Todo lo que hace Mazariegos es falso y es corrupto y eso le funciona como ritual de legitimación. Se busca que la gente se acostumbre. Hernández Mota explica el mecanismo: cuando la impunidad se vuelve habitual, la sociedad pierde la alarma. 

Hace falta un cambio profundo en la forma en que escogemos altas cortes para no volver a incluir a las universidades en ese proceso. Ese fue el incentivo perverso que al final vino y destruyó la San Carlos. Es por eso que al frente de la Usac no tenemos a un académico honesto, tenemos a un politiquero perverso. 

Sin embargo, las reformas institucionales solas no bastan. América Latina está llena de leyes anticorrupción y de organismos de control que no detienen el fenómeno. Hernández Mota lo demuestra: muchas veces las reformas se centran en cambiar la percepción más que la realidad. Lo que realmente puede romper la inercia es la acción colectiva basada en confianza e integridad ciudadana. Mientras exista una voz capaz de señalar la contradicción entre el discurso oficial y la realidad de una universidad cooptada, la usurpación no habrá ganado del todo. 

Por eso: No olvidemos, Mazariegos no es rector, es un usurpador. Y mientras lo recordemos y actuemos en consecuencia, la normalización del fraude en la Universidad Nacional permanecerá incompleta y abierta a la transformación.

Friday, August 21, 2026

Amor, amistad y soledad: Parte 1.

 Fernando Cajas.

El amor se presenta en una y ocho mil millones de formas. El amor entre humanos es, fundamentalmente, una práctica social mediada por la cultura del momento. El amor ágape —amor de amistad, amor basado en principios— es la capacidad humana de conectarse, de encontrarse, de complementarse, de construirse y de apoyarse sin caer en el idealismo de la perfección.

Eso lo escribí hace casi un año aquí en La Hora. Hoy lo repito porque los números confirman lo que ya se sentía: la amistad se está desmoronando y el mercado se apresura a venderla como lujo. Las redes sociales en general fingen amistades y el tiempo en nuestros celulares aumenta para quitarle el tiempo a la amistad de antes. Sí, la amistad parece algo de antes. 

En efecto, yo que nací en la década de 1960, con una infancia en escuelas públicas, recuerdo con claridad a mis amigos. Entonces, en la Colonia Molina de Quetzaltenango, justo a las faldas de una montaña llamada Baúl en frente de un campo lleno de viejos pinos y cipreses, que fueron los territorios de exploración y el espacio para hacer amigos. No había soledad, no había tiempo para eso. Los días eran muy cortos. Luego en la secundaria y el bachillerato en el INVO de Quetzaltenango, fue de las épocas más hermosas de mi vida, fue el despertar matemático y la amistad alrededor de las pocas tareas escolares y muchas tareas sociales que nos autoimponíamos. Fue la llegada del amor romántico y de las confidencias, fue el despertar en todo. No había tiempo para la soledad. 

Ya luego la universidad, si, la de San Carlos, fue el despertar total. Años de estudio y parranda, años de tener amigos capaces de guiarme, corregirme, mejorarme. Pero siempre había amigos, siempre. No había tiempo para la soledad. Luego el trabajo y los amigos laborales como en la transición de adolescente a adulto. Luego, en Panamá, en la universidad y fuera de ella, también encontré amigos del alma, mi sorpresa fue en Estados Unidos. Al ya tener un año estudiando, no percibía a amigo alguno. Había uno, y le dije, platiquemos. Él sacó su agenda y me dijo qué día y hora quería. Ya Estados Unidos se percibía como un lugar árido para la amistad nuestra, latinoamericana, nuestra. Los datos lo confirman ahora.

En Estados Unidos, según datos recientes de Gallup, entre el 18% y el 21% de los adultos dicen haber sentido soledad “gran parte del día de ayer”. Entre los jóvenes de 15 a 34 años, el 25% de los hombres reporta esa misma soledad diaria, una cifra más alta que la de las mujeres de su edad y una de las más elevadas entre los países de altos ingresos. La AARP (American Association of Retired Persons) señala que el 40% de los adultos de 45 años o más se siente solo, un aumento respecto al 35% de hace unos años.

