Fernando Cajas.
Es la madrugada de un frío amanecer en Quetzaltenango. Veo la pantalla de mi teléfono, que informa todo, me dice no solo que aún no son las cinco de la mañana, pero que la temperatura ronda los cinco grados Celsius. Al mismo tiempo, una intensa luz penetra por mi ventana… es la luz de la luna, la luna de octubre, la luna de Xelajú.
Me acerco a la ventana para tomar una foto. Afuera el cielo está limpio, de esos que solo se dan en las alturas de Xela cuando el aire frío empuja las nubes hacia el Pacífico. La Luna no está llena, pero brilla con una fuerza que hace innecesaria cualquier otra luz. Desde aquí, desde esta ciudad que aún conserva el nombre de su valle ancestral, la veo como la han visto generaciones, mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos… como compañera: «Luna gardenia de plata, que, en mi serenata, se vuelve canción…»
Como explico en mi libro La Naturaleza Social del Ciclo del Agua, Editorial Piedra Santa, 2026, hace 4,500 millones de años, cuando el Sistema Solar apenas se estaba ordenando, un cuerpo del tamaño de Marte —al que los científicos llaman Theia o Tea, madre de Selene en la mitología griega— chocó con la joven Tierra. No fue un roce. Fue una colisión lateral, catastrófica, que fundió mantos, vaporizó lo poco de agua que ya había llegado en asteroides helados y lanzó al espacio una nube inmensa de material derretido. Parte de ese material quedó orbitando y, con el tiempo, se aglutinó para formar la Luna que ahora ilumina mi ventana. La ciencia lo llama la hipótesis del gran impacto. Explica por qué la Luna es tan grande, por qué su composición se parece tanto a la del manto terrestre y por qué tiene tan poco hierro en su núcleo. No es una hermana capturada ni un pedazo arrancado por rotación. Es hija de un cataclismo.
Ese mismo choque hizo algo más que crear un satélite. Se redistribuyó el agua de la Tierra que ya existía en el sistema. El calor extremo la convirtió en vapor; al enfriarse todo, se condensó y cayó de nuevo como lluvia sobre una Tierra aún humeante. Nació el ciclo del agua: evaporación, condensación, precipitación, escorrentía. Pero el agua sola no basta para la vida. Hace falta mezclarla, concentrarla, exponerla una y otra vez a minerales, a energía, a ciclos de humedad y sequedad. Y aquí entra la Luna recién nacida.
Al formarse tan cerca de la Tierra, generó mareas mucho más poderosas que las que vemos hoy. El océano primitivo no era un estanque quieto. Era un vaivén constante, un sube y baja de aguas que cubrían y descubrían costas que arrastraban sedimentos, que concentraban moléculas orgánicas en charcos intermareales. Imagino esos charcos: aminoácidos —los ladrillos de las proteínas— llegados del espacio o formados en la atmósfera y en las fuentes hidrotermales, depositados en la orilla, secados por el sol, rehidratados por la siguiente marea. Cada ciclo de marea era un experimento. La Luna actuaba como un gran mezclador cósmico, obligando a esas moléculas a encontrarse una y otra vez, a concentrarse, a reaccionar.
No sabemos exactamente cómo se formó la primera molécula capaz de replicarse —ese umbral que separa la química de la biología—, pero es plausible que las mareas hayan sido el escenario. En los laboratorios actuales se ha visto que ciclos de mojado y secado, de concentración y dilución, favorecen la formación de cadenas más largas de ARN o de péptidos. En la Tierra primitiva, la Luna proporcionaba ese ritmo de forma natural, regular, durante cientos de millones de años. Sin esas mareas constantes, quizá los aminoácidos se habrían diluido en un océano demasiado grande o se habrían quedado atrapados en sedimentos sin el vaivén necesario para mezclar nutrientes, minerales y energía. Las costas, impulsadas por la Luna, fueron posiblemente las primeras cunas de la vida. Quizá es por eso por lo que cuando observo el mar, ya sea en Champerico, en el Pacífico guatemalteco o en Boca Chica, en el Caribe dominicano, siento que venimos del mar.
Hoy, desde mi ventana en Xelajú, veo esa misma Luna que estabilizó la inclinación de la Tierra y permitió un clima menos extremo, que generó las mareas que aún mueven el agua de nuestros océanos y que, en sus primeros tiempos, mezcló los ingredientes de la vida. Cada marea que llega a las costas del Pacífico guatemalteco o al Caribe lleva, en su ritmo, el eco de aquel impacto de Tea. El agua que sube y baja contiene átomos de hidrógeno formados poco después del Big Bang y oxígeno forjado en estrellas muertas. Contiene también la memoria de las primeras lluvias y de los primeros charcos donde, quizá, una molécula empezó a copiarse a sí misma.
La Luna de Xelajú no solo ilumina este amanecer frío. Es testigo y cómplice del origen de la vida en la Tierra. Mientras la miro, pienso que ese mismo vaivén que mezcló aminoácidos hace miles de millones de años sigue mezclando, hoy, el agua de nuestros ríos y mares. Y que nosotros, que hemos aprendido a intervenir en el ciclo del agua, tenemos la responsabilidad de no romper el ritmo que la Luna nos heredó.
La luz sigue entrando por la ventana y paralelamente sigue la canción: «Calles bañadas de Luna, que fueron la cuna de mí juventud…».
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