Thursday, November 5, 2026

Aquellas pequeñas cosas.

 Fernando Cajas.

«Uno cree, que las mató el tiempo y la ausencia. Pero, su tren vendió boleto
de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón…» Joan Manuel Serrat. 

Esas pequeñas cosas tienen nombre y apellido, tienen olor, tienen sabor, tienen fundamentalmente amor, porque no solamente son cosas, son emociones, son recuerdos, son amigos, son amigas, son miedos, son valores, son sueños, fundamentalmente son ilusiones.

De niño tuve una infancia hermosa, quizá porque casi que éramos la última generación que íbamos a jugar de verdad, con o sin zapatos, con o sin pelota, con o sin bicicleta, con o sin riqueza. Esos días de infancia que se nos escapaban en la calle, en el parque, en la casa de los vecinos, en los juegos, era el medio para ser feliz, sin nosotros siquiera saberlo. 

Ciertamente, el desayuno familiar nos integraba. La escuela era un lugar de encuentro. Había tareas, pero jamás una tarea no nos permitió no jugar. Eran tareas no castigos. Los teléfonos eran artefactos que los adultos usaban. Recuerdo con claridad que papá decía que los teléfonos eran para decir rápidamente lo que se requería. Pedía entonces brevedad. Nunca imaginó papá que caeríamos en manos de los teléfonos y seríamos sus esclavos. Las tecnologías de entonces, todas, ya sea la de los médicos, la de los odontólogos, la de los mecánicos, la de los carpinteros, la de los herreros le dejaban espacio al artesano, al médico o al profesional a transformar, a mejorarlas. Las tecnologías actuales que automatizan todo, ya no dejan. 

Había que caminar a la escuela, ya en primero primaria, no digamos en la secundaria. Ciertamente nos hicimos independientes con rapidez. Aunque la escuela era de dos jornadas, una matutina y otra vespertina corta, aún nos daba tiempo para jugar con los amigos y la realidad. Mientras que ahora hemos entrado a una fase de la historia humana mediada por una serie de procesos digitales ya adelantados por Manuel Castell. Ya se dice que el descenso de las notas PISA en el mundo es debido a nuestra relación con los teléfonos celulares, que traen de todo para entretenernos, pero no necesariamente para aprender. 

Entonces, sin caer en la idealización falsa de que «todo tiempo pasado fue mejor», recuerdo el tiempo que me tocaba compartir con papá, con él y con la familia. Para papá toda ocasión era ocasión para el aprendizaje, siempre. Éramos una familia feliz con todos los retos de las familias de la época de la nueva música rock que debería convivir con la música de marimba, con la lucha diaria de nuestros papás por darnos alimentos, ropa y educación, mediada por la permanente música romántica en español, desde los boleros a la música pop en español con la que crecí y lloré. Y todo lo pasé sin siquiera darme cuenta. Es en ese contexto donde quedaron esas pequeñas cosas que al final me hicieron quien soy: una persona feliz, con mis errores y mis fortalezas, con mis miedos y mis valores.

Por eso, mientras escucho a Serrat cantar su hermosa canción titulada «Esas Pequeñas Cosas», ya sea aquella primera carta de amor que escribí y no me animé a entregar, o la foto con papá en el mar conmigo, o mis primeros zapatos de fútbol, que tanta alegría me dieron, todos esos artefactos fueron capaces de construir emociones, sueños e ilusiones de las que hoy vivo.

Hoy vivo con la ilusión de que este país sea mejor sin caer en el idealismo, sino más bien caer en el realismo que perfectamente describe José Alfredo Calderón en su artículo: «Desempañemos los vidrios», porque lo que Calderón pide es que veamos mejor la realidad política que vivimos. Por eso escribo, para limpiar los vidrios y ver mejor, el antes, el hoy y el mañana que queremos.

Y así los recuerdos de la infancia se mezclan con las ilusiones de ayer, de hoy y de siempre mientras veo si me decido o no a ir al cementerio a ver la tumba donde descansan los restos de papá mientras su recuerdo vive conmigo, porque esas también son aquellas pequeñas cosas que «… nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve».

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