¿Y los amigos? Un estudio de Pew Research Center muestra que el 8% de los estadounidenses declara no tener ningún amigo cercano. El 53% dice tener entre uno y cuatro, y solo el 38% afirma tener cinco o más. Hace tres décadas, en 1990, apenas el 3% decía no tener amigos cercanos; hoy esa cifra se ha multiplicado.

Entre los hombres sin título universitario —precisamente el grupo que el informe Nobody to Call de Sam Pressler y Soren Duggan analizó— casi un cuarto reconoce no tener ningún amigo cercano. En las 30 entrevistas en profundidad de ese informe, casi la mitad de los hombres no tenía ninguno y seis solo tenían uno. “No tengo a nadie que me haga sentir que soy importante para esa persona”, dijo uno de ellos.

El tiempo dedicado a los amigos también se ha reducido. Según la American Time Use Survey, el tiempo promedio diario de interacción social con amigos pasó de 60 minutos en 2003 a 34 minutos en 2019, y siguió cayendo. El promedio semanal de socialización con amigos y conocidos ronda las 6 horas (semanal). Muchos hombres reportan invertir apenas unas cuatro horas a la semana en mantener sus amistades, la mayor parte por mensaje o llamada, no en persona.

Estos números no son exclusivos de Estados Unidos. A nivel mundial, Gallup estima que alrededor del 24% de las personas se sienten “muy” o “bastante” solas. La Organización Mundial de la Salud calcula que una de cada seis personas en el planeta sufre de soledad. En Brasil, hasta el 50% de los adultos dice sentirse solo a menudo, siempre o a veces; en Turquía e India las cifras superan el 40%. En Países Bajos, Holanda, o Japón las tasas son mucho más bajas. La soledad no es solo un problema de países ricos: en las naciones de bajos ingresos la prevalencia puede ser aún mayor

En Guatemala no necesitamos importar todos estos datos para reconocernos, aunque sería bueno tenerlos si algún día despiertan los sociólogos guatemaltecos. La precariedad laboral, las horas en el tráfico en las ciudades, los horarios imposibles, la migración y el debilitamiento de las instituciones cívicas producen el mismo efecto: redes que se deshilachan hasta convertirse en silencio. La amistad, que debería ser el amor más libre y menos posesivo, se transforma en producto de pocos. En la siguiente entrada exploraré más detalles de esta triste pérdida: la amistad. 

Nota: Para escribir este artículo me he beneficiado del informe Nobody to Call y del artículo del New York Times del 19 de agosto 2026 de Christian Amba: Status defines friendship for too many Americans.


Tuesday, August 18, 2026

Fingir que todo está bien en la Usac, mentir para normalizar.

 Fernando Cajas.

(Este artículo nace de mí lectura del artículo de Walter del Cid: Normalizar las irregularidades en la Usac, del 11 de agosto 2026 aquí en La Hora).

Hay una forma sutil y peligrosa de ejercer el poder: convertir lo irregular en costumbre. Hacer que lo que empezó como fraude o incumplimiento se vuelva “lo normal”, algo que ya no se discute y simplemente se hace. Eso es lo que ocurre hoy en la Universidad de San Carlos de Guatemala.

El 1 de julio de 2026, Walter Mazariegos apareció en un video anunciando el inicio de su segundo periodo como rector. En ese momento no tenía el finiquito de la Contraloría General de Cuentas. La Dirección de Asuntos Jurídicos de la universidad afirmó que ese documento no era necesario según la Ley Orgánica de la Usac. Sin embargo, la Ley de Probidad y Responsabilidades de los Funcionarios Públicos es clara: es de orden público, de observancia general y aplica también a las entidades autónomas. Solo después, por orden de una sala judicial, Mazariegos “obtuvo” el finiquito.

No se trata solo de un papel. Se trata de un intento de acostumbrarnos a que las reglas se interpreten a conveniencia. Cuando una irregularidad se repite y se defiende con argumentos jurídicos selectivos, deja de parecer un problema y empieza a parecer “la forma en que se hacen las cosas aquí”. Ese es el peligro real: que el fraude se vuelva rutina.

Este precedente no se queda dentro de la universidad. Si hoy se normaliza que un rector asuma sin cumplir requisitos básicos, mañana puede normalizarse que tribunales o salas decidan quiénes son las autoridades “electas”, dejando de lado el voto de la comunidad universitaria y de la ciudadanía. El mal ejemplo del Consejo Superior Universitario se convierte en amenaza para otras instituciones.

Para reforzar esa imagen de normalidad se organizan actos de legitimación. Se inaugura una sede de Humanidades en Escuintla y se le pone el nombre de Mazariegos. Se celebra un reconocimiento francés de “calidad institucional” (HCÉRES) otorgado en febrero de 2026. Ese sello, sin embargo, no homologa automáticamente títulos en Francia y contrasta de forma brutal con los rankings internacionales donde la Usac ha caído de manera sostenida en la última década hasta ocupar casi los últimos lugares de América Latina.

Estas acciones funcionan como rituales. Buscan crear la sensación de que todo está en orden, de que hay calidad e institucionalidad. Pero la realidad cotidiana desmiente el relato: restricciones absurdas de ingreso al campus, desaparición de registros académicos de estudiantes que se opusieron, amenazas a profesores y trabajadores, y un clima de intimidación que limita la libertad de expresión y de cátedra.

Si realmente todo estuviera normal, no harían falta controles tan duros ni el borrado de información académica. El hecho de que se necesiten medidas coercitivas revela que la normalización es incompleta. Todavía hay sectores de la comunidad universitaria que se resisten a aceptar como natural lo que es irregular.

Desde mi trabajo sobre prácticas sociales —incluido el análisis de cómo se construyen las rutinas en ámbitos técnicos y de ingeniería— he visto una y otra vez el mismo mecanismo: cuando una práctica irregular se repite lo suficiente y se rodea de justificación, termina por parecer inevitable. Pero ninguna rutina es irreversible. Las prácticas sociales siempre pueden hacerse de otra manera. Dependen de que las personas sigan reproduciéndolas.

Mientras exista una mirada crítica capaz de señalar la contradicción entre el discurso oficial y la realidad que se vive en los pasillos y aulas, la normalización del fraude en la Usac permanece incompleta. Fingir que todo está bien no es solo una estrategia política. Es un intento de robarnos la capacidad de indignarnos y de imaginar una universidad distinta.

Esa capacidad todavía existe. Y mientras exista, el fraude no habrá ganado del todo.

Wednesday, August 12, 2026

Quetzaltenango no nació de un solo golpe.

 Fernando Cajas.

Las teorías de origen todas tienen el mismo problema: Son controversiales. ¿Será que Génesis 1:1 describe el origen de la Tierra? ¿Será que el Big Bang es el verdadero origen del Universo? ¿Será que la vida solamente se originó en la Tierra? ¿Será que el lago de Atitlán se originó luego de una erupción de un megavolcán hace 86 mil años? ¿Será que Quetzaltenango se originó con Pedro de Alvarado?

Lo cierto es que cualquier teoría de origen es de por sí controversial.

A pesar de lo controversial de las teorías de origen, la naturaleza, el universo, en este caso las sociedades, todos, todos van dejando huellas que podemos explorar y eso refleja la diversidad de nombres de este valle donde vivo yo, donde vivieron mis papás, mis abuelos, mis tatarabuelos.

Este pueblo de Quezaltenango ha tenido varios nombres: Esta cadena de nombres —Culahá, Tqui Já (Tquel A’), Xelajuj Noj, Quesaltenango, Quezaltenango y finalmente Xelajú, esto es, Quetzaltenango, la ciudad de la Estrella, la Cuna de la Cultura. Este no es un simple listado de topónimos. Es la huella de capas históricas superpuestas sobre el mismo valle. Hace más de mil años el territorio era mam y se conocía como Culahá. Los quichés lo conquistaron y lo reorganizaron como Xelajuj Noj, un calpul bajo la órbita de Q’umarkaj. Cuando llegó el ejército nahua-español en 1524, el nombre se transformó otra vez, impuesto por los aliados tlaxcaltecas y mexicas: Quetzaltenango, “la muralla del quetzal”.

La conquista no fue un solo acto. Según el Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún (editado por Francis Gall en 1963), la primera batalla se libró en Xetulul (San Francisco Zapotitlán). Días después, en el Llano del Pinal, cayó Tecún Umán ante los ojos de su compañero Huitzitzil Tzunún. El documento es tajante: el caudillo k’iche’ existió y murió allí. Gall, sin embargo, advierte que el título —escrito en 1567 o copiado después— fusiona dos momentos distintos: la derrota militar de 1524 y la rendición definitiva de 1529 en las faldas del volcán Santa María. Solo entonces, el 15 de mayo de 1529 (víspera de Pentecostés), el asentamiento quedó bajo la advocación del Espíritu Santo. El obispo Marroquín midió el terreno de la primera iglesia en 1532. Juan de León Cardona aparece ya como uno de los primeros conquistadores que recibió tierras en la zona.

Carlos Fredy Ochoa, en Xelajuj en la historia antigua, recupera el mismo título y lo pone en diálogo con el de los Ixkot y otros documentos k’iche’s. Lo que emerge no es la imagen de una gran ciudad monumental prehispánica bajo el actual centro de Xela, sino la de un calpul —una unidad sociopolítica con tierras, principales y memoria propia— que los españoles reorganizaron. El nacimiento de Quetzaltenango fue, por tanto, complejo: una fusión forzada entre k’iche’s, mam residuales, mexicas, tlaxcaltecas y castellanos, acelerada por las epidemias que diezmaron a la población indígena.

La aparente victoria española no se limitó a las batallas. Fue también el triunfo de virus desconocidos y de una nueva religión que, poco a poco, se entretejió con las antiguas creencias. Los k’iche’s del valle se adhirieron al catolicismo, aprendieron el castellano sin abandonar su lengua y, al mismo tiempo, conservaron la memoria de Culahá y de Xelajuj Noj. Esa tensión —entre el sometimiento y la persistencia— es el verdadero origen de la comunidad que hoy conocemos.

Para 1700 ya se perfilaba una identidad regional fuerte. Los viajeros dibujaban a Quezaltenango como el centro de un territorio que miraba hacia Chiapas, el Soconusco y el altiplano occidental. En el siglo XIX esa identidad se tradujo en luchas concretas: la independencia, el Estado de Los Altos y el permanente deseo de autonomía que atraviesa la historia quetzalteca.

Quetzaltenango no nació de un solo golpe de Pedro de Alvarado. Nació de la superposición de Culahá, de Xelajuj Noj, de las batallas de 1524, de la rendición de 1529, de los títulos que los principales escribieron para defender sus tierras y de las epidemias que transformaron para siempre el valle. Es una ciudad de nombres múltiples porque es una ciudad de memorias múltiples. Y esa complejidad, lejos de ser un problema, es su verdadera riqueza.

Es una lugar descrito por guerreros y poetas, de letras que quizá nunca lleguen a nuestros ojos llorosos cuando recordamos de dónde venimos, de donde somos, es el lugar que marca culturalmente a cualquier visitante, es el lugar donde se grita y se pelea por la libertad y la poesía con la misma intensidad, porque como dice el poeta Víctor Villagrán Amaya: el alma la tienes sencilla.

Sunday, August 9, 2026

Es hora de respirar con la lluvia.

 Fernando Cajas.

Es hora de respirar con la lluvia. Hoy, en la Costa Sur guatemalteca, cae una de esas lluvias que no se ven todos los días: intensa, casi vertical, con gotas tan grandes que parecen querer arrastrar el cielo entero. Mientras el agua golpea el techo y la tierra, recuerdo el titular de un periódico impreso que leí hace poco: “Sequía provoca caída de 85 % de la lluvia”. ¿Cómo es eso que la sequía provoca reducción de lluvia, no es acaso esa la definición de sequía?  Esta es una frase que se muerde la cola, escrita sin el menor rigor, como tantos textos que circulan sin que nadie se detenga a pensar qué significan realmente las palabras. Aquí, en cambio, la lluvia es otra cosa. Es más fuerte, más generosa, con un peso distinto al de las lluvias de montaña. Es una lluvia de corrientes interoceánicas.

Estas corrientes constituyen uno de los sistemas más poderosos de la dinámica terrenal. Impulsadas por la rotación de la Tierra, los vientos alisios y las diferencias de temperatura y salinidad, conectan océanos enteros y transportan calor, nutrientes y energía a lo largo de miles de kilómetros. Ese es el corazón del ciclo del agua en Guatemala.  En Centroamérica, donde el istmo separa el Pacífico del Atlántico y el Caribe, las corrientes interoceánicas adquieren un sentido particular.

En la costa del Pacífico, la Corriente Costanera de Costa Rica avanza hacia el noroeste, bañando las playas de arena volcánica de Guatemala y alimentando la productividad de manglares y zonas pesqueras. Es una zona ecológica realmente rica. En el Caribe, el sistema de la Corriente del Caribe se enlaza con la de Yucatán y, más adelante, con la poderosa Corriente del Golfo, creando un corredor de aguas cálidas que sostiene la biodiversidad del Sistema Arrecifal Mesoamericano, ese mismo que estamos destruyendo con la basura del río Motagua y que llega al caribe hondureño. 

Mientras el agua transforma el paisaje y limpia el polvo de los días, no puedo evitar pensar que las batallas por un Guatemala mejor se están perdiendo en un terreno sembrado de engaños y verdades a medias. Nos han engañado. La democracia fue el señuelo para abandonar la lucha. Las movilizaciones universitarias de 1920, de 1944, de 1968, del 2015 y del 2023 quedaron, en gran medida, en nada. O al menos eso parece cuando miramos el presente. 

Ahora la batalla también se libra en lo digital: desde la comodidad del apartamento que se renta, desde el hotel donde uno se hospeda, con las redes sociales que nos entorpecen. Todo resulta cómodo, todo es pantalla. Los presidentes que elegimos son cada vez peores. Los diputados, en su mayoría, aún peores. ¿No serán, acaso, nuestro reflejo? ¿No será nuestra propia indiferencia la que los sostiene? 

El país está cooptado hasta los dientes. Hago un esfuerzo por salir del mar de engaños y entender las mentiras cínicas de un orden hecho para construir privilegios. Me siento parte de ese sistema, pero sé que es mentira. Lucho con lo poco que me queda, y a veces me queda poco y hasta parece nada, nada me queda.

Y, sin embargo, todavía es posible preguntarnos qué podemos hacer. No desde la grandilocuencia, sino desde la responsabilidad concreta. Tocqueville advirtió que la democracia no se sostiene solo con elecciones, sino con hábitos: asociaciones, vínculos cívicos, la costumbre de actuar juntos más allá del interés privado. Hannah Arendt insistió en que la libertad política nace cuando los ciudadanos recuperan la capacidad de actuar en común, de aparecer en el espacio público y asumir la responsabilidad de lo que acontece. En una línea cercana, C. L. Skach, en Outlaw, sostiene que confiar excesivamente en las leyes formales, las constituciones y las instituciones jerárquicas han debilitado nuestra capacidad ciudadana. 

Cuando el sistema de justicia está cooptado —como ocurre en Guatemala—, la recuperación democrática no puede depender solo de mejores normas o de tribunales capturados. Requiere, en cambio, que los ciudadanos reconstruyan desde abajo prácticas cotidianas de civismo, ayuda mutua y resolución horizontal de problemas, creando tejidos sociales densos que no esperen a que el Estado funcione para empezar a actuar.

En una línea cercana, Anthony Giddens, en La tercera vía, propone una recuperación democrática que no se limite a defender los mecanismos electorales. Implicaría impulsar reformas que fortalezcan la transparencia del Estado, amplíen la participación ciudadana más allá de los partidos tradicionales y reconstruyan la confianza a través de una sociedad civil más densa y autónoma. Significaría, además, apostar por políticas de inclusión efectiva —especialmente de pueblos indígenas, jóvenes y sectores populares— que combinen derechos con responsabilidades compartidas, de modo que la democracia deje de ser un procedimiento distante y se convierta en cotidiana.

Salvar la democracia guatemalteca y enfrentar la corrupción y la crisis de gobernabilidad no depende solo de esperar mejores gobernantes. Depende de reconstruir, desde abajo, esos tejidos que hemos dejado atrofiar: organizaciones comunitarias reales, no solo redes digitales; espacios de deliberación donde se discuta el bien común sin miedo; vigilancia ciudadana constante sobre los recursos públicos; y la decisión cotidiana de no normalizar el cinismo. Se trata de pasar de la indignación pasajera a la acción sostenida, de la queja solitaria a la construcción colectiva. 

Por eso es hora de respirar con la lluvia. Es hora de recuperar las fuerzas para las batallas venideras: no solo las digitales, sino sobre todo las que se dan en la calle, en las comunidades, en el cuerpo.

Monday, August 3, 2026

De Culahá a Xelajú, de Xelajuj a Quetzaltenango: Parte 1.

 Fernando Cajas.

Hay nombres que no son simples etiquetas: Culahá, Xelajuj, Qulaja’, Xelajú, Quezaltenango, Quetzaltenango. Cada uno es una capa de memoria depositada sobre el mismo valle como cada erupción del volcán va dejando una capa geológica histórica. Hace 84 mil años cuando aún no nacía el lago de Atitlán una mega erupción lo formó. Érase un mega volcán de los que no han existido muchos en esta Tierra dicen los geólogos. Esta erupción dejó una serie de capas de tefra (ceniza, pómez y rocas ígneas piroclásticas) muy extensas, por todo el altiplano y occidente de lo que ahora es Guatemala (depósitos de hasta decenas o cientos de metros en valles), hasta el sursureste de México (Chiapas), donde se han documentado depósitos de flujos piroclásticos de hasta 10 m de espesor a más de 150 km del mega volcán que le dio nacimiento al lago de Atitlán. Esa es nuestra casi desconocida memoria geológica. 

Si nuestra historia geológica es desconocida, qué será de la historia social, económica y política. Lo mismo que con nuestra memoria geológica, también tenemos un problema de memoria histórica. Lo tenemos porque, primero; la historia suelen escribirla los «triunfadores», en este caso los conquistadores, pero la otra es que en países como Guatemala hay casi nula inversión en investigación científica sociohistórica. Un país con una inversión del 0.03% del PIB en ciencia y tecnología y con una tendencia a la baja con este gobierno porque el Consejo de Ciencia y Tecnología CONCYT no logra subir dicha inversión y la mayor universidad, la de San Carlos, también muestra una enorme reducción en su ya poca capacidad de investigación a juzgar por los datos según el QS World University Rankings. Bueno, regresando a la investigación científica e histórica de la emergencia precolombina de Quetzaltenango, sigo. 

Decía yo que la reconstrucción histórica de los últimos quinientos años de Quetzaltenango es una tarea titánica. Deben hacerla grupos de investigación y no solamente investigadores individuales. Esta historia primariamente fue contada por las cartas de Alvarado a Cortés y las crónicas de Bernal Diaz del Castillo. Fue contada casi exclusivamente desde las cartas de Pedro de Alvarado. Cartas escritas para justificar méritos. Esa historia está siendo corregida con textos como los de Carlos Fredy Ochoa. 

Carlos Fredy Ochoa, en su nuevo libro Xelajuj en la historia antigua, editorial Xtz’aj chi Iximulew, Guatemala (2026) hace un enorme aporte al conocimiento histórico de Quetzaltenango. Este nuevo texto de Ochoa nos obliga a leer esa historia desde el otro lado: desde los títulos que los propios señores de Xelajuj escribieron a mediados del siglo XVI. Títulos que no son crónicas de derrota, sino instrumentos de memoria contrahegemónica. Documentos que registran mojones, genealogías y batallas con una precisión que las cartas castellanas nunca tuvieron pues tenían objetivos diferentes. 

Según Ochoa, la región que hoy ocupamos estuvo habitada desde hace miles de años. En el período precolombino formaba parte del mundo mam. Algunos textos antiguos y la tradición local la llaman Culajá o Kulajá, “garganta de agua”, por la laguna o los manantiales que existían en lo que hoy es la zona 2 y parte de la zona 5. De hecho, las zonas 5 y zona 2 pueden ser vistas como la parte final de una de las cuencas donde drenan ríos superficiales y subterráneos de la zona de San Juan Ostuncalco, montañas de Olintepeque y San Carlos Sija y parte del Siete Orejas. Esta cuenca drena a la zona que hoy es llamada la «Cienega», zona de inundación actual. 

Otros, como el periodista Carlos Vásquez, sostienen que Culajá no significa nada en mam y que el nombre correcto sería Tqul Já. El historiador Francisco Cajas Ovando va más lejos: afirma que Quetzaltenango era realmente un lago, destruido por una gran erupción precolombina del Cerro Quemado (Lajuj Kej / Lajuj Noj), que convirtió el espejo de agua en un humedal.

Los estudios hidrogeológicos contemporáneos realizados desde el programa de ciencia y tecnología del agua del Centro Universitario de Occidente (Cunoc), confirman algo de esa memoria. La zona 2 descansa sobre un acuífero libre como lo documentó Jhonatan Tacám en sus estudios hidrogeológicos en el intercambio CUOC-Universidad del Valle de Cali, Colombia con CINARA, su instituto de investigación en agua con apoyo de NUFFIC, entonces el programa holandés de cooperación para la educación superior entre el 2008 a 2012 así como su ampliación por parte de Dagoberto Bautista, ambos investigadores quetzaltecos. Cuando llueve intensamente, las inundaciones regresan como un recuerdo geológico. Somos, en efecto, una “garganta de agua” subterránea. Esa condición física explica por qué el valle fue siempre un lugar de encuentro y disputa.

Según los títulos recuperados por Ochoa, el centro político más importante se llamaba Qulaja’. Allí se congregaban los trece chinamitales –los “oxlajuj Qulaja’ Ajxelajuj”– que formaban una confederación articulada por alianzas de calpules (en mi artículo del 7 de julio de 2026 en La Hora; La Emergencia de Quetzaltenango: De Tecun Umán a Witizil Tzunúm, explico que un calpul era la organización similar a los cantones o literalmente «casa grande»). Antes de ellos, el valle había estado bajo control mam. Los títulos narran la conquista k’iche’ bajo el reinado de K’iq’ab’ (hacia 1425-1475), cuando los señores de Q’umarkaj entraron por el volcán Exkanul (Santa María) y sometieron al principal mam Chun Kaqyok. No fue una expulsión total. Fue una reconfiguración política. Continúa Ochoa: Comunidades mam continuaron existiendo en los márgenes: Ostuncalco, Chiquirichapa y Cajolá.

Según Ochoa, cuando Pedro de Alvarado –Tunatiw– entró a la actual Guatemala en febrero de 1524, no descubrió un espacio vacío. Encontró una confederación organizada. Su entrada por el río Suchiate, en las cercanías de la actual Tapachula. Su entrada fue con aproximadamente 300 soldados españoles y con miles de mexicas (nahuas, tlaxcaltecas y otros). Entre diciembre de 1523 y enero de 1524 iniciaron su ascenso a las tierras altas. Su primera batalla fue en lo que hoy es San Francisco Zapotitlán (no San Martin Zapotitlán lugar actual del Irtra y del moderno turicentro Xetulul, ese no fue el lugar).  Nueve días después, el 29 de febrero se libró la batalla decisiva en los Llanos del Pinal. Allí cayó Tecún Umán acompañado de Witizil Tzunúm. Los aliados nahuas le dijeron a Pedro de Alvarado que aquella montaña se llamaba “Tenanko”. De ahí nació el nombre Quetzaltenango. 

Esta narrativa de Ochoa es controversial porque «Quetzaltenango» es un topónimo de origen náhuatl formado por quetzalli (el ave quetzal o sus preciosas plumas) y tenamitl (muralla o lugar amurallado) más el sufijo locativo -co/-go, por lo que significa “el lugar amurallado del quetzal” o “la muralla del quetzal”. La evidencia histórica más sólida proviene de los glifos del Lienzo de Tlaxcala y del Lienzo de Quauhquechollan (siglo XVI), donde el lugar se representa consistentemente como un muro con plumas de quetzal encima; además, varios títulos k’iche’ narran que, tras la batalla de 1524, los aliados nahuas de Pedro de Alvarado respondieron “Tenanco” o “Quetzaltenanco” cuando éste les preguntó el nombre del sitio, confirmando que el término fue impuesto por los hablantes de náhuatl que acompañaban a los españoles y no por los propios castellanos.

Pero la resistencia no terminó con la muerte de Tecún. Como lo señala el Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún, estudiado por Francis Gall, Huitzitzil Tzunún –capitán y cabeza de uno de los calpules– acompañó a Tecún y, después de su muerte, desempeñó un papel decisivo en la reorganización de su pueblo. El documento, escrito apenas cuarenta y tres años después de la invasión, legitima los derechos de don Martín Velásquez, descendiente de ese linaje. La transición de Huitzitzil Tzunún a Martín Velásquez no fue una traición. Fue parte del proceso de supervivencia colectiva que construyó la nueva Guatemala del siglo XVI, desde su origen en Quetzaltenango. Ese es el tema de la próxima entrada. 

Nota: El libro de Carlos Fredy Ochoa será presentado el 12 de agosto de 2026 a las 6 p.m. en el Aula Magna de la Universidad Rafael Landívar en Quetzaltenango: Bienvenidos